TORTUGAS HASTA ABAJO... 

 

Por Isabelle Stengers.

 

Un día en que el filósofo William James, que se dedicada en sus ratos libres a la vulgarización científica, acababa de explicar en una pequeña ciudad del campo americano cómo la tierra gira alrededor del sol, vio, cuenta la anécdota, venir hacia él a una anciana con aire decidido, la cual le interpeló, parece ser, en estos términos: no, la tierra no se mueve, porque, como es sabido, está incrustada sobre el lomo de una tortuga. James, por lo visto, decidió ser cortés y preguntó sobre qué, en esta hipótesis, reposaba la tortuga. La anciana replicó sin dudar: "Pues ni que decir tiene que sobre otra tortuga." Y James insistió: "Pero la segunda, ¿sobre qué reposa?". Entonces, concluye la historia, la anciana, triunfante, graznó: "No merece la pena, señor James, hay tortugas hasta abajo (all the way down)."

Después de la primera sonrisa, la réplica final da que pensar. ¿Dónde estamos? ¿Podemos, incluso hoy, tomar nota del "obstáculo" epistemológico, la descripción de un mundo centrado alrededor nuestro, de tortugas hechas para sostenernos, sin perjuicio de maravillarnos de los efectos de descomposición y de absurdo producidos sobre un saber tradicional por el arma más temible de nuestra tradición intelectual, la retorsión? En resumidas cuentas, ¿dónde estamos, en esta anécdota?

Una cosa esta clara: William James vehicula también un saber fundador, la descripción del sistema solar tal y como existe objetivamente. Y, a partir de ahí, se debe plantear la pregunta: ¿hay en definitiva tal diferencia entre las tortugas de la anciana y las leyes fundamentales de la física, si a partir de estas leyes un físico puede pretender que la totalidad de los fenómenos deben, con pleno derecho, poder ser comprendidos? Dirán que ya no estamos en la época en que el demonio de Laplace podía deducir las leyes de la dinámica y el estado instantáneo del mundo, la totalidad de su pasado y de su futuro. Sin embargo, ¿estamos tan lejos de ello? El coloquio de Cordoue no es un fenómeno aislado, los ejemplos se multiplican para mostrar que no hemos renunciado a la búsqueda de un saber que, de una u otra forma, restituya al mundo la transparencia que le postulaba la razón clásica, con peligro de producir el anacronismo fantástico del dualismo espíritu-materia. Todo parece preferible a lo que, desde Niels Bohr, la mecánica cuántica nos pide concebir. Que nuestra descripción "objetiva" de los fenómenos físicos implica siempre una comunicación, o una posibilidad de comunicación, y que, como tal, tiene dos términos irreductibles, los procesos que interrogamos experimentalmente, y el mundo de nuestros instrumentos prácticos y teóricos. Que el físico no descubre una realidad dada. Que los fenómenos elementales que describe contienen una referencia intrínseca al mundo macroscópico, al mundo de nuestras interacciones y de nuestras medidas. Y que cuando hablamos de las leyes de la física como si nos dieran acceso a una realidad fundamental, producimos el mismo movimiento paradójico que la anciana de las tortugas. Producimos un efecto de suelo, un efecto de fundación a partir de una realidad que remite a nosotros, que nos presupone en el centro de la descripción.

Así pues, acabamos de plantear una encrucijada. Ya no podemos identificarnos con el detentador del saber objetivo sobre el sistema solar, pues es el absurdo de la anciana lo que, hoy, nos remite a la situación histórica concreta de la física; y podemos admitir que es la certeza de poder describir el mundo tal y como es, independientemente de toda observación, el obstáculo en cuya fascinación hemos quedado aprisionados.

He querido hablarles de la anécdota de las tortugas con el fin de que estos pequeños animales de aspecto prehistórico, lentos y obstinados, nos recuerden hasta qué punto somos hoy prisioneros, sin perspectiva, de algunos lenguajes sumamente formalizados. El mundo de los objetos de nuestras formalizaciones está hasta tal punto despoblado que los instrumentos de exploración se transforman allí en criba gracias a la cual lo real es juzgado, lo objetivo y lo ilusorio separado. Quizá un día el bestiario de nuestros objetos matemáticos será lo bastante denso -criaturas topológicas, atractores extraños, fractales, catástrofes: comenzamos ya a familiarizarnos con cierto número de ellos- como para que podamos girarnos divertidos hacia la vieja tortuga, hacia la clase de lenguajes que implican al mundo como objeto de un saber idealmente omnisciente. Hoy estamos aún en ello, el resurgimiento de las interpretaciones delirantes de la mecánica cuántica lo testimonia, reencontramos los límites de estos lenguajes por el choque de la paradoja, por lo absurdo, asumido o rechazado, de un fundamento que se refiere a lo que se supone que funda.

