La película favorita de mi padre:

“La primavera romana de la señora Stone”

 

“La edad de una mujer no se mide por la cantidad de sus años,

sino por el grado de su corrupción.”

Tennessee Williams: Dulce Pájaro de Juventud (teatro)

 

“Sólo existen tres edades para las mujeres de Hollywood:

bombón, fiscal del distrito, y paseando a Miss Daisy.”

Robert Harling: El Club de las Primeras Esposas (guión)

 

 

            Al hablar de ancianos en el cine, se abren muchos temas. El primero se da por supuesto: cómo se ha representado el acto de envejecer,  sobre todo si entendemos que el tiempo y la muerte son las mayores materias primas de la narración. En ese sentido no cabe duda de que las adaptaciones de Tennesee Williams se llevan la parte del león. Pero el otro tema fundamental que se abre cuando hablamos del asunto es el del cine de los ancianos, de nuestros ancianos: qué legado nos pasaron, cómo nos fijaron sus fobias y sus filias... Y no  me refiero sólo a Manoel de Oliveira o a Eric Rohmer o a otros jóvenes cineastas en activo que sean mayores de 90 años. Hablo de la herencia del entorno que nos rodeaba como espectadores: qué visión del cine nos dieron los viejos, qué hicimos con sus lecturas, con sus maneras de ver, qué nos queda de su forma de ver las películas, y a través de ellas, el mundo.

            He estado preguntando en estos días a bastantes amigos cinéfilos. En la mayoría de los casos el legado de nuestros viejos se ha convertido en algo adictivo pero vergonzante, y por eso mismo, absolutamente fértil desde el punto de vista personal y tal vez creativo: westerns antiguos, melodramas “de mujeres”, cine negro americano, y también el sainete zarzuelero o los espectáculos historicistas de Cifesa y de Benito Perojo. No se puede entender esta construcción cultural que es  España sin Berlanga y sin Buñuel, pero desde luego tampoco sin la Imperio Argentina o la Lola Flores de Morena Clara, sin la Aurora Bautista de Locura de Amor, sin la Sara Montiel de El último cuplé (¿era Juan de Orduña nuestro William Wyler?), o incluso sin La ciudad no es para mí

 de Paco Martínez Soria. Así que me lo pregunté a mí mismo...

            ¿Cuál era la película favorita de mi padre?

            Adicto al western, receloso de todas las españoladas salvo las de Sara Montiel y las de Benito Perojo, mi propio anciano creció sin más formación cultural que la del cine y trabajando de forma agónica, más o menos como casi toda su generación. Le pregunté por su película favorita en varios momentos de su vida y siempre me contestó lo mismo: “La primavera romana de la señora Stone” (The Roman Spring of Mrs. Stone, 1961) de José Quintero, una adaptación de la novela corta de Tennessee Williams. Había en mi padre algo de rastreo autoral, de comprensión y de conexión con un mundo. Evidentemente él no sabía quién era Tennessee Williams, pero sus películas favoritas eran las suyas: estaba fascinado por La Noche de la Iguana, por el tranvía, por la gata, por Dulce Pájaro de Juventud. Cuando la crítica de la época renegaba de Tennessee Williams porque a su parecer presentaba personajes demasiado enfermos, demasiado morbosos, demasiado anormales y  exageradamente enfrentados al tiempo y a la muerte, él ya adivinaba –como la misma visión actual, que considera a Williams un clásico– que todo ser humano es demasiado anormal, morboso, enfermo y que todos al fin y al cabo estamos exageradamente enfrentados al tiempo y a la muerte. Le fascinaba la representación del deseo femenino, de la locura, del sexo aparentemente insano, de lo turbio. Gracias a sus comentarios de sofá en aquella infancia donde la televisión aún emitía buen cine, yo puedo decir hoy lo mismo que decía Almodóvar por boca de Cecilia Roth: “Un Tranvía Llamado Deseo ha cambiado mi vida...”. Sin embargo al preguntarle por su filme, mi padre no señalaba el tranvía o la gata, sino “La primavera romana...” y hablaba mucho también de “La Noche de la Iguana” (The Night of the Iguana, 1964) de John Huston, quizás con más entusiasmo que de ninguna otra.

