Valores familiares

Dos padres diferentes: ninguno de nosotros nació varón.

 

Patrick Califia-Rice

Junio 21-27, 2000

 

Nuestras mañanas transcurren según una rutina invariable que reconocería cualquier padre que tuviera un bebé con necesidades especiales.  Nos levantamos tambaleándonos, mal dormidos y nerviosos.  Nuestro hijo de ocho meses tiene reflujo y durmió una noche entera sólo una vez desde que nació.  Por lo general se despierta cada dos o tres horas, asustado y con dolor.  Nos convertimos en expertos en consolar al niño inconsolable.  Mientras Matt le da comida y medicamentos, yo desayuno y trato de evaluar cuánto me va a afectar hoy la fibromialgia que padezco.  De alguna manera coordinamos cómo ducharnos, vestirnos y preparar a Blake para su cuota diaria de guardería.  Matt sale con el bebé en brazos y también yo me voy a trabajar, ya sea en mi consultorio o en la oficina que tengo en casa.

 

Desde que nació el bebé, son escasos y preciosos los momentos en que Matt y yo podemos estar a solas.  Las ocasiones en que puede irrumpir el deseo son todavía más raras.  Nos movemos con una extraña timidez  durante esos intervalos exclusivos para adultos, como si ser padres nos hubiera convertido en desconocidos.  La casa está pegajosa.  Las pilas de ropa limpia que no tenemos tiempo de guardar se acumulan y se mezclan con la ropa sucia.  Sin embargo, seguimos siendo afectuosos y amables, tanto entre nosotros como con BlakeMatt, sobre todo, es un monumento a la paciencia.  A menudo me asombra el profundo amor que siente por nuestro hijo.

 

Matt y yo hacemos algo que la mayor parte de la gente da por descontado.  Somos dos personas enamoradas que viven juntas y crían un chico.  Pensamos pasar el resto de la vida juntos.  Pero nuestra familia no es como otras, por lo que siempre tenemos miedo de que alguna persona malintencionada o institución poderosa nos ataque y nos destroce la vida.  Eso se debe a que ambos somos hombres transgénero (de mujer a varón, o MaV), y mi novio es la madre de mi hijo.

 

Así fue como pasó.  Conocí a Matt hace diez años, cuando era una de las “matonas bolleras de botas altas de ACT-UP Chicago”, como se describía Matt entonces.  Eso fue antes de su transición.  Yo estaba en lo que se suponía era una relación abierta, pero mi pareja no pudo tolerar la amenaza de mi tórrida aventura, de modo que rompí con Matt.  Volvimos a encontrarnos hace tres años.  Matt llevaba varios años administrándose testosterona, se había operado el pecho, tenía barba y trabajaba en el Lone Star, el famoso bar de osos de San Francisco.  Yo hacía más de un año que estaba solo y tenía ante mí la perspectiva de la próxima muerte de mi madre como consecuencia de un cáncer de mama.

 

Perseguí a Matt abiertamente, alternando sinceras y humildes disculpas por mi mal comportamiento en el pasado con e-mails de alto voltaje.  Probablemente no merecía una segunda oportunidad, pero me la dio de todos modos.  Nuestra relación era un escándalo.  Por lo general se nos percibía como una pareja de marica/bollera en lugar de como dos hombres gay/bi en una relación daddy/boy, que era lo que nosotros nos considerábamos.  Cuando tuve que viajar a Utah para cuidar a mi madre, a la que le quedaba un mes de vida, Matt blanqueó la situación en ocasión del funeral y de inmediato lo despidieron de su empleo en el bar.  Fue entonces cuando empecé a hablar con Matt de la posibilidad de que también yo hiciera una transición.

 

Tenía los primeros síntomas de la menopausia y no concebía la idea de incorporar estrógeno a mi organismo deliberadamente.  Durante mi infancia, con frecuencia le decía a la gente que cuando fuera grande iba a ser varón.

 

La pubertad me hizo sentir una incomodidad todavía mayor con mi identidad y cuerpo femeninos.  A los veintitantos años investigué sobre la reasignación de sexo,  pero me desalentó la falta de calidad de la cirugía genital y el aislamiento me producía terror.  No sabía con certeza si podría separar los efectos de la misoginia de la disforia de género, de modo que traté de ser un tipo diferente de mujer, una bollera una intensa vida sexual, que se cagaba en los géneros y tenía todas las prerrogativas de los varones.  Pero no fue suficiente.

 

A los 45 años, me aterraba cambiar de género.  Temía que significara que ya no podría ganarme la vida, dado que mis ingresos dependían de ser una periodista y terapeuta lesbiana.  Pero no sabía qué más intentar, y la disonancia cognitiva me había agotado.  Matt empezó a hablar de su deseo de tener un hijo.  Había tenido que abandonar la testosterona dos años antes debido a efectos colaterales como fuertes migrañas.  No creía que pudiera adoptar un chico, de modo que quería tener uno.