Situación peligrosa, inestable. Tanto más peligrosa e inestable cuanto que algunos científicos experimentan la presión de una espera. Esta reunión de Cerisy testimonia a su manera, como el coloquio de Cordoue, que últimamente se pide mucho a la ciencia. Algunos le piden que se haga cargo y que justifique una especie de reconciliación con las tradiciones místicas; vemos a la física de nuestros días acabar en el espíritu; ocurre cada vez con más frecuencia que tal físico une su discurso al del teólogo para burlarse del materialismo, calificándolo de ingenuo. Otros le piden que produzca un "buen" saber, un saber redentor que, por sus solas virtudes, nos reconcilie con el mundo. Esto es lo que ponen de manifiesto por ejemplo las repentinas seducciones del pensamiento del sistema. Todo lo que la ciencia clásica había rechazado se convierte por arte de magia en propiedades primeras, en principios explicativos. La autoconservación, por ejemplo, toma aires de tautología fundadora: un sistema no existiría, se nos anuncia, si no tuviera como proyecto mantener su propia existencia. Y lo real, en lo sucesivo, parece "hecho para" producir la organización tranquilizadora y significante de un mundo a la vez estable y creativo, donde cada parte se realiza a sí misma participando de la complejidad más grande del nivel superior, donde encontramos como propiedad intrínseca de la naturaleza la armonía a la vez ordenada, tranquilizadora y sin embargo abierta, a la que parecemos aspirar. Es, creo, una de las apuestas precisas de este coloquio contribuir a desconectar el conjunto de las circulaciones metafóricas gracias a las cuales, principalmente, vemos proyectos políticos buscando una justificación en la verdad de la naturaleza tal y como se supone que la descubre una ciencia. Que esta ciencia sea la física o la biología, que se trate de auto-organización o de sociobiología importa poco en este caso, sólo importa la autoridad que atribuimos al saber en cuestión, y estar a la espera de que nos dé una ley por cuya obediencia estaríamos salvados.

 

Una de las señales más claras de lo que -a la vez- la espera social autoriza y el cientifismo provoca es la proliferación de las generalizaciones. Es conocida la generalización masiva sobre la que reposa la sociobiología: que toda la historia biológica podría ser referida a la coerción selectiva, de tal suerte que cada rasgo, cada comportamiento encontraría su razón de ser en la optimización de una cualidad adaptativa. En cuanto a mí, puedo dar testimonio de la insistencia con que los físicos y químicos de Bruselas caen en la tentación de producir una teoría general de la auto-organización del mundo físico y social. Como Michel Gutsatz ha tenido el gusto de demostrarles, la tentación es a veces demasiado fuerte. Sin embargo, desearía observar que hay en él un malentendido sobre el sentido de "competición". La competición "de tiendas" entre productos que ha definido se produce siempre, incluso en equilibrio. Lo propio de las estructuras disipativas es mucho menos trivial: se trata de competición entre "vías reaccionales". Y en eso, las estructuras disipativas no desembocan en un neo-darwinismo generalizado.

¿Qué hacer entonces? No creo que debamos, en nombre de exigencias de pureza, perseguir las comunicaciones metafóricas, restaurar la separación entre los campos. Eso sería defender no una hipotética pureza, sino un hecho consumado, ya que la circulación metafórica de aquí en adelante ha constituído los objetos que encontramos en estos campos. Las metáforas de la sociedad y del organismo, por ejemplo, han conocido una circulación tan densa que es inútil hablar de biologismo en sociología, o de proyección social en biología. Quizá incluso sabemos aún menos lo que es un cuerpo independientemente de lo social que lo que es una sociedad independientemente de la organización biológica. El verdadero problema no es el de la pureza, sino el del prestigio y la autoridad. Hay ahí una posición teórica que defender con firmeza: cara a su trabajo de producción conceptual, el científico es como uno más entre nosotros, no cabe esperar de él una lucidez particular en cuanto al alcance y a lo que está en juego en este trabajo. De la misma manera que aceptamos que este trabajo sea parte cobrante, en el mejor sentido del término, de las cuestiones y de los intereses de su época, debemos aceptar que en la interpretación que el científico da, sea víctima de las mismas angustias, de las mismas tentaciones, de las mismas esperanzas que sus contemporáneos. Einstein decía: no escuchéis lo que el científico dice que hace, mirad lo que hace. No hay que entender esta advertencia en el sentido de una distinción cualquiera al estilo de Bachelard entre trabajo diurno y ensueño nocturno, sino extraer las consecuencias del hecho de que no existe ningún acceso privilegiado de un creador a su obra que pueda obligarnos a juzgar positiva o negativamente lo que hace a partir de lo que dice.

Pero, entonces, si no podemos fiarnos de la autoridad de los que producen los objetos de nuestra cultura ¿dónde encontrar los instrumentos de evaluación? ¿Cómo orientarnos? Probablemente no hay otra respuesta que la política y cultural. La cuestión debe traducirse así: cómo volver a crear una cultura, un medio social de discusión y de negociación lo bastante denso y crítico como para que las apuestas de los discursos teóricos se encuentren allí situadas en su relatividad cultural e histórica y para que el científico no pueda ser, ni se sienta requerido para asumir el papel de profeta. En lo que me concierne, y es a partir de esto de lo que voy a hablarles ahora, he intentado encontrar en la historia de los problemas el contrapeso necesario a la autoridad de las pretensiones del saber contemporáneo. No para reducirlos a la nada, sino para situarlos y medir su alcance. Tarea arriesgada, ya que se asemeja como una hermana a la tristemente célebre búsqueda de los precursores. Tarea que no puede encontrar garantía en ningún método, y que no debe buscarla más que en la confrontación crítica con otros interrogantes. Una vez más, no hay que esperar aquí una solución individual, una solución que no pase por la construcción de una cultura.

