Domingo en el Playpen II con Roger

por Lawrence Schimel

    Eran las 11 de la mañana del domingo cuando llamé a Roger y le pedí que me llevara a algún salón porno de Times Square.
    "Lisa, ¿eres tú o estoy teniendo una pesadilla?" preguntó tras descolgar.
    "Claro que no es una pesadilla, tonto.  Hablo en serio. Espectáculo en directo. Cabinas con chicas.  Quiero ir a uno, antes de que limpien Times Square, y necesito que vengas conmigo."  Hubo una larga pausa al otro lado de la línea.  Por un momento temí que se hubiera vuelto a dormir; nunca se levantaba antes de la una o las dos de la tarde, cuando ya había pasado casi la mitad del día. "Yo lo pagaré todo," añadí.
    "¿Por qué querría ir yo a un espectáculo de tías? ¿Por qué quieres ir a un espectáculo de tías?, -¿eso no viola una de las reglas del manifiesto lesbiano o algo así? ¿Y por qué quieres ir conmigo?” 
    "Quiero ir contigo porque no puedo ir sola. No dejan entrar ‘mujeres sin acompañante’ a esos sitios a los que quiero ir.”  Me reí de la expresión que usaban.
    Roger se rió también, y preguntó muy serio, “¿Por qué no dejan entrar a las mujeres?”
    Di un suspiro.  "Para ser alguien que se acuesta con tantos tíos, cariño, eres notablemente ingenuo en cosas de sexo."
    "Puede que sea un putón, pero soy un chico muy tradicional, a lo follar-y-mamar, nada rarito.  Así que dime, ¿por qué no dejan entrar a chicas?"
    "Las mujeres sin acompañante suelen ser prostitutas cazando en el territorio de las chicas de salón. Un putero no va a gastarse el dinero por una chica detrás de un cristal si hay una titi que va a hacer que se corra en una cabina de video por tres talegos.”   

    "Fascinate," dijo Roger secamente.  "Me alegro de estar en ayunas."
    "Tienes que sacar tu mente de tu propio culo y expandir tus horizontes, cariño. Por eso necesitas venir conmigo. Considéralo como educación en cultura heterosexual. “

    "Quizá cuelgue y haga como si todo fue una pesadilla."
    "Pásate por mi casa a la una y media, y te pago la comida. Si llegas tarde, te la pagas tú."
    "Creo que no debería comer hasta que no veamos lo que vamos a ver," dijo Roger. Me le podía imaginar arrugando la nariz, y sonreí.. Me alegré de que aceptara venir conmigo, aunque hiciera como si le costara.
    "Te llevaré al Pietra Santa," dije.
    "Te veré a la una y veintinueve," dijo, y colgó.

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    Roger, como era de esperar, estaba mucho más alegre después de que yo pagara la factura.  "Dime," preguntó, mientras bajábamos por la Octava Avenida hacia la Cuarenta y dos, "¿por qué quieres ir a una sala de sexo en directo?  Y un domingo por la tarde, a esas horas."
    "¿No te parece de lo más blasfemo?" dije.  "Precisamente por eso. Siempre ha sido un tabú—Quiero ver cómo es.  ¿Tú nunca has tenido ni un poquito de curiosidad?"
    "Ni la más mínima."  Hizo un gesto exagerado de inocencia, en broma.  "¿Y por qué yo?"
    "Para ahorrar tiempo. Si estás conmigo, no tendré que llamarte luego y decirte cómo fue”. 