            A través de eso, veo ahora cómo los viejos nos dejan legados secretos: en esos dos filmes hay también una visión del hecho de envejecer. Algo que evidentemente afectaba entonces a mi padre como espectador, y que por supuesto ya me va afectando a mí. ¿Qué quería decirme mi propio viejo sobre la vejez? En el filme de José Quintero, Vivien Leigh interpreta a la señora Stone, una famosísima actriz que acaba de llegar a la edad peligrosa y que se queda viuda de su millonario marido tras dejar temporalmente el teatro. Decide retirarse definitivamente en Roma, donde sufre los acosos del gigoló Warren Beatty y de su celestina, una perfecta Lotte Lenya.  Si ya se creía instalada en una idílica soledad, el acoso continuado del atractivo chapero, la enamorará y la lanzará a un caos pasional que la enfrenta a la soledad y al paso del tiempo de la manera más traumática posible. Evidentemente, La primavera romana de la señora Stone plantea la más popularizada de las visiones de Williams sobre la vejez: es horrible, no tiene salida, los deseos se mantienen pero estamos abocados a la soledad y a la destrucción emocional. Y también a ese miedo demoledor a no ser deseados que, extrañamente, la crítica tradicional relaciona con la homosexualidad de Tennessee Williams, como si los heterosexuales no tuvieran que desear ni que ser deseados, o como si el ambiente gay no se caracterizara precisamente por la facilidad de relaciones entre gentes de muy distinta edad...

            Todo eso es cierto, sin embargo no se puede negar que hay una evidente dignidad y una rarísima belleza en la gente que envejece en las obras de Williams. La señora Stone, ansiosamente preocupada por el paso del tiempo, no envejece tanto como los corruptos que la rodean: sigue siendo atractiva, no es de ninguna manera “un loro”, el insulto que le lanza su celestina, Lotte Lenya (de hecho, el absoluto loro de la película es Lotte Lenya), y además, de alguna forma, la señora Stone mantiene una inocente nobleza que la convierte en una jugosa presa de caza para todos los corruptos que la rodean. La distinguida señora Stone comparte la herida del tiempo y el miedo excesivo a la vejez de las otras protagonistas de Tennessee Williams: la diva de Hollywood, Alexandra del Lago, en Dulce Pájaro de Juventud o la dulce Alma Winemiller en Verano y Humo, ambas interpretadas magistralmente por Geraldine Page; la racial cantinera, Maxine Faulk (Ava Gardner en Hollywood y Bette Davis en Broadway), de La Noche de la Iguana; la costurera Serafina delle Rose, es decir, la Ana Magnani de La Rosa Tatuada; y por encima de todas el otro gran papel de Vivien Leigh: la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo. Todas están presas de una angustia por el paso del tiempo que las bloquea, que las lleva a vivir un conflicto traumático con su deseo. Recordemos en Un tranvía llamado deseo, la violencia con la que Karl Malden desenmascara la edad de Vivien Leigh mientras le acerca una bombilla al rostro, gritándole: “Siempre me llevas a sitios oscuros...”, o la adicción escapista al alcohol y al sexo de Alexandra del Lago o de Maxine Faulk, o la locura de Serafina delle Rose y de la propia Blanche Dubois...