 

¿Cómo definir lo que, a mi entender, puede reivindicar una significación cultural general en las teorías termodinámicas y cinéticas que tratan de lo que se ha llamado fenómenos de auto-organización? Más que de resultados positivos, creo que se trata de una liberación respecto de cierto número de esperas, de ideales, de juicios a priori que comparten no sólo los físicos sino muchos otros que, a menudo sin saberlo, habían aceptado las teorías de la física como modelo de cientificidad. Lo que podemos esperar a partir de aquí es una proliferación de lenguajes teóricos locales articulados poco a poco, es decir un mundo donde las tortugas teóricas ya no serían ni objeto de escándalo ni objeto de búsqueda, donde no se preguntaría sobre qué reposan sino con quién viven, donde se las reconocería como exploración rigurosa de problemas aceptados al mismo tiempo como relativos y como plenamente positivos.

La física, desde su origen, ha estado dominada por la búsqueda de leyes generales; progresivamente, ha sido igualmente investida de la identificación entre el conocimiento y la posibilidad de manipular; finalmente, ha tomado como objeto privilegiado el estado, lo que implica la convicción de que la descripción pertinente de un sistema puede siempre reducirse a la definición de su situación instantánea. La noción de función de estado resume tanto en dinámica como en termodinámica esta triple anticipación, de generalidad, de manipulabilidad, de instantaneidad. Por ello, para decirlo brutalmente, la transformación conceptual de la que voy a hablar resulta de tener en cuenta el hecho de que, salvo excepciones, la física de los procesos no puede ser reducida a una física de los estados.

En un sentido, la distinción entre estado y proceso es un objeto de debate muy antiguo, ya que no es ajena a los argumentos invocados por ciertos químicos del siglo XVIII para defender las especificidades de su objeto contra las generalizaciones abstractas de los físicos. Remitámonos sobre este tema al artículo "Química" de Venel en la Enciclopedia. En este sentido es posible ver en la transformación contemporánea de la física la vuelta de una problemática, la de la química antes de que fuera llevada a abandonar sus cuestiones teóricas para consagrarse al análisis y la síntesis de los cuerpos. En esta perspectiva podemos entonces ver el desarrollo de los conceptos cinéticos en el interior de la física teórica -desde los trabajos de Plank sobre los cuerpos negros hasta las actuales teorías cosmológicas- como el cerco progresivo a esta ciencia por las cuestiones rechazadas y negadas por la química. Habrá que admitir en adelante que la evolución de la física se ha producido por así decirlo andando hacia atrás, reconocer las consecuencias de lo que ha sido, más que buscado, sufrido por ella.

El nacimiento de la termodinámica pertenece a este movimiento experimentado. Ahí, por primera vez, una descripción general ha demostrado su impotencia, su falta de pertinencia.

Para decirlo brevemente, la dinámica se había revelado, después de su puesta a punto en el curso del siglo XVIII, enteramente reabsorbida en una problemática de ingeniero: el cálculo de los balances de energía potencial y cinética. La dinámica se vio capaz de agotar su objeto por una serie de equivalencias que definen igual e inseparablemente posibilidades de producción de trabajo y de manipulación. Toda aceleración experimentada por un cuerpo es definida y medida por el trabajo que el cuerpo, por esta aceleración, es capaz de producir. Así, lo que un cuerpo que cae gana en velocidad, perdiendo altura, puede ser invertido en todo trabajo equivalente al trabajo necesario para que el cuerpo vuelva a ganar su altura inicial. Ahora bien, cuando se trate de hacer producir trabajo no ya a cuerpos sometidos a las fuerzas dinámicas sino a procesos físico-químicos, nos daremos cuenta de que, si el principio de conservación de la energía es todavía "verdadero", no permite diferenciar lo que es posible de lo que no lo es. La definición general del estado físico-químico por la función de estado que constituye la energía deja de ser pertinente para conocer los trabajos que pueden o no ser realizados por los procesos físico-químicos.

No me entretendré en la historia de la introducción de la nueva función de estado que constituye la entropía. Excepto para recordar que la entropía también está vinculada a la problemática de la producción de trabajo. Pero esta vez, lo que se trata de hacer trabajar ya no es un cuerpo inerte, es un medio activo cuya actividad va a ser concebida como esencialmente refractaria a esta producción de trabajo. El proceso físico-químico por excelencia, el que ha recibido su descripción matemática desde los primeros años del siglo XIX, es la propagación del calor. Y ésta ocurre de manera espontánea, sin que se pueda identificar una relación de equivalencia manipulable entre una causa y un efecto. Se trata, desde el punto de vista de la razón clásica, de un escándalo, lo que Meyerson ha llamado una irracionalidad. "Somos nosotros, quienes buscamos establecer la identidad en la naturaleza, los que la aportamos, los que la suponemos... Eso es lo que llamamos comprender la naturaleza o explicarla. Ésta se presta a ello en cierta medida, pero también se defiende de ello. La realidad de rebela, no permite que se la niegue. El principio de Carnot es la expresión de la resistencia que la naturaleza opone a la coacción que nuestro entendimiento, por el principio de causalidad, trata de ejercer en ella." Y cada vez que un proceso escapa al apresamiento por el cual medimos y utilizamos a la vez las transformaciones de un sistema, las posibilidades de producción de trabajo se pierden, se disipan. Los procesos físico-químicos serán globalmente calificados de disipativos.

