Inmersión lingüística

 

3 de agosto. Leitza, un pequeño pueblo de Navarra. Doscientos estudiantes de euskera nos arremolinábamos ante el edificio de piedra, bajo un sol aplastante. Barnetegi “Beti Alai”. “Siempre alegre”. Y qué más. Quién coño me mandaba a mí estudiar euskera a estas alturas de mi vida, qué pinto aquí, en una aldea perdida, con tres camisetas y un libro de Atxaga en la mochila. Miré a mis compañeros, la mayoría chicos, muy jóvenes para mi gusto. Encima seguro que son una panda de homófobos, tres semanas aquí encerrado, y con este calor. Me fui al bar del pueblo para olvidar. En la barra estaba apoyado un hombretón barbudo, gordo, con pinta de reparador de calderas (o de levantador de piedras, el deporte local), con el pelo del pecho asomando por la camisa desabrochada, agarrado a una cerveza y hablando con el camarero con un vozarrón de borracho que me acabó de seducir. De pronto el pueblo me pareció la Concha de San Sebastián, y el hombre, el mar Cantábrico. Me acerqué a la barra y pedí una cerveza. Le miré discretamente. Le volví a mirar. Ni caso. Segunda cerveza. Nada. Tercera. Miradas más descaradas. Nada. Cuarta cerveza. Síntomas de embriaguez, miradas algo bizcas, sonrisas, sin resultado. El hombretón salió del bar y desapareció de mi vista. Me pasé al pacharán, ahora tenía que olvidar además que en el pueblo vivía un monumento semejante. Volví por la noche al internado, ni siquiera había visto mi habitación. Habitaciones dobles, seguro que me toca uno que ronca. En efecto, ya desde el pasillo se oían unos ronquidos descomunales. Abrí la puerta con cuidado para no despertar al roncolari. Por la ventana entraba un poco de luz de una farola lejana, la justa para poder ver en qué cama dormía mi compañero. Me acerqué a la otra cama y encendí la luz de la mesilla. Miré la cama de al lado y vi un cuerpo boca arriba, el ancho torso desnudo, la sábana doblada por debajo de una barriga sudorosa y peluda, el bulto enorme bajo la sábana, la boca rugiendo abierta en medio de la barba negra, la misma manaza que agarraba horas antes la botella en el bar. Era él. Pensé que era un castigo de los dioses. Que había bebido demasiado. Que era una broma. Que yo ahora mismo me voy de aquí. Que yo no aguanto con este macizo al lado tres semanas. Me quedé un rato mirándole, mirando esa hermosura basta y rotunda. Finalmente, cogí una toalla y me fui a las duchas. Mañana mismo me cambio de habitación. Me metí en la primera ducha, eran todas iguales, tabiques laterales sin cortinas ni puertas. Di el agua fría, y cerré los ojos, deseando que el chorro se llevara por el desagüe la borrachera, el sudor, el calentón, el hombre de la habitación, el pueblo, el verano. Al poco rato sentí una mano sobre mi hombro, una mano pesada y áspera que me echó hacia atrás y me apretó contra un cuerpo grande, caliente y blando. Me giré y vi los ojos devorándome, la sonrisa, los labios cada vez más cerca, el beso largo, la lengua gorda y húmeda que escarbaba entre mis dientes, jugando con mi lengua, buscando el final del pozo, mientras el agua convertía nuestro vello enredado en una alfombra negra y chorreante.

 

Aquel verano conocí a fondo la dulce lengua de los vascos.

 

Javier Sáez

 

 

Javier Sáez es coordinador de la revista www.hartza.com y coautor del libro Terminología Científico-Social (Editorial Anthropos).

Este cuento ha sido publicado en la revista ZERO, en el número de agosto de 2001. Lo ponemos aquí para disfrute de osos y alrededores.