WC:
del water al closet
Hace
ya bastantes años, cuando se inauguró la flamante renovación de la estación de
Atocha, me encaminé hacia ella no para admirar el jardín tropical, ni el fálico
diseño de los AVE, sino para ver qué tal andaba el tradicional ligue en los
váteres. Sorprendentemente, no había ninguna señal que indicara el
emplazamiento de los servicios públicos. Tras varios paseos por la estación,
conseguí dar con el lugar, que estaba ubicado en un sitio casi imposible de
encontrar: en un entresuelo sombrío, en medio de un tramo de escaleras
mecánicas, y solo accesible tras pagar el billete para los trenes de cercanías.
Vamos, que hasta un avezado explorador como yo estuve a punto de abandonar. A
pesar de lo escondido del lugar, con el tiempo los maricas conseguimos
encontrarlo y pudimos continuar con los juegos que se dan en los váteres de
todas las estaciones del mundo.
En
todo caso, aquello me pareció un mal presagio, una arquitectura represora para
disuadir a los maricas de lo que desde siempre ha sido un espacio público de
ligue y de relación. Años después, en vista de que el acoso de los guardias
jurados no era suficiente para erradicarnos de aquellos váteres, construyeron
unos muros exagerados entre los urinarios, de casi dos metros de altura. Aquello
nos desmoralizó bastante, pero meses después ya habíamos desarrollado nuevas
estrategias, colocándonos descaradamente a un metro de distancia del urinario
para conseguir salvar ese otro "muro de la (des)vergüenza".
Es
sólo un ejemplo, pero hay muchos más, un silencioso despliegue de estrategias
sobre los espacios: detenciones en los váteres de las estaciones de Barcelona y
Valencia, policías ligando como gancho en los váteres de Burgos (el KGLB,
Kolectivo de gays y lesbianas de Burgos intervino con el grito de guerra
"que la Secreta no vigile tu bragueta"), cierre de Parque del Retiro
por las noches, controles en la Casa de Campo, batidas en las playas, clausura
de numerosos váteres públicos...
Lo
más preocupante no es la aplicación de esta micropolítica represiva, sino el
silencio con que la comunidad gay la está aceptando. La llegada de los barrios
gays (Chueca, el Gaixample) ha traido muchos espacios interesantes para ligar y
relacionarse, pero pagando. Y paralelamente, asistimos al desmantelamiento de
numerosos espacios públicos gratuitos. En estos tiempos de crítica contra el
integrismo, los países occidentales estamos sufriendo otro tipo de integrismo
mucho más discreto, pero no menos efectivo: la privatización del cuerpo y del
espacio. La ciudad ha tenido siempre espacios azarosos, no marcados, nómadas,
secretos, abiertos, era un espacio liso (Deleuze). Este proceso de
privatización cierra los espacios y determina dónde van a poder relacionarse
los cuerpos, se produce un espacio estriado, con fronteras que definene un
adentro y un afuera: ahora tenemos que ligar en los bares gays, en las
discotecas, en las saunas, en los cuartos oscuros, en kddas de prepago, en las
sex-shops, es decir, en locales privados. Y con el proceso nuestro propio cuerpo
se privatiza, no porque compremos cuerpos, sino porque compramos espacios,
pagamos para poner nuestro cuerpo a circular en el mercado de la carne.
La
ciudad es también un espacio de resistencia. Como las viejas guerrillas, los
gays deberíamos saber que los escondites que se desvelan, se pierden
irreversiblemente, se queman, ya no se recuperan. Estamos renunciando sin
rechistar a espacios que hemos okupado durante décadas para disfrutar
gratuitamente entre nosotros: muelles, playas, parques, váteres, paseos,
aparcamientos. Incluso en tiempos de represión política, como en el franquismo
o en la dictadura argentina, esos espacios han sido lugares de resistencia,
donde las maricas hemos sobrevivido con códigos clandestinos y móviles (ver el
extraordinairo libro "Fiestas, baños y exilios; los gays porteños en la
última dictadura", de Flavio Rapisardi y Alejandro Modarelli, Editorial
Sudamericana, 2001).
La
okupación de los espacios es siempre algo político. Convertir un váter en un
espacio de ligue marica es un acto de cambio social, y una subversión de las
formas de relacionarse. No necesitamos una plataforma política para encauzar
nuestras reivindicaciones, muchas acciones y prácticas de los maricas son
políticas en sí misma. La plataforma del zapato de un travesti es más política
que la plataforma Izquierda Unida. Los maricas ya fuimos expulsados del tiempo.
No dejemos que nos expulsen también del espacio.
Javier
Sáez
www.hartza.com