En el interior de la física, la problemática de la producción de trabajo, es decir, la búsqueda de relaciones generales de equivalencia entre lo que ha sido invertido por un sistema y lo que es capaz de restituir, ha tenido consecuencias paradójicas; la termodinámica se ha constituido a propósito de los procesos irreversibles pero también contra ellos, no buscando conocerlos sino ahorrárselos. Probablemente por eso no se produjo escándalo intelectual por el hecho de que la termodinámica se concentre en el estudio de los estados en equilibrio, es decir, de los estados donde ya ningún proceso es posible, el estado al que llevan fatalmente los procesos si se producen en un sistema aislado. Y la termodinámica de los estados en equilibrio encuentra las equivalencias manipulables entre causa y efecto: un sistema cuyo estado de equilibrio ha sido cambiado con la suficiente precaución como para que ningún proceso irreversible haya podido tener la ocasión de producirse es idealmente capaz de restituir al mundo el trabajo que ha sido invertido para operar el desplazamiento en cuestión. Las teorías del equilibrio termodinámico son racionales en el sentido de Meyerson.

He aquí los dos objetos privilegiados de la física clásica, el objeto dinámico integralmente inteligible en términos de equivalencias reversibles, el objeto termodinámico con su estado privilegiado, el estado de equilibrio. El primero se caracteriza por una memoria absoluta, nada le sucede, nada se produce que no estuviera ya contenido en alguno de sus estados precedentes. El segundo, por el contrario, conoce una evolución a lo largo de la cual queda olvidada su situación inicial, y al término de la cual sus propiedades ya no son más que las propiedades generales deducibles de la función de estado termodinámica. Ya se trate de un cristal de estructura ordenada, de un gas o de un líquido, desde este punto de vista todos los estados de equilibrio termodinámico son equivalentes, corresponden todos a la desaparición de todo proceso, al olvido de toda singularidad.

Resumido así, la historia parece extraña. Las elecciones de la física parecen en este punto parciales y tan sometidas a un ideal a priori que no se puede comprender la autoridad que han podido asumir. Y sin embargo la física del siglo XX ha estado dominada por las distinciones operadas a partir de estas elecciones entre lo real, el fenómeno bien construido, es decir, como vamos a ver, sometido a la ley de los grandes números, y lo ilusorio.

La encarnación de esta discriminación no es otra que el demonio de Maxwell. Porque este demonio tiene relación con lo real, es decir con las moléculas de un gas. Armado de su raqueta puede manipularlas. Desde su punto de vista, la evolución del gas hacia el equilibrio aparece no como una ley, sino como el efecto más probable de los movimientos de las moléculas. Pero él mismo que tiene relación con las moléculas puede decidir no tener en cuenta las probabilidades, oponerse a la nivelación de las diferencias, crear allí novedades, y eso en las simples restricciones generales que define la dinámica. La evolución hacia el equilibrio no es más que un fenómeno bien construido, una anticipación plausible en virtud de las leyes del movimiento, pero no una ley. Y el demonio, que tiene relación con la ley, tiene al mismo tiempo relación con un mundo al que se puede, integralmente, hacer producir trabajo. Todas las distinciones entre energía disponible y energía degradada se borran para él. En cuanto a la ilusión, será denunciada en todos los demás casos, cada vez que lo que Meyerson llamaba lo irracional no pueda ser reducido a una nivelación, a un olvido de las diferencias.

La discriminación operada entre lo real, lo probable y lo ilusorio traduce el lugar al que llevan máximamente las relaciones sociales de prestigio y de autoridad en el interior de las ciencias. El debate social no se refiere en principio al contenido de tal o cual teoría sino a la legitimidad del problema que plantea esta teoría, no a los discursos sino a los metadiscursos que definen lo que es aceptable y lo que no lo es para un discurso científico. Y la posibilidad de que algunos físicos se reconozcan juzgando a priori lo real en función de sus instrumentos conceptuales no plantea en principio un problema psicológico o filosófico -aquí hay que separarse claramente de análisis como el de Meyerson- sino un problema político. Éste es principalmente el del aislamiento social que hace del físico un profeta o un técnico esclavizado, es decir, de todas formas, que le lleva a negar con autoridad o desprecio la realidad concreta que no tiene ningún medio de conocer. Y la verdadera cuestión de la física es pues una cuestión política y social. De las nuevas cuestiones teóricas que desvelan el carácter parcial y globalmente ilegítimo de las antiguas generalizaciones sólo podemos esperar que acentúen la contradicción entre las exigencias de la investigación científica y el tipo de socialización que le es propio desde el siglo XIX.

