DE UNA CIERTA CADENCIA EN DECONSTRUCCIÓN (I)

 

 

A todos los amigos y amigas que encontré en Buenos Aires en unas Jornadas Internacionales por amor a Derrida

 

 

Síntoma: “Cuando escribo ‘lo que me interesa’, no sólo designo un objeto de interés, sino el lugar en medio del cual estoy, y precisamente ese lugar que no puedo desbordar o que me parece proporcionar hasta el movimiento para ir más allá de él o fuera de él”[1].

 

Hace tal vez demasiado tiempo que barrunto una cierta cadencia en la deconstrucción de Derrida y que, hasta hace muy poco no me he atrevido a abordar, a perseguir, a interrogar, a localizar, incluso a interpretar[2]. Sé que dicha cadencia quizás sea más mía que de Derrida, o puede ser que sea mía porque se la he tomado prestada sin darme cuenta, que él me haya arrastrado en su cadencia, como sin duda alguna ha ocurrido, y ahora quiera yo, a mi vez, escandalizar a quien me hizo caer a mí primero y, de paso, a algunos cuantos deconstructivistas escasamente proclives a que nadie venga a hablar de sus síntomas, atribuyéndoselos a Derrida, con no se sabe muy bien qué oscuros fines. Por si fuera poco, además creo que esta cadencia sintomática no es algo sobrevenido en deconstrucción, como si afectara con posterioridad a un pensamiento ya constituido. Hay una cierta cadencia en deconstrucción desde el comienzo, desde los primeros escritos de Derrida, que siempre me ha seducido y ha llamado poderosamente mi atención. Aunque es cierto que, sólo mucho tiempo después, tras la lectura de una intervención de Derrida en un seminario celebrado en Montreal en 1997, y que se ha convertido en fetiche para mí, he podido o no he tenido más remedio que releer, incluso resignificar, “toda su obra” après-coup sobrecogido por un término, el “síntoma”, que aparece fugazmente en dicha intervención, a raíz de un discurso acerca de la posibilidad de decir el acontecimiento. Un discurso que mientras lo vamos siguiendo nos suena a conocido ya, a cosas sabidas, leídas con anterioridad una y mil veces: lo inanticipable del acontecimiento que interrumpe cualquier horizonte de espera, la lógica de la visitación y de la invitación, la hospitalidad, la inadecuación del decir constativo o performativo para hacerse cargo del acontecimiento, etc. Pero, de pronto, súbitamente, en respuesta a una pregunta de la sala sobre el título del seminario que los congregaba y su enunciado en infinitivo: Dire l’événement (Decir el acontecimiento), Derrida se deja caer con algo absolutamente novedoso en relación a lo que hasta entonces había dicho acerca de la posibilidad imposible de decir el acontecimiento; abre de modo insólito, sorprendente, inesperado el abanico retórico al que nos tenía acostumbrado cuando se trataba de hablar del acontecimiento; sería muy fácil añadir por mi parte que hace gala de un decir performativo, pues lo que viene a decir, al menos para mí, supone todo un acontecimiento en deconstrucción, sus palabras caen repentinamente, ellas mismas acontecen, nos caen encima, nos tumban, hacen síntoma al enunciar el término “síntoma” en este contexto y de este modo. Una verdadera precipitación, hasta dieciocho veces repite el término síntoma o algún otro término derivado (sintomatología, sintomatológico, sintomático) en un chaparrón de apenas cincuenta líneas que nos coge por completo desprevenidos. He aquí el texto, que cito extensamente, para volver sobre él más adelante:

 

"Pero esta impersonalidad del infinitivo [decir el acontecimiento] me ha dado que pensar, en particular, que allí donde nadie está presente, ningún sujeto de enunciación para decir el acontecimiento según los diferentes modos que he evocado, hay un decir que ya no está en posición ni de constatación, ni de teoría, ni de descripción, ni bajo la forma de una producción performativa, sino bajo el modo del síntoma. Propongo la palabra síntoma como otro término, más allá del decir verdadero o de la performatividad que produce el acontecimiento. [...] Más allá de todas las verificaciones, de todos los discursos de verdad o de saber, el síntoma es una significación del acontecimiento que nadie controla, que ninguna conciencia, que ningún sujeto consciente puede apropiarse o controlar. Ni bajo la forma de la constatación teórica o judicativa, ni bajo la forma de la producción performativa. Hay síntoma [...] Más allá de la significación que cada uno de nosotros puede leer ahí, incluso enunciar, hay síntoma. Incluso el efecto de verdad o la búsqueda de la verdad es del orden del síntoma. Acerca de estos síntomas puede haber análisis. [...]