    Roger se rió.  "¿Sabes a cuál vamos a ir?"
    "He pensado que podríamos buscar uno que parezca especialmente cutre y probarlo."
    "Qué tal éste," dijo Roger, al ver que estábamos justo delante de una gran sala porno –el Playpen II.  La Octava Avenida parecía tener más de esos palacios de video/shows de chicas de lo que había imaginado-uno o dos en cada una de esas manzanas de los años cuarenta. 
    "CHICAS DESNUDAS EN VIVO," gritó una voz por los altavoces, como si supiera que estábamos demorándonos en el umbral.  "AUTÉNTICAS CHICAS DESNUDAS EN VIVO!"
    "Estaba pensando que deberíamos probar en la calle 42” dije, ”por la tradición.” Al mismo tiempo, tenía miedo de que Roger cambiara de idea mientras caminábamos esas pocas manzanas hacia abajo. Quizá para entonces ya habría digerido la comida y se pondría a poner pegar en el momento de entrar. 
"Pero ya que estamos aquí," dije, "vamos a entrar."
    Mi estómago se puso tenso cuando entramos.  Siempre me había preguntado cómo sería el interior de uno de esos sitios, si serían realmente tan degradantes para las mujeres como se decía, cómo sería entrar para una mujer a la que le gustaban las mujeres. 
    Sentí como si la atención de todos los hombres recayera de golpe sobre mí en cuanto atravesé las puertas.  Había una expectación hambrienta en sus miradas y me alegré de que Roger estuviera conmigo.
    "No me siento cómodo," dijo Roger.  Miraba fijamente todas las mercancías, como si temiera que le atacaran; había montones de estanterías de vídeos héteros y muñecas hinchables y demás. "Creo que todos los tíos saben que soy marica," me susurró.
    "Bobadas," dije.
    "CHICAS DESNUDAS EN VIVO," dijo otra vez la voz de mujer en los altavoces.  "TÚ, EL DE LOS VAQUEROS Y LA CAMISETA BLANCA, NO SEAS TÍMIDO, PASA Y MIRA. ¡CHICAS DESNUDAS, REALMENTE EN DIRECTO!”
    Roger miró tras sus hombros, intentando ver alguien más allí que llevara vaqueros y una camiseta blanca. 
    "TRÁETE A TU CHICA CONTIGO."
    "¿Cómo lo hace?" susurró Roger, con la voz cascada.
    Sonreí, señalando las cabinas de mirar.  Una de las chicas estaba mirando fijamente desde arriba, con un micrófono en las manos. Agitó los brazos cuando vio que la mirábamos.
    "¿Vamos?" dije.
    "Si no hay más remedio."
    Nos acercamos a la hilera de puertas y la chica desapareció de su sitio – para prepararse a darnos un espectáculo, pensé. "Aquélla," dije, señalando a una de las puertas.  Roger mostraba reparos para tocar el picaporte, y pensé que estará imaginándose qué habrían estado tocado la mayoría de las manos que lo habían tocado antes de tocarlo...
    Había un pequeño escaparate al otro lado, con una gran ventana en la pared interior. 
    "Tenemos que comprar fichas," dije, señalando la ventana.  "Tú llevas mi dinero, vete por algunas."
    "Vuelvo enseguida.  Espera aquí."
    ¿Dónde creía que iba a irme? me pregunté. 
    Un tío en el pasillo se había quedado mirando hacia el interior de la cabina, a mí.  Me sentí sucia ante su fija mirada, pero simplemente le devolví la mirada hasta que la puerta se cerró.  ¿Era así como se sentían las chicas desde el otro lado del cristal?  Cerré el cerrojo de la puerta rápidamente y en seguida me sentí mejor.  Me giré hacia la ventana, imaginándome a la chica al otro lado, esperándonos. ¿Sabía ella en qué cabina estábamos? ¿Estaría actuando ahora mismo para algún otro cliente? Sentí celos al pensarlo, aunque sabía que ella tenía que mostrar su cuerpo durante todo el día a cualquiera que pagara las fichas para subir el panel de separación.

    Intenté imaginarme qué aspecto tendría su cuerpo desnudo, a partir de la breve ojeada que le había echado cuando nos miraba desde lo alto de la sala de cabinas.
    Me puse húmeda por la espera, del mero hecho de estar allí. Metí una mano por la parte delantera de mis pantalones.  La puerta estaba cerrada, y no tenía dinero para abrir la ventana.  Estaba sola con mis más sucias fantasías, a salvo en esa pequeña cabina en un palacio del porno. 
    Era raro estar allí con Roger.  Le necesitaba, si no no podría estar allí; pero al mismo tiempo me sentía incómoda por mostrarme excitada sexualmente cerca de él. Era mi mejor confidente y conocía mis más salvajes proezas, pero aquello había sido sexo con cierta distancia – a posteriori. 
    Y mientras que yo aquí sentía un calentón de mil demonios, Roger, pensé, se sentía totalmente asexual.  Estaba nervioso y cortado, incluso quizá incómodo. Yo esperaba que sintiera curiosidad a pesar de lo que había dicho. Me alegraba de que se hubiera apuntado a  esto conmigo.
    Se oyó un ruido en la puerta. "Afeitar y cortar ," dijo Roger desde el otro lado.  Saqué mi mano de los pantalones.  Mis dedos estaban pegajosos. Los chupé, saboreándome a mí misma, y luego me los sequé en los pantalones. Le dejé entrar y volví a bloquear la puerta.
    Roger arrugó la nariz.  "Todo esto es tan raro," dijo, dándome las fichas.  "No estaría mal venir aquí para correrse, si era eso era lo que querías, pero no estamos aquí para hacer eso, sólo para mirar. Todo esto es tan chabacano."
    Podría correrme simplemente por estar aquí, más que por lo que pudiéramos hacer o ver. Me puse de pie delante de la ventana. “No seas tan cortado” dije, haciendo que se pusiera junto a mí mientras metía las fichas en la ranura. 