 

 

 

Detengámonos sin embargo en algunas de estas generalizaciones. Una de ellas impera no sólo en física sino en todas las ciencias que tratan de poblaciones numerosas constituidas de elementos esencialmente independientes unos de otros. Es la convicción de que las leyes medias dominan siempre, de que lo que se llama la ley de los grandes números instituye una distinción estricta entre los comportamientos individuales y su resultante estadística. Ahora bien, esta convicción, voy a mostrarlo, se relaciona muy precisamente con la oposición que me interesa entre física de los estados y física de los procesos. Porque la ley de los grandes números, tal y como ha sido establecida por Boltzmann en la interpretación estadística de la evolución hacia el equilibrio, supone muy precisamente que no sea planteado el problema de los procesos. Se consideran las diferentes configuraciones moleculares instantáneas posibles en el sistema sin preguntarse cómo pueden ser producidas. Y no hay necesidad de preguntárselo, porque a cada una se le atribuye una probabilidad igual a priori, y se limita a contar: a evaluar la probabilidad de los diferentes estados macroscópicos en función del número de configuraciones moleculares diferentes que realizan cada una de ellas. En esta interpretación, el estado de equilibrio es el estado privilegiado en la exacta medida en que es el estado donde los procesos, cualesquiera que sean, no tienen en adelante consecuencias; la abrumadora mayoría de las transformaciones posibles a priori hace pasar al sistema entre dos configuraciones moleculares que cumplen ambas el estado de equilibrio.

Encontramos, por lo demás, la misma limitación en las teorías de la información, también fundadas sobre la evaluación a priori de las complexiones, de las configuraciones de elementos que producen cada combinación global instantánea. Aquí también la organización es reducida a un estado raro, y es difícil por ejemplo establecer una distinción entre el orden estático del cristal y la producción de estructuras periódicas a partir de procesos hidrodinámicos o químicos. En todos los casos, desde el punto de vista de la información, hay redundancia, pues la descripción del estado instantáneo de una pequeña región del sistema permite extrapolar a una descripción del conjunto de ese sistema. Y sin embargo, el uno, aislado, mantiene indefinidamente esta redundancia, mientras que el otro se parece a la reina roja de Lewis Carrol: "it takes all the dissipation you can pay for to keep in the same regime".

Por el contrario, lo propio de los modelos cinéticos a los que se refieren directamente teorías como las de las estructuras disipativas es dedicarse a los procesos como tales. El problema planteado por Boltzmann se encuentra aquí invertido. Ya no se trata de calcular la probabilidad de un estado instantáneo a partir del cálculo del número de complexiones, como si la probabilidad de esas diferentes complexiones instantáneas fuera independiente de los procesos que las han producido. Por el contrario, los modelos cinéticos calculan las velocidades de los diferentes procesos en función de las probabilidades de los acontecimientos susceptibles de producirse en el sistema, y hacen de estas mismas probabilidades el producto de la evolución de un sistema. Así, en el caso de las transiciones de fase de equilibrio, habrá que tener en cuenta por ejemplo el hecho de que, si se ha formado una gotita en el gas, las probabilidades de que nuevas moléculas se agreguen y de que la gota aumente en lugar de evaporarse dependen del tamaño ya alcanzado, pues con este tamaño crece la intensidad de las fuerzas de atracción. Éstas eran despreciables en tanto que las moléculas estaban separadas, y se podían caracterizar las diferentes combinaciones como si estuvieran formadas de elementos esencialmente independientes. Pero alrededor de una gotita, las fuerzas de atracción juegan un papel decisivo y determinan el amortiguamiento o la amplificación del proceso de agregación. Lo que podía, en un gas en equilibrio, ser olvidado en el cálculo a priori de las probabilidades cobra una importancia decisiva en el punto de transición de fase.

La característica común de los modelos cinéticos es calcular no la probabilidad de un estado instantáneo, sino la probabilidad de una historia. Las probabilidades de los estados instantáneos ya no son evaluadas a priori, sino que se preguntará cuáles son, por ejemplo, promediando los procesos activos en un sistema, las probabilidades de que un acontecimiento local genere consecuencias, se propague o se amortigüe. Haciendo esto, los modelos cinéticos permiten plantear problemas nuevos, especialmente uno que, desde siempre, fascina a la imaginación, el problema de las transiciones de fase. Porque la naturaleza inorgánica no conoce sólo evoluciones progresivas hacia el desorden y la indiferencia, sino también metamorfosis bruscas, transformaciones discontinuas: cristalización -el orden emerge del desorden, el líquido "prende" de golpe, la solución "precipita"-, fusión, sublimación; estos cambios de estado reproducibles y sin embargo misteriosos han inspirado metáforas en todos los campos del saber: lo vivo, el orden social cristalizan en el seno del caos; las resistencias, las tabiquerías se funden en la locura del momento; la idea o la decisión precipita bruscamente. En las "transiciones de fase", la naturaleza parece afirmarse como potencia de transformación, capaz no sólo de dejarse resbalar hacia el desorden y la indiferencia, sino también de hacer surgir el orden, la diferencia.

