GLORIA

Me llamo Marino Aranda y soy feliz. Trabajo en la cocina del gran pesquero "Gloria" y no me importa estar tres meses navegando sin pisar tierra firme y no ver a ninguna mujer. Todo el día rodeado de hombres curtidos por el mar desfilando por mi cocina, podría parecer un suplicio para algunos, pero para una marica como yo es como estar en el paraíso. Prefiero esto mil veces a todos los buenos restaurantes en los que he trabajado anteriormente.

Los pescadores son muy agradecidos y siempre me felicitan por los guisos que me esmero en prepararles cada día. La reina de los fogones, me llaman afectuosamente, y debo confesar que es así como me siento. Estos hombres tan rudos y en algunas ocasiones violentos, que es cuando más me gustan, se transforman en inocentes corderos al traspasar la puerta de mi comedor. El comedor es espacioso. Tiene tres mesas de madera, en las que se pueden sentar en cada una de ellas los comensales. Lo peor es que no tiene ojos de buey y no he podido poner unas cortinitas fascinantes que había visto en el puerto de Gijón. Cuando vienen todos a comer, esperan pacientemente a que les sirva, y en el transcurso de las comidas y de las cenas no se oyen palabras malsonantes ni comentarios de mal gusto. Me he sabido imponer. Tengo que confesar que soy muy afeminado y el capitán antes de contratarme tuvo sus dudas. Me dijo textualmente "No quiero alborotos durante la pesca de la merluza y tampoco quiero problemas con el calamar". He de reconocer que me dejó un poco atónito, pero más perplejo quedó él cuando le preparé un relleno de carne con hojaldre y miel en cuarenta minutos que estaba exquisito. Mi profesionalidad le convenció. Cuando trabajo me muevo con agilidad alrededor de la cocina y tengo el nervio y el temperamento suficiente para manejar los ocho fuegos a la vez y dejar todos los platos en su punto.

Las sartenes y cazuelas cuelgan estratégicamente sobre mi cabeza. Están enganchadas con orden y pulcritud en la gran campana extractora que preside los hornillos.. Soy delgado, casi transparente, pero me sobran fuerzas para desplazar las ollas repletas de un lado para otro y cumplir con mi cometido sin necesitar ayuda alguna. A pesar de mi delgadez y aparente fragilidad nunca he pedido colaboración para realizar ninguna de mis tareas.

Como ya he dicho antes, estoy contento, aunque tengo la piel muy estropeada. Aún no he cumplido cuarenta años, pero desde que trabajo en el "Gloria", el viento, el agua salada y el sol se han encargado de envejecerme prematuramente; aunque no me importa demasiado, así no desentono con el resto de mis compañeros. Es increíble el morbo que me dan esas caras arrugadas, con tantos pliegues unidos a esos cuerpos tan musculosos y en ocasiones tan jóvenes. Es el caso de Venancio, por poner un ejemplo. Tiene treinta años y la cara de un cincuentón, pero sin embargo posee un desnudo maravilloso. Tiene los brazos separados del cuerpo por culpa de una espalda en la que se puede uno echar buenas siestas. También es dueño de un pecho precioso, levantado, que cuando lo miras, parece una gran sonrisa anunciada desde el tórax. Sus piernas son dos masas sólidas y velludas a las que asirse en caso de hundimiento y si a todo esto le añadimos sus ojos negros como el abismo y la cabeza rapada, comprenderán que por mucho que el capitán me avise, no pude evitar ponerle cerco a Venancio. Yo sabía que por las noches a Venancio le gustaba correr por la cubierta y a los quince días de zarpar, supuse que su furor genital y su deseo deberían ponerme las cosas fáciles. Eran las 11 de la noche. Había terminado de recoger las mesas y fregado todos los platos. Me quité el delantal y me puse la cazadora dispuesto a fumarme varios cigarros y tomar un poco el aire. Cuando salí por la puerta, me dirigí a mi camarote a quitarme el pantalón de faena. Unos vaqueros con un par de vistosos rotos en los bolsillos traseros y sin calzoncillos son una buena indumentaria cuando el campo de batalla es hostil y la acción tiene que ser estratégicamente discreta. Con este espíritu guerrero subí a cubierta y me puse a pasear en dirección a proa. Después volví a popa y luego de nuevo a proa. Así, seis veces. He de decir que de un lado a otro se tardan cinco minutos andando tranquilamente, con lo cual llevaba media hora caminando, sin que Venancio apareciese con su chándal gris y su gorra de lana calada hasta las cejas, pero de pronto, lo vi a lo lejos.