 

Yo siempre había pensado que en mi vida no había lugar para un chico.  Cuando murió mi madre, sin embargo, me di cuenta de que también había temido su desaprobación.  Mi madre era una mormona derechista y nunca aceptó que yo fuera queer, por lo que habría movido cielo y tierra para impedirme criar a un chico.  Me parecía que ser padre era parte del camino espiritual de Matt.  Presenciar la muerte de mi madre me había abierto el corazón.  Necesitaba participar en la creación de una nueva vida.

 

No queríamos hacer nada que pudiera perjudicar al bebé, de modo que buscamos el mejor asesoramiento médico que pudimos.  Consultamos a much*s médic*s, tod*s l*s cuales nos dijeron que lo queríamos hacer era poco común, pero posible en términos biológicos.  Empezamos a evaluar a nuestros amigos con testículos para el  papel de donante de semen.  Resultó ser toda una telenovela.  Tipos que no lo pensaban dos veces antes de tirar su semen a diario en pañuelos de papel o en el piso de un boliche, se pusieron muy puntillosos con nosotros respecto de sus sacrosantos fluidos corporales.  La misma escena se desarrollaba una y otra vez.  El tipo al que le habíamos pedido que fuera donante decía:  “No quiero ser padre.  No quiero tener esa responsabilidad.”  Le contestábamos:  “Está bien  No queremos que te ocupes.  Por otra parte, vamos a usar muchos donantes para que nadie sepa con certeza qué gametos se impusieron.”  Entonces el tipo se horrorizaba y decía:  “¿Pero cómo puedo saber si el bebé es mío?”

 

Afortunadamente, encontramos tres hombres que nos querían a nosotros pero que no querían a l*s niñ*s.  Un año y medio después, aquí estamos, con un hijo que grita encantado al ver al gato, parte Cheerios por la mitad con los dientes y luego deja que se le caigan de la boca en medio de una catarata de baba, y abre los armarios de la cocina para apoderarse de las cacerolas más grandes y aporrearlas con una cuchara sucia.  Nuestras familias de nacimiento y vecin*s heterosexuales son muy dulces con nosotros.  Las únicas personas que se molestaron fueron algunos MaVs homofóbicos que se identifican como heterosexuales, que empezaron a llamar a Matt por su nombre de chica porque los hombres de verdad no quedan embarazados.  Uno de esos fanáticos recalcitrantes llegó a decir que para nuestro bebé sería mejor nacer muerto que crecer con dos personas que están “confundidas respecto de su género.”

 

Nuestra gran familia de elección, formada por hombres gay, lesbianas, personas bisexuales, gente transgénero y aliad*s heterosexuales, nos protege de ese tipo de hostilidad.  Por otra parte, cada vez son más los MaVs que tienen o quieren tener hij*s.  Como padres de Blake, creamos un entorno que nos ayuda a criarlo.

 

Empecé a administrarme testosterona un par de meses antes de nacer Blake.  Mientras él aprende a agarrar cosas, a mover la lengua, a sostener su mamadera y a caminar mientras alguien le sostiene las manos, yo experimento mi propia metamorfosis.  Tengo las caderas más chicas, la masa muscular aumenta, y me parece que cada día tengo más vello en la cara y en el cuerpo.  Tengo la voz más grave, y mi impulso sexual me dio una flamante empatía con los tipos que pagan para que se las chupen.  Cuando pienso que puedo continuar con este proceso –operarme el pecho y pasar como hombre- me siento más feliz que en cualquier otro momento de mi vida.  Y me deprimo mucho cuando pienso que algo puede detenerme.

 

La mayor parte de mis amig*s maricas y bolleras dan muestras de entusiasmo ante mi cambio, y hasta ahora nadie clausuró mi consultorio ni dejaron de encargarme artículos.  No confundo la pequeña isla de aceptación de la que gozamos en la ultraliberal San Francisco con tolerancia o libertad verdaderas.  La configuración de nuestra familia probablemente dé lugar a controversia incluso entre lesbianas y gays, sobre todo aquéll*s que consideran que la asimilación es la mejor estrategia para asegurar nuestros derechos civiles.  Sin embargo, hay  algun*s activistas queer que están dispuest*s a vivir en una sociedad verdaderamente diversa, libre de la tiranía del género y de la proscripción de placeres.  Entre ell*s, por lo menos, tenemos un lugar en la mesa.  Y lo ocupamos.

 

Patrick Califia-Rice es autor (bajo el nombre de Pat Califia) de varios libros de pornografía y teoría queer.  Entre sus últimos trabajos se encuentra Sex Changes: The Politics of Transgenderism.

                 

Traducción de Joaquín Ibarburu.

Publicado en “The Queer Issue”, sección de The Village Voice, junio del 2000.

http://www.thevillagevoice.com