Y ciertamente, si hacemos caso a las descripciones cinéticas, nuestras ideas "de sentido común" sobre los sistemas numerosos deben modificarse. Gilles Deleuze recordaba en Diferencia y Repetición que, según Hegel, el sentido común es la verdad parcial en tanto que en ella se añade el sentimiento de lo absoluto. Debemos aceptar que no era más que una verdad parcial la idea de que el caos está forzosamente sometido a la ley de la indiferencia y de la compensación estadística. El caos también puede, en puntos privilegiados, convertirse en la ilegalidad misma, caos de fluctuaciones que ya no fluctúan alrededor de ninguna media, pues ninguna puede ya ser definida, pero que repercuten a través de todo el sistema, en la confusión de lo que las distinciones entre macroscópico y microscópico separaban. Este caos evoca para nosotros, como quizá para los antiguos, el estado inimaginable que precede a menudo la instauración del orden en las narraciones cosmogónicas tradicionales. Es también el "caos nube" que Michel Serres nos ha dado a conocer a propósito de la física lucreciana; caos, combate tempestuoso, turba creador en cuyo seno el clinamen puede hacer nacer el torbellino estable de las cosas.

En efecto, en el punto crítico de transición de fase el gas ya no es, propiamente hablando, un gas, pero tampoco es un líquido, se forman gotas de agua de todos los tamaños; éstas pueden ir desde algunas moléculas hasta un número macroscópico, de la misma escala que el sistema, y están íntimamente mezcladas con burbujas de gas también de todas las dimensiones; las fluctuaciones de densidad, que traducen la formación de gotitas, pueden tomar dimensiones macroscópicas, y sus efectos pueden repercutir a través de todo el sistema; la extensión de la correlación, es decir, el alcance de la resonancia de un acontecimiento local, tiende así hacia el infinito, todas las partes del gas están desde ahora en contacto, se "sienten" mutuamente y el sistema reacciona como un todo a lo que pasa en cada una de sus regiones. Precisando más, el punto crítico corresponde al estado en que, sea cual sea la escala en que se describe el sistema, sea cual sea el umbral de dimensión a partir del cual una fluctuación será tomada en consideración, el resultado permanece igual: el acoplamiento entre los puntos alejados del sistema tiene la misma intensidad que el acoplamiento entre sus puntos cercanos. Por tanto se viene abajo la hipótesis que está en la base del concepto mismo de estado macroscópico: la distinción entre acontecimientos locales y descripción global.

Me he detenido en el problema de la cinética para recordar un elemento de reflexión que se ignora a veces demasiado fácilmente. Se habla mucho de "estructuras disipativas" engendradas por la amplificación de una fluctuación hasta dimensiones macroscópicas. Se olvida a menudo qué paradoja esconden estas palabras, qué trastorno conceptual: una fluctuación era por definición algo insignificante y sin consecuencia; la posibilidad de su amplificación es el final de las tranquilas generalizaciones de la física. Recordémoslo, sin embargo, esto no es una razón para mezclarlo todo, la fluctuación en sí misma no es causa de nada. Las fluctuaciones se producen de manera incesante e inevitable en sistemas poblados de billones de moléculas con comportamiento estocástico. Lo que importa es el fenómeno propiamente macroscópico de su amplificación, es la oportunidad de que esta amplificación aparezca, y que constituya un fenómeno intrínsecamente colectivo.

Se puede caracterizar las transiciones de fase de equilibrio por un contraste fuerte entre la transición misma y el estado que constituye su término. Si el proceso de cristalización es un proceso que puede ser asimilado a un régimen disipativo supermolecular, puesto que el sistema se comporta ahí como un todo, donde surgen correlaciones de largo alcance y donde se produce una actividad irreversible intensa, su producto, el cristal, está con respecto a él definido a escala molecular y desprovisto de actividad. El tiempo de la cristalización, irreversible, creador de estructuras, no tiene nada que ver con la eternidad detenida del cristal. El orden cristalino es un proceso acabado.

Considerando esto, lejos del equilibrio la situación puede llegar a ser totalmente diferente, pues la transición ya no tendrá forzosamente por término un estado dominado por el principio de orden de Boltzmann, sino lo que se llama una "estructura disipativa". Lejos de ser un proceso transitorio en el curso del cual, por un instante fugaz, el sistema adquiere una actividad colectiva, la transición que conocen los sistemas alejados del equilibrio no es más que el primer instante, la aparición de lo que se estabilizará como régimen disipativo supermolecular.