La noche le acompañaba. Una luna como un queso brillaba sobre él e iluminaba su carrera. Parecía un ángel, desplazándose con gracia, y como tengo buena vista pude apreciar que él tampoco llevaba ropa interior. El bamboleo que distinguí en su entrepierna, aparte de darme pistas sobre las dimensiones de mi futura alegría, me hizo sonreír de oreja a oreja. Me pareció oír música de violines a mi alrededor y, como he visto en más de una película, me pareció que Venancio venía hacia mí como ralentizado y a cámara lenta. Cuando le tuve cerca me puse en medio de su camino para obligarle a parar su carrera. Él se detuvo, y en su expresión se dibujaron la sorpresa y el desconcierto.

Venancio me dijo que no con la cabeza. Después, muy al tuntún le pregunté:

Venancio me dijo que sí con la cabeza. Noté que era hombre de pocas palabras, así que decidí jugármela. A mí ese chico me turbaba el sentido y lo único que podía pasar es que me mandase a la mierda o, como mucho, que me diese una hostia.

Igual que los cabestros, se puso delante de mí a cinco metros y comencé a seguirle con la cabeza llena de interrogantes. En cubierta abrió la puerta de la cámara donde el pescado aún está fresco, y se lava con chorros de agua a presión antes de ser congelado. Bajó las escaleras iluminado únicamente por los dos pilotos rojos que quedan encendidos por las noches en todas las estancias. Yo cerré la puerta detrás de mí y bajé siguiendo sus pasos. El olor del pescado era muy intenso, atravesaba mi nariz con rapidez y se instalaba con fuerza. Venancio me señaló una silla que había bajo la escalera y me dijo "siéntate". En la semioscuridad no pude distinguir bien sus rasgos. Me senté en la silla quedando mi cara a la altura de su cintura y mi corazón empezó a latir a ritmo de salsa en pleno carnaval. Venancio bajó su chándal hasta las rodillas y pude comprobar que en efecto no llevaba calzoncillos. El pedazo de polla que esgrimía ante mí era como para recordarlo el resto de mis días. Puede parecer exagerado, y siempre creemos que los atracones que nos damos son pantagruélicos, pero en el caso de Venancio no hay adjetivos superlativos posibles. Aquel trozo de carne ancho y largo era sólo para mí. El festín podía dar comienzo. Me agarré a su culo, duro y peludo, con energía y abrí la boca cuanto pude, haciendo un diámetro difícil de dibujar con un simple compás escolar. Me hundí hasta dentro y sentí un topetazo en la nuca que me frenó. Sentí rabia por tener tan pocas tragaderas, sobre todo en ocasiones así, en las que aún queda parte del miembro fuera de mi boca. Venancio me cogió con fuerza de la cara y sus manos callosas me arañaron el rostro al tiempo que empujó hacia sí con unos brío s que me hicieron pensar en asistencia médica.

Igual que las parturientas, intenté controlar la respiración. La nariz era fundamental en esos momentos, si no quería morir asfixiado, pero el concentrado olor a merluza no ayudaba demasiado. Como no estaba dispuesto a que se corriera así, de forma tan sosa, puse las manos en su estómago y aparte de palpar sus músculos abdominales, que parecían una pequeña pared de ladrillos, conseguí empujarle con suavidad y que frenara.

Nos vimos en más ocasiones hasta que la cosa dejó de tener gracia, pues para un buen cocinero la variedad del menú en travesías largas es vital Después vinieron Evaristo, Lucas y Aurelio (estos dos últimos juntitos y a la vez). Que nadie se escandalice, es normal. Estos marineros son muy hombres pero necesitan calor humano, y yo siempre estoy dispuesto a darles mi ánimo y apoyo. Como dije al principio, soy feliz. Imagino que no le extrañará a nadie, ¿verdad?

Lope