Las campanas
de Santa Marica (I)
Por José Mantero.
New Cock amanecía. Mamanhattan se desperezaba bellamente, entre la escarcha, los jóvenes rayos de sol y los condones usados desparramados por el césped. Un ciclista empalmado se tropezó con el chaval que sudaba corriendo. Ambos se fueron tras una fronda de tamariscos. Oyó sus jadeos el redactor jefe del New Cock Times, que paseaba a su perro, horrible cockshire, testigo impertinente del azacaneo masturbatorio de su amo, quien, al lado del macizo vegetal, dirigía sus miradas y oídos hacia el par que gemía de aquella manera tan impenitente y varonil. Derramaron los tres al mismo tiempo. Penni Wish volvió con su canino compañero a su matinal paseo, el reverendo Richard Mary Carles recogió su bicicleta tras limpiarse superficialmente el semen del mentón, y Vergen Iron limpió concienzudamente la carnosa herramienta con la que, en pocas horas, había satisfecho a Mary, su novia, y a aquel extraño tipo que, antes de mamársela, hubo de echarse a la espalda aquella mole de oro macizo, su cruz pectoral. Hay gente rara, para todos los gustos, se dijo Vergen, dirigiendo al cielo de Mamanhattan su beatífica sonrisa de macho recién eyaculado. New Cock amanecía.
No muy lejos de allí, en la parroquia de Santa María, un coro de niñatos destrozaba a la perfección el Panis angelicus de César Frank. Como sabían que les esperaba un magnífico desayuno, bordaron las sílabas finales. Servuuus seervus et huuumiiiliiiiiis… La Madre Superiora de las Mamadoras Genuflexas de san Cocksé palmeó rotundamente. ¡Niños, al comedor ! Un tropel de chicanos, negros, y blanquitos retoños de ejecutivo segundón casi derriban a la bellísima maestra de capilla, que se dirigió limpiamente a su despacho, en el ala este del convento-parroquia.
Esa mañana, la Muy Reverenda Hermana Peneadicta tenía un urgente papelón a resolver: la caldera que proporcionaba agua caliente a la residencia de los internos de las Mamadoras Genuflexas de San Cocksé, aneja a la iglesia, había dicho basta. La superiora, el día anterior, había confiado el problema en manos de su vicaria, la Reverenda Hermana Prudence Scathologic, natural de Serran Street, en la zona más elegante y pija de la ciudad; papá era el propietario de Muñagorrinix Paper´s, la papelería de tanto tono, que abastecía a las instituciones más señeras de New Cock: el Arzobispado, la Comandancia y la Gallardonhouse, el palacio de gobierno municipal. Prudence Scathologic había avisado a la Muy Reverenda Hermana, tras el canto de maitines, de la llegada inmediata, a las nueve de la mañana, del fontanero y encargado de mantenimiento. Al parecer, se trataba de un joven muy puntual, y Su Caridad no tendría que esperar.
Cinco minutos antes, la Superiora ya se encontraba instalada en el sobrio sillón chippendale de su despacho, revisando papeles y esperando la llegada de su visitante. Dos sobrios toques en la caoba de la puerta le hicieron decir un ¡adelante! demasiado convencido para hora tan temprana. Asomó la cabecita pizpireta de sister Roucs Compostela, gallega de nacimiento y boba por vocación, afincada en la ciudad desde hacía más de veinte años.
- Dispense Su Caridad, Reverenda Madre. Acaba de llegar el Sr. Iron…
- Hágale pasar Su Caridad, bendito sea Dios. Nuestros niños no disponen de agua caliente para su aseo. Y por favor –su súbdita volvió la cabeza con obediencia- recuerde, sister Roucs, que en nuestra congregación somos todas Hermanas, no existe el título de Madre… Esto… ha almidonado Su Caridad mi toca de festivos, supongo…
- Por supuesto, Reverenda M… Hermana…
Sister Roucs inclinó reverentemente la cabeza y salió, dejando la puerta entrecerrada, como buena gallega que no había olvidado sus orígenes. Poco después, Vergen Iron se adentraba en los dominios de la Muy Reverenda Madre Peneadicta, ocupada por entonces en un santo pensamiento: mira que puede llegar a ser boba esta pobre chica, sister Roucs.
- Buenos días, Hermana…
- …Peneadicta de la Sagrada Felación, Señor…
- …Iron, Vergen Iron, fontanero, técnico en revisiones termohidráulicas, Reverenda Hermana- el joven había dedicado a la escultural religiosa su mejor sonrisa, mientras se palpaba el paquete con fruición (había sido debidamente informado de la humildísima forma de saludar que se estilaba en la Congregación, a instancias de su mismisima Fundadora, la Muy Reverenda Hermana Carlota Alberta Phantom, de Calgary, Canadá).
La Hermana Peneadicta se arrodilló, Vergen Iron se aproximó a ella y literalmente la hocicó de un toque de bragueta, que la superiora estimó deliciosamente turgente, al menos comparándola con la de Monseñor Blupps, el anciano Arcipreste. Cuando hubo besado la juvenil portañuela –el Sr. Iron no debía tener más de treinta años, si acaso-, la Muy Reverenda, visiblemente acalorada, tal vez bajo los efectos del mucho trabajo que se le avecinaba y que ella, tan sacrificada, no pensaba eludir, volvió a su mesa. Amagó toser de forma encantadora.
- Dígnese tomar asiento, por favor, Sr. Iron –la monja señaló una silla al joven y agraciado fontanero.
- Muchas gracias, nen… Reverenda, quiero decir…
- Conocerá usted el problema que aflige desde ayer a esta santa casa, supongo.
El Sr. Iron se acomodó en su lugar, tragó saliva –aquella mañana necesitaba hacerlo, por más que evidentes razones- y extrajo de un bolsillo interior de su mono de trabajo el plano de los sótanos donde se alojaban las calderas. Realmente no lo comprendía, tras las dos corridas que había experimentado en poco tiempo, pero, sí, estaba empalmadísimo; su corazón latía acelerado y notaba de qué manera la gran vena de su miembro le masajeaba el cuerpo esponjoso a golpe de chorreones de sangre. Ya veremos, monjita, ya veremos como acabamos tú y yo, se dijo excitado.
(chubby conchiniud)