Las estructuras disipativas parecen pues prolongar indefinidamente el instante fecundo de la génesis de las estructuras. En el seno de una estructura disipativa, como las células de Bénard en hidrodinámica, las moléculas, que sin embargo no interactúan más que por fuerzas de corto alcance,

adoptan un comportamiento propiamente colectivo. Las células de Bénard, formadas por flujos de convección macroscópicos, aparecen espontáneamente en el seno de una capa líquida calentada por debajo, a partir de un valor umbral del gradiente de temperatura. Billones de moléculas, en lugar de circular indiferentemente en todas direcciones, se reúnen en un movimiento turbillonario coherente. Si quisiéramos contar las complexiones correspondientes a los diferentes estados macroscópicos concebibles en la situación de la capa líquida calentada por debajo, la aparición y el mantenimiento de las células de Bénard constituirían un acontecimiento de una improbabilidad casi milagrosa. Lo mismo ocurre con los "relojes" que aparecen en ciertos tipos de sistemas químicos cuando los flujos de reactivos que los alimentan son bastante intensos: la variación de las concentraciones de reactivos del sistema, que oscila con una periodicidad muy determinada, de un orden de tamaño macroscópico, constituye un comportamiento colectivo coherente, que implica una "comunicación" fuerte entre moléculas que sin embargo son esencialmente independientes. Ahí, una vez más, la idea de las configuraciones moleculares equiprobables debe hacer sitio a la lógica de los procesos.

He querido, hasta aquí, hacerles partícipes de la significación que doy al paso de una física de los estados a una física de los procesos, de una física de los balances a una física que empieza a intentar contar historias. No me detendré en hablarles de la variedad de las estructuras disipativas, de los diferentes diagramas de bifurcación, de propiedades como la estructuración a partir de fluctuaciones externas o de la influencia de los campos externos, ni tampoco de las conexiones posibles con los programas de la biología. Por una parte, estos problemas han sido extensamente expuestos en La Nueva Alianza, y, por otra parte, se trata, para recoger la distinción introducida antes, de problemas puramente teóricos, donde especialistas en representaciones matemáticas de sistemas físico-químicos hablan de sistemas definidos por reacciones físico-químicas. No hay aquí problema de legitimidad. Es muy distinto cuando las modelizaciones se dirigen a otros tipos de sistema, y es a esta cuestión a lo que voy a dedicar el final de esta exposición.

¿Qué lección pueden deducir las modelizaciones de todo esto? Para un campo donde los instrumentos de la cinética pueden tener cierta pertinencia, sobre todo cuando se tiene relación con poblaciones numerosas conectadas de manera parcial, la principal es quizás la clara distinción que hay que establecer entre inteligibilidad y generalidad, el carácter muy limitado de la validez de todas las funciones generales que proliferan por ejemplo en la economía, la sociología, la psicología, y que están construidas sobre el modelo de la función de estado. Aludo aquí en particular a las diferentes funciones de optimalización. No hay que temer aquí extrapolaciones ilegítimas: tales funciones se han inspirado directamente en la física clásica y han operado en su campo la misma ocultación de los procesos. Independientemente de los métodos que se revelarán apropiados en cada dominio, es difícil concebir cómo cada una podría evitar descubrir por su cuenta lo que la física ha descubierto: que los valores medios no son válidos a priori, sino sólo en los límites decididos por el funcionamiento del sistema mismo; y que, para comprender este funcionamiento, hay que tener en cuenta con detalle los procesos acoplados que lo constituyen.

Otra inspiración podría venir de la desaparición de presiones que han ejercido sobre ciertas mentes alternativas demasiado rígidas como la que se da entre arbitrario y determinismo. El hecho de que la física pueda en lo sucesivo describir regímenes de funcionamiento a la vez determinados y abiertos en el mundo exterior, integrando en un funcionamiento global singular las reglas que rigen las transformaciones en el sistema, las circunstancias del momento, y la historia pasada de ese sistema, no prueba evidentemente nada fuera de la física. Sin embargo, es posible que se haga más apreciable un cierto vacío conceptual, y que ya no quepa rellenarlo con asociaciones paradójicas de conceptos disparatados. Es importante recordar aquí que no disponemos aún de ninguna teoría de la organización. Y viendo, en la obra de un Jacques Monod, el peso que ha tenido a este respecto la doble influencia de los conceptos surgidos de las técnicas de la cibernética y de la información, y de los de la física clásica, no se podrá negar la importancia del reconocimiento por las teorías físicas del problema abierto que constituye la singularidad de otros objetos distintos a los suyos.

Desearía ahora hacer una observación referente a los presupuestos respectivos de los modelos inspirados por la cinética y por la cibernética. La cinética podrá si llega el caso pronunciarse sobre un fenómeno de auto-organización pero en ningún caso sobre una autorregulación, en ningún caso atribuirá a tal o cual substancia la propiedad de regular. La autorregulación implica la posibilidad de pasar directamente de la identificación del papel local de las moléculas a la significación global de ese papel. Cuando se oye decir: "existe un umbral de concentración a partir del cual tal molécula X hace posible tal síntesis", cuando se atribuye la responsabilidad de una regulación a tal o cual clase de reactivo, la inspiración es reconocible: lo que se describe es un circuito en el que cada pieza tiene una identidad funcional definida en el nivel del sistema global. Cada tipo molecular puede desde ese momento ser considerada directamente responsable de cierto número de efectos, promediando la lógica global. Por el contrario, el enfoque cinético distingue de manera estricta las propiedades de retroacción que caracterizan ciertas etapas de las transformaciones que se dan en un sistema, y las propiedades funcionales globales de ese sistema, como la estabilidad y la regulación. Éstas no pueden tener más que un solo referente, a saber, el sistema mismo. Se hablará entonces por ejemplo de catálisis de una reacción por una clase de moléculas, pero no de sustancias reguladoras o de retroacción reguladora. Y es el mismo sistema quien franqueará o no un umbral, quien se estabilizará o no, quien, eventualmente, se organizará.