    El panel de separación empezó a subir. Había dos chicas al otro lado, una mujer afroamericana que estaba completamente desnuda, y la chica que nos había llamado, que llevaba una camiseta pero nada debajo, ni ropa interior.  Las dos se giraron inmediatamente hacia la ventana que se abría, pero fue la que nos había visto antes desde arriba la que empezó a hablar.

    "Es estupendo que traigas a tu novia," le dijo a Roger, metiendo su cabeza por la abertura. Tenía unos senos pequeños y firmes, claramente visibles bajo la tela ceñida. “Son dos dólares por mirar, cinco por tocar, y diez por abrirme de piernas.”

    Él no quiere tocarte, pensé. Yo sí. Fíjate en mí.

    "Dame esos cinco," le dije a Roger.
    Sonriendo, intentó estrecharme la mano. “Era broma,” dijo, hurgando en uno de sus bolsillos.
    Cuando me pasó el dinero, apreté mis piernas juntándolas nerviosamente, presionando mi clítoris como antes. Ella pasó su mano por la ventana y le di el dinero. Se alejó de la separación y se quitó la camiseta, mostrando sus pequeños pechos. Tuve que asomarme hacia delante para alcanzarlos.

    De pronto, se me pasó el morbo totalmente. La idea del espectáculo de sexo, la anticipación de ello, me había excitado más que la realidad.
    No es que no la encontrara atractiva. Pero de pronto me sentí pillada  –literalmente- al darme cuenta de que era una persona, y no una fantasía. Tenía un nombre, una familla, toda una carga cultural con la que yo no quería relacionarme.

    "Mi nombre es Lisa," dije, apretando su pecho suavemente.
    Ella me sonrió cuando toqué su pecho, y por un momento sentí que teníamos una relación auténtica, más allá del dinero que había cambiado de manos.

    Entonces la ventana empezó a cerrarse y retiré mi mano de golpe, como si me hubieran cogido haciendo algo que no debía y de lo que me sentía culpable. No estaba segura si me sentía culpable por estar allí, o por haber quebrado ese escudo del anonimato.

    "Pon más monedas," dijo, agachándose para mirarnos por debajo de la separación.
    La ventana dejó de moverse y se cerró con un ruido definitivo.
    "¿Lo hago?” preguntó Roger.
    Moví la cabeza.  "Las fichas también funcionan en los vídeos, ¿no? Creo que he visto la caja de uno con una chica y un perro cuando pasamos. Y quizá podemos encontrar uno con el vídeo de Bobbitt Uncut*sólo por curiosidad.”

    "Me he fijado que tienen una sección gay abajo," dijo Roger, dirigiéndose a la salida de la cabina y yendo por la tienda como un experto. “Echemos una ojeada a ver de qué va."
    Roger bajó las escaleras.  Dudé, mirando sobre mi hombro, esperando ver a la chica de la cabina asomarse por encima, llamando a los clientes – o buscándome.

    Nunca apareció, y tras un momento seguí a Roger escaleras abajo.

 

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Traducción del inglés: Javier Sáez

 

* Nota del traductor: Bobitt fue un hombre cuya esposa le corto el pene y al que tuvieron que operar para reponérselo.  Después hizo una película porno.  Por eso, Bobbitt Uncut (sin cortar) es el titulo del video.