REVISTA ESPAÑOLA DE PSIQUIATRÍA, 2007

 

RESEÑA DEL LIBRO:

 

Javier SÁEZ, Teoría Queer y psicoanálisis, Madrid, Síntesis, 2004, 221 pp.

 

Teoría Queer y psicoanálisis es un magnífico texto, recientemente traducido al francés, que tiene como argumento principal el estudio de los dispositivos morales, filosóficos, religiosos, médicos y políticos que cubren el campo del deseo. Pero una meditación acerca del deseo, dada su naturaleza política, es inseparable de una reflexión sobre la esencia del poder. El poder para Sáez, en continuidad con Foucault, no es una instancia vertical que se cierne sobre los individuos sino un entramado de relaciones en el que estamos inmersos. A partir de esta concepción reticular, la teoría queer se interesa por los discursos, las prácticas y las organizaciones sociales que configuran normativizando la sexualidad.

Además, a lo largo del libro, el psicoanálisis aparece de fondo. Sáez incide en los presupuestos homófobos que acompañan a la tradición psicoanalítica. Como ejemplo de ello, el autor recoge las jugosas y polémicas reflexiones del filósofo francés Didier Eribon de lo que, en su opinión, constituye una constante en la obra de Lacan: Su heterocentrismo. Puede decirse que la herencia analítica no hizo suya la revolucionaria afirmación de Freud según la cual la pulsión carece de objeto, quedando, por lo tanto, liberada del lastre de todo biologicismo que la vinculase a un proceso natural. Es en contra de esta genial intuición como se habría escrito la historia del movimiento psicoanalítico y en donde lo queer encuentra su espacio a la hora de enfrentarse con el freudismo.

Teoría Queer y psicoanálisis se divide en dos partes. En la primera, y más extensa, se analiza el significado del término queer (‘rarito’, ‘curioso’, ‘extraño’), describiendo el contexto socio-político en el que habría nacido, sus referentes filosóficos (Foucault, Deleuze-Guattari y Derrida) así como la aportación intelectual de las teóricas queer: Monique Wittig, Adrienne Rich y Gayle Rubin. En la segunda, se relaciona el psicoanálisis y, sobre todo, la intervención de Lacan, con la teoría queer, subrayando las conexiones y diferencias entre los dos discursos.

Lo queer surge en California en los años 80 como una forma de autodenominación de ciertos colectivos, lesbianas negras y chicanas principalmente, en los que la raza o la posición socio-económica jugaba un papel central en su realidad personal, en respuesta a una especie de ‘identidad gay’ que estaba imponiéndose la cual, tras la búsqueda de los valores de estabilidad y respetabilidad, visualizados en la institución del matrimonio, escondía un discurso cada vez más conservador. En consecuencia, hacer de lo queer un saber académico es olvidar su originario sentido político: En el principio fue la acción. De ahí las prevenciones que muestra Sáez a la hora de reducir lo queer a una ‘teoría’ en su sentido epistemológico.

Además, lo queer es una reivindicación de otras sexualidades ‘desviadas’ -sea el sadomasoquismo, el fetichismo, el travestismo o la transexualidad- una vez que lo gay ha atravesado las puertas de la aceptación social. Quienes deciden autonominarse queer se oponen no sólo a los intentos de inscribir el deseo en una supuesta normalidad psíquica sino también a la demonización de aquellas conductas sexuales que exceden el marco de la homosexualidad ‘tolerada’.

En cuanto a la vinculación entre psicoanálisis y queer, el debate lo inaugura Freud cuando, a propósito de la homosexualidad, deja de considerarla una patología para ver en ella una disposición sexual presente en todo individuo. Lacan, por su parte, mantiene, en este punto, una posición compleja pues, al tiempo que separa deseo de género, desplazando el ámbito de la sexualidad hacia lo Real, no abandona, a pesar de ello, el lenguaje de la perversión cuando aborda la temática de la homosexualidad o del travestismo. Entre las autoras queer más críticas con Lacan encontramos a Teresa de Lauretis quien le reprocha la centralidad que otorga al falo y a Marie-Hélène Bourcier que rechaza el olvido del psicoanálisis de lo público, de la política, al limitarse al ámbito de lo privado entre paciente y analista.

Hay, para terminar, una discrepancia insalvable entre la perspectiva queer y el modelo psicoanalítico. Concretamente, en el lugar que cada uno concede a la diferencia sexual. Para la teoría queer la propia diferencia sexual, de la mano de Monique Wittig o Beatriz Preciado, es ya un efecto del orden heterosexual y, por lo tanto, un postulado a subvertir. Las lecturas queer ponen en el punto de mira la aceptación incuestionada de la polaridad sexual. No se trata, entonces, de destacar el carácter social del concepto de género, como acertadamente supieron ver las corrientes del feminismo clásico, sino de extender esta idea de artificiosidad a la noción biológica de sexo. El sexo pasa a ser interpretado como un texto donde confluyen diversos discursos hasta configurarlo como un producto cultural más.

                                                                                 

 

Luis Aragón González