EL RECTO CAMINAR

 

La capacidad de digestión de los sistemas sociales es casi ilimitada. El capitalismo del siglo XIX era un capitalismo de producción, basado en una mano de obra abundante para la fabricación de mercancías. Este sistema favoreció la natalidad en el seno de las familias, y proscribió las prácticas sexuales estériles, como la homosexualidad y la masturbación.

 

El capitalismo del siglo XX cambia de forma, y se convierte en un capitalismo de consumo. El motor de las economías es su capacidad de gasto. La automatización de los procesos hace que sobre cada vez más mano de obra, y a la vez se hace necesario que todos los individuos consuman cada vez más objetos. En esta dinámica del gasto, cualquier colectivo es admitido y reconocido en la medida en que sea agente del consumo; por ello, los homosexuales van a ser aceptados cada vez más en el seno de las sociedades capitalistas occidentales. Por otra parte, la masturbación pasa a ser reconocida como práctica normal, y es incluso fomentada desde el discurso médico-psiquiátrico como algo "saludable".

 

Esta normalización del homosexual como consumidor se realiza por medio de la generación de un conjunto de objetos de consumo y espacios de ocio dirigidos a los gais, y a la codificación y conformación de dichos gustos. Los gais -presuntos consumidores- son consumidos por esta propaganda. El único espacio de representación posible es el del mercado, que etiqueta a los colectivos destinatarios fijándolos a una identidad grupal y -en ocasiones- subjetiva.

El potencial subversivo de la disolución de los géneros queda desactivado en favor de una categorización identitaria. La pinza del discurso psicológico y del discurso económico fija a los gais en su casilla correspondiente. Sus reivindicaciones se limitan a conseguir los privilegios que generó el capitalismo para proteger la propiedad privada: el matrimonio. No es extraño que una sociedad con una tradición tan mercantil como la holandesa haya sido pionera en reconocer estas prebendas a los gais y lesbianas. La lucha de clases nos afecta más de lo que pensamos. El capitalismo no es -en contra de lo que los manuales estalinistas suelen decir- algo "económico". Es una maquinaria que atraviesa los lenguajes, las identidades, los discursos, el ocio, las formas de representación, el uso de los cuerpos. Subsunción de lo real en el capital.

Paralelamente, la revolución que había inaugurado Freud en el comienzo del siglo XX, el psicoanálisis, va a sufrir una neutralización brutal a manos de ese mismo mercado. Olvidando (o rechazando) el cuestionamiento radical del sujeto que plantea Freud, las generaciones posteriores de psicoanalistas van a convertir esta disciplina en una nueva chuchería para el mercado de la salud mental. Contra esta miseria de las ciencias humanas levanta Lacan su extraordinario edificio teórico, un retorno a la radicalidad de Freud que le costó su expulsión de la Asociación Psicoanalítica Internacional.

Freud lleva los discursos de la filosofía y de la psicología a un punto de crisis sin retorno, problematiza cualquier identidad sexual (incluyendo la heterosexualidad), afirmando la imposibilidad de construir un saber sobre el sujeto, asumiendo la pérdida del ser por lo simbólico, y destruyendo el mito de la armonía entre los sexos. Desde ese lugar vacío las estrategias de liberación gais y lesbianas pueden construir líneas de lucha de una enorme potencia subversiva. Para evitarlo, los maestros de la divulgación y los académicos de la universidad han reducido el trabajo de Freud y de Lacan a una rosario de tópicos donde vuelven a anidar la esperanza, el saber y la normalización sexual. El complejo de Edipo sería, según esta vulgata freudiana, un proceso de "maduración" natural que conduciría a una identidad sexual final sana. Los que tropiezan en este camino de perfección serían los pobres neuróticos y los psicóticos, mientras que los que avanzaron firmes en el sendero del "equilibrio" alcanzan la felicidad. Y si no, unas sesiones de diván nos devolverán al recto caminar (del otro recto, nada que aprender). El psicoanálisis en la coctelera de la new age: energías positivas, autoestima, ayuda, felicidad, salud mental, sexualidad armónica, paz interior. El mismo higienismo, la misma esperanza, el mismo miedo. Dios siempre se cuela por la puerta trasera.

El consumo (de objetos y de sujetos) nos seduce con su semblante de satisfacción, y desactiva el activismo político. Las estrategias de lucha de gais y lesbianas deben articularse con las de otros colectivos, por fuera o al margen de los cebos del amo. El enemigo no es (sólo) la homofobia, sino la matriz que subyace en el odio al otro: a un goce distinto, a una lengua distinta, a una piel distinta, a una clase distinta. Un gitano rico ya no es un gitano, es "el Señor Montoya". Un gai rico ya no es un maricón, es "ese chico tan majo del 5º". ¿Están entre nuestras preocupaciones la pobreza, el racismo, la tortura, la explotación laboral, el derecho a la vivienda, la locura armamentista? Si, como decía Gramsci, un fascista es un liberal asustado, ¿en qué dirección correremos cuando "nuestros intereses" se vean amenazados?

 

 

Javier Sáez