Más allá de todo esto, hay sintomatología: significación que ningún teorema puede agotar. Pondría en relación esta noción de síntoma, que querría sustraer a su código clínico o psicoanalítico, con lo que acabo de decir de la verticalidad. Un síntoma es lo que cae. Lo que nos cae encima. Lo que nos cae encima verticalmente es lo que hace síntoma. Hay, en todo acontecimiento, secreto y sintomatología. Creo que Deleuze habla también de síntoma al respecto. El discurso que se ajusta a este valor de acaecimiento del que hablamos es siempre un discurso sintomático o sintomatológico, que debe ser un discurso sobre lo único, sobre el caso, sobre la excepción [...] El acontecimiento debe ser excepcional y esta singularidad de la excepción sin regla no puede dar lugar más que a síntomas"[3].

 

            Desconozco qué impresión puede recibir el lector al leer esta cita, que siempre puede acabar como un "resto que simplemente se puede no leer"[4]. A mí me hizo temblar, porque me tropecé fortuitamente con ella, todo lo fortuitamente que un scholar puede tropezarse con una cita, justamente cuando trataba de esclarecer las contigüidades del discurso deconstructivo y el psicoanalítico; por eso produjo en mí esta visita el mayor estremecimiento, como si yo, desde entonces, siempre hubiera estado, siempre habré estado, después, invitando a Derrida a decir aquello. Desconozco qué reacción hubo en el seminario de Montreal. Tampoco estoy al tanto de lo que los deconstructivistas más avezados puedan pensar al ver a Derrida inaugurando, tal vez, un término en deconstrucción que hasta entonces había utilizado de pasada, aquí y allí, pero echando mano de su significado corriente, el que todos entendemos normalmente, sin detenerse demasiado en él ni concederle mayor relevancia terminológica para sus propósitos. No estamos ante un hapax. Ni mucho menos. Pero considero que en el contexto de esta cita, la insistencia machaconamente repetitiva que hace del término síntoma, el lugar estratégico que se le concede como "decir", "significación", "discurso que se ajusta al valor" del acontecimiento hacen de este pasaje un caso excepcional, no sé si hasta el punto de que este artículo deba inclinarse por "un discurso sintomático o sintomatológico, que debe ser un discurso sobre lo único, sobre el caso, sobre la excepción". Un artículo-síntoma por hacerse cargo de la excepción, de "lo único en cuanto que es sustituible, la singularidad en cuanto que es repetible"[5] que constituye esta cita.

 