            Pero hay más. No es eso sólo. Si algo, por encima de la angustia, unifica a las mujeres maduras de Tennessee Williams es la capacidad para cambiar el mundo, la capacidad de poetizarlo, de llenarlo de belleza, ya sea mediante su arte, mediante sus opciones de vida, ya sea buscando la solución fuera: mediante la amabilidad de los desconocidos, mediante el retiro, o simplemente al modo de Don Quijote: mediante la locura. Blanche por ejemplo decide adentrarse en la locura, romper la frontera entre la realidad y el deseo, pero antes poetiza la realidad hasta la exageración, con sus farolillos, sus biombos, sus galas emplumadas que contrastan ridículamente con la zafiedad masculina del mundo en el que ha caído. Las mujeres que se salvan, las que se escapan de la autodestrucción final son las creadoras: la actriz Alexandra del Lago de Dulce Pájaro de Juventud. Y Hannah Jelkes, la pintora de La Noche de la Iguana, quizás la mejor interpretación de la genial Deborah Kerr.

            Y ahí está la otra parte del legado secreto del viejo Tennessee y de mi propio viejo. Cuánto más cerca están los personajes de la creación, mejor se enfrentan al paso del tiempo. Hannah Jelkes es tal vez el personaje femenino más positivo de toda la producción de Williams: no busca el éxito, sólo pinta y vende sus cuadros entre los turistas, mantiene el equilibrio, a pesar de que está más enfrentada que ningún otro personaje al dolor, a la vejez, a la soledad y al fracaso. Aunque Hannah Jelkes es así tal vez porque vive junto a un creador aún más entregado, un viejo poeta: su ancianísimo abuelo.

            En un rasgo irónicamente patriarcal, la clave de la vejez la tiene el viejo “granpadre” Jelkes, que ha llegado más allá de la señora Stone todavía con más elegancia si cabe. No se angustia ante la cercanía de la muerte. Como tampoco se angustiaba el otro “granpadre” de Williams, Burl Ives, el padre de Paul Newman en La Gata Sobre El Tejado de Cinc. Lo que hace el abuelo Jelkes es simplemente escribir constantemente, intentar explicar el mundo, y desde luego poetizarlo. Justo antes de morir dicta su último poema, que Deborah Kerr copia, dando por cierto toda una lección sobre cómo debe escuchar un actor de cine. Es un poema[1] sobre el eterno retorno, sobre el ciclo perpetuo y destructor de la vida, muy cercano al universo devorador de otra de las grandes adaptaciones de Williams “De repente, el último verano...” Mientras intenta explicar el mundo, aun lamentándose un poco de su propia fugacidad, el anciano muere en una paz casi imposible de encontrar en ninguna otra escena de Tennessee Williams.

            Esa es tal vez la clave para la felicidad de la angustiada señora Stone. Y desde luego, mi secreto legado cinematográfico para sortear la inevitable vejez.

            Gracias, papá... Gracias, Tennessee...

           

 

Marcelo Soto

 



[1]          Dada la relativa facilidad de encontrar el texto original del dramaturgo, no está mal que transcribamos la excelente traducción que suena en el doblaje español de La Noche de la Iguana.

 

            Con qué serenidad la rama del olivo

            mira cómo declina la luz del cielo,

            sin un llanto, sin dolor, sin desconsuelo,

            sin un rezo por el sol que se ha perdido. 

            Pero el árbol, por la noche ennegrecido,

            llega a un día en el que el cénit de su vida

            se extinguirá por siempre, aunque enseguida

            de él una segunda historia habrá nacido...

            Una historia que ya no será angélica,

            un contubernio entre la lluvia y el surco,

            pues, cuando al final, el tierno tallo o tronco

            caiga como plomada sobre la tierra,

            entre tierra y tallo, en placentera guerra, 

            una intimidad obscena se establece  

            y otro árbol brota que sus ramas mece  

            sobre el deseo corruptor dela tierra.   

            Y otra vez la rama del olivo

            mira cómo declina la luz del cielo,

            sin un llanto, sin dolor, sin desconsuelo,

            sin un rezo por el sol que se ha perdido...

            !Ay mi señor...! Si pudiera hallar un nido

            que me sirviera de próxima morada,

            no únicamente en esa rama dorada,

            sino en este pobre corazón estremecido...