Dicho esto, hay que subrayar ahora la gran diferencia entre las representaciones de los sistemas físico-químicos que pueden ser definidos en condiciones experimentales, y los modelos que elegimos en la realidad concreta en que vivimos. Sobre el primer tipo de sistemas, la física ha descubierto la riqueza de los regímenes de funcionamiento que son susceptibles de producirse cuando se abre el sistema, cuando se da a los procesos una oportunidad de producir otro resultado que no sea trivial. Pero los sistemas concretos son abiertos en otro sentido muy diferente además. Contrariamente a los sistemas químicos, donde se supone que tomamos en cuenta todas las posibilidades de reacción, los individuos vivos e históricos, células, termitas u hombres, cuyos comportamientos colectivos podemos pretender estudiar, se caracterizan por una multiplicidad indefinida de interacciones. Se impone pues una elección, y el modelo no podrá tener otro valor u otra validez que la de esa elección. Es particularmente importante señalarlo, dada la transmutación prestigiosa que el lenguaje formalizado tiende a hacer experimentar hoy a las elecciones más triviales.

Así, a propósito del conjunto de los modelos de inspiración neo-darwiniana donde la evolución de una población es estudiada en un contexto de recursos limitados, es decir los modelos fundados en la ecuación logística, no se dirá de ninguna manera que tales modelos prueban o legitiman la selección natural bajo el pretexto de que la matematizan. La presuponen y ponen en juego sus consecuencias en circunstancias particularmente simplificadas. Lo cual por otra parte no implica que estos modelos no tengan interés: por el contrario, permiten a menudo una experimentación real de las hipótesis y de los conceptos que guían las exploraciones concretas.

Así pues, la elección se impone entre las interacciones que se tendrán en consideración y las que se despreciarán - con el riesgo de atribuirles la responsabilidad de las "fluctuaciones", es decir, la variabilidad incontrolada de los comportamientos individuales. Y nada garantiza que una elección apropiada en ciertas circunstancias seguirá siéndolo en otras, que el problema planteado, es decir la definición misma del sistema y no solamente su régimen de funcionamiento, no se modificará. Hay ahí una responsabilidad mayor del que modeliza. Éste siempre corre el peligro de ratificar la definición del sistema tal como se da en las circunstancias en que lo encuentra quien modeliza. Seleccionando, en su descripción de un sistema, las interacciones que han sido estabilizadas y privilegiadas por el contexto histórico, social y político, el que modeliza no sólo toma nota, sino que justifica este contexto, pues su modelo no hace otra cosa que negar las posibilidades de otros comportamientos que no responden a la lógica dominante. La responsabilidad es tanto más grande cuanto que las escalas de tiempo que caracterizan las evoluciones son más pequeñas. Cuando describimos el comportamiento de las termitas, sabemos que simplificamos, y que las termitas son virtualmente capaces de muchas otras interacciones. Sabemos también que milenios de evolución han privilegiado y estabilizado los comportamientos de que nos ocupamos. Por el contrario, cuando se trata de poblaciones humanas, ya no se trata de milenios, sino de tiempos de vida, o de tiempos de aprendizaje, o de tiempos de moda. Y desde ese momento la elección del modelo es directamente una elección política. Corresponde a quien modeliza confirmar un cierre o participar en la exploración de otros posibles. Le corresponde también resistir el júbilo teórico, tan legítimo sin embargo cuando se trata de fenómenos naturales. Pues hay en efecto cierto júbilo al concluir: este fenómeno colectivo complejo, la construcción de un termitero, por ejemplo, puedo reducirlo a este pequeño número de interacciones. Pero este placer del teórico toma un sentido completamente distinto cuando se dirige a situaciones protagonizadas por individuos que una presión más o menos violenta presenta como limitados a este pequeño número de interacciones.

Ha dicho antes que la transformación de la física hacía más aguda la contradicción entre la actividad de investigación y la socialización de esta actividad. En ninguna parte es más perceptible esta contradicción que en la difícil distinción entre espíritu reduccionista y espíritu analítico. Una de las conclusiones más importantes de la física de los procesos es que el análisis no está en contradicción con el respeto de las singularidades, sino que le es complementario. Es el análisis del detalle de los procesos, de los acoplamientos, de las interacciones en un sistema lo que nos hace comprender la rica variedad de comportamientos diferenciados de que es capaz este sistema. El análisis no concluye pues forzosamente que el sistema "no es más que esto" o no es "nada más que aquello", sino "todo" eso, y podría ser aún muchas otras cosas. Por el contrario, cuando vemos la puesta en práctica de ciertas modelizaciones concretas, llegamos a la conclusión de que el reduccionismo es capaz de sobrevivir y de conservar su poder en cualquier cuadro teórico. Su verdadero motor, en efecto, no es tal o cual teoría, sino la temible posibilidad de ignorar, de despreciar, de manipular y de dominar.