Quizás, peut-être. Sólo que al decir quizás seguimos entrampados, como al principio, proporcionándonos el síntoma el movimiento mismo para ir más allá de él o salir fuera de él, porque: "esta categoría del 'quizás', peut-être, entre posible e imposible, pertenece a la misma configuración que la del síntoma o la del secreto"[6]. Síntoma, quizás, secreto, lo posible-imposible...: Derrida deja caer juntas todas estas palabras, en una misma cadencia que las metonimiza, las pone unas al lado de otras, contaminándolas. Es esta operación diseminante que se esboza aquí del lado del síntoma la que me va a ocupar, siguiendo el rastro de esta cadencia sintomática por algunos, muchos, textos derridianos con el múltiple propósito de esclarecer, perfilar, configurar, hasta inventar lo que pueda significar la noción de "síntoma" en Derrida en este texto y más allá de él, ya que, como él mismo dice, no la emplea según la acepción del "código clínico o psicoanalítico"[7]. Hasta llegar a las escasas pautas que se sugieren en este texto, no hay con anterioridad una sistematización, una paleonimia, un trabajo del término "síntoma", aunque haya un uso del síntoma en su acepción más vulgar y cotidiana, freudiana las más de las veces, al lado de algunas otras ocasiones donde sí se hace hincapié sobre todo en su etimología de lo que "cae", "tombe". Más allá del rastreo del término "síntoma" en sus apariciones más significativas, lo que, salvo excepciones, carece de interés por no ser un término al que Derrida le haya dado importancia ni revestido de peculiaridad alguna, aquello que guiará mi discurso es la cadencia o la sintomaticidad de la escritura derridiana, cómo desde muy temprano se hallan sus textos impregnados de esta clínica, del clinamen, del skándalon, de toda una retórica que es mucho más que una retórica ­­-es un decir del acontecimiento, del resto-, de todo lo que, en Glas por ejemplo, cae, tombe, de la chance y el pas de chance del síntoma; una retórica que tiene que ver, o que yo quiero poner al lado del enorme esfuerzo de desafío de la mímesis y del decir trópico que Derrida llevó a cabo en la Mitología blanca, en La retirada de la metáfora, en La diseminación; ¿qué tienen que ver metáfora y síntoma, mímesis y síntoma... en cuanto decir del acontecimiento? En fin, lo que trataré de esbozar será una lectura sintomática o sintomatológica, espero que no constatativa ni performativa, de algunos textos de Derrida, como una invitación a pensarlos desde el "síntoma en deconstrucción", tarea compleja, que no puede sacar fuerzas más que de sí misma, obstaculizarse a sí misma, pues sólo en la relectura de dichos textos se logrará tal vez inventar après-coup la noción de síntoma a la que Derrida apunta sin explayarse más, nunca, sobre ella, inventar lo que Derrida ha querido apreciar en el síntoma, en su escritura sintomática, en la escritura como síntoma: repetición, compulsión, iterabilidad, azar, clinamen, intraducibilidad, resto, caso, acontecimiento, singularidad, disyunción, secreto, double bind, verticalidad, imprevisibilidad, indecidibilidad, injerto, costura[8], citabilidad, Unheimlichkeit, ex-apropiación, estrictura, indeconstructible...

 

El síntoma como retirada de la metáfora 

 

Escándalo. Que nos hace tropezar y caer. Nada más empezar. Derrida es un especialista en escándalos. Un acróbata (skandálistês) que desafía la caída agarrado a su trapecio, otra acepción de escándalo. Casi me atrevería a decir que no entiendo la deconstrucción sin el escándalo, sin aquello que (la) derriba y (la) hace caer a cada paso interrumpiendo su marcha, su continua cadencia. Hay cierta recurrencia del término escándalo y de cierta retórica de la trampa, de la caída, del tropiezo en la escritura derridiana sin la cual (no) se tendría de pie, o al menos daría lugar a otra deconstrucción muy diferente. Hay textos por completo impregnados de este andar pesaroso, a trompicones que hacen muy característico uno de los estilos de Derrida, cuando mete el estilo, la palanca, el bastón, el subyectil, el palo entre las ruedas del discurso de "las" metafísicas, deudoras de unas metafóricas que no cesa en hacer trastabillar, interrumpiendo su pherein, precipitándolo: "El subjectil, lugar de la traición, se parece siempre a un dispositivo de aborto, da lugar a un desvío que ante todo deforma por precipitación, que hace caer, tumbar también, la cabeza en primer lugar ('skándalon') [el francés dice 'achoppement', que traduzco aquí por skándalon]. Caída prematura, lapsus, prolapsus, expresión, excremento, neonato suplantado, deformado y desviado, desde entonces loco de nacimiento, loco de deseo por renacer"[9]. La deconstrucción sólo (se) escribe sobre un subjectil "à même la peu", en la piel misma -como el síntoma- tramposo, que (se) pone la zancadilla a cada paso, dando lugar a un discurso lapsario, por supuesto, sintomático. Hay siempre algo que interrumpe, corta, tumba, precipita, arruina, desvía, hace fracasar, amenaza: "El entrometerse de un subjectil [...] he ahí quizás lo que importa"[10]. El entrometerse de la ruina, de la ceniza, del resto, del desvío postal, de la promesa susceptible de traición, de lo intraducible, de la errancia, de lo indeconstructible quizás: no hay deconstrucción sin algo que se (le) entromete siempre y (le) impide la marcha, (la) obstaculiza, al modo de la más singular resistencia en deconstrucción. Seguramente debería expresarlo de otro modo, pero si hay una retórica del escándalo en deconstrucción y se puede hablar de ella y desde ella, es hasta cierto punto excusable decirlo así. Si, de nuevo hablando audazmente, hay algo que se entromete en deconstrucción, que (se le) resiste, es justamente el skándalon y todo el campo semántico que lo acompaña referente a la verticalidad, a la caída, al lapso, a la precipitación, a la chance, al clinamen, al excremento, al resto-tumba, al síntoma en definitiva.

 

Lignées es un escrito peculiar de Derrida, una colección de fragmentos, aforismos al pie de una serie de dibujos a tinta china de Micaëla Henich. Ésta entregó dichos dibujos a cinco autores, doscientos a cada uno, para que escribieran sobre ellos, quedando los tres últimos sin comentar. En el fragmento número 912 encontramos esta mención explícita del skándalon: "El 'skándalon' que siempre es de piedra y hace siempre referencia a la caída, si no a la caída de piedras, y esto no es más que una larga narración petroglífica, una serie ininterrumpida de historias interrumpidas-, sabed que no se reduce a la singularidad de algún crimen disimulado, a alguna sustitución de nombre, a alguna mentira, disimulación o perjurio inconfesable. El escándalo es que toda posible culpa y toda confesión puede alojarse en estas casillas, la vuestra, la suya, la mía, la de ellos. Ella ha instalado una máquina de proyección y de protección (parábola y paracaídas) hacia la que uno se proyecta necesariamente cayendo en ella, para caer en ella, como en una trampa, para precipitarnos"[11]. El escándalo no es reductible a la contingencia de un accidente evitable, algo que puede sobrevenir o no, un mal exterior, como quiso hacer el logofonocentrismo con la escritura, es una posibilidad necesaria que se aloja en todo decurso, en todo trayecto. No es un crimen, una mentira, un perjurio, una traición puntual, es la ruina, el mal de archivo, el desvío que afecta a cualquier envío. Ya, desde siempre. Cuando ça se déconstruit, hay que hacerle caso, caer en la cuenta. El último fragmento de esta serie lo dice de manera peculiar: "K [en francés "K" es indistinguible de "cas", caso]: literalmente todo aquello de lo que es el caso (caída, síntoma, clínica, cadencia, échéance, ritmo, casuística) y la casilla [case] (ley, nombre, casa, familia, linaje, generación, sepultura, caja fuerte, sello, laberinto o juego de la oca). Pirámide, tumba de reyes, acantilado, verticalidad, rostro de lo desconocido esculpido en la piedra"[12]. Lo que hago tal vez no sea más que rastrear este caso, este cas, esta "K" en deconstrucción, como ocurre también con cierto "gl", "cl" en Glas, ejemplo donde los haya de lo que yo entiendo por una escritura o por una deconstrucción sintomática. En Glas, como en Lignées, asistimos a una escritura que juega escandalosamente con el síntoma como estrategia, dejando caer uno al lado de los otros, juntamente, sin "tener nada que ver" textos, columnas, mirillas, autores, citas o dibujos a tinta que llevan un pie de escritura firmado por Derrida: "'Nada que ver' significa aquí que entre lo que escribo y lo que ella escribe, entre lo que digo y lo que vosotros veis, no hay nada que ver"[13]. Escribir juntando lo que no tiene nada que ver, pero, sin embargo, hace síntoma, algo pasa, algo ocurre, algo tiene lugar, acontece: "aKec", como podría escribir precipitadamente en un MSN un adolescente en deconstrucción, le cas échéant.

 

Escándalo de la metáfora. Después de muchos rodeos dejo caer abruptamente y sin tapujos una pregunta, o una afirmación, ingenua, desnuda, indefensa, la retiro ya antes de decirla, y por ello tanto más malévola: el síntoma es la retirada de la metáfora, la retirada de la metáfora (no) deja lugar (más que) al síntoma. [Hay ahí clínica, algo que subyace a todo cuanto digo aunque sólo lo declare entre corchetes: un juego de lo real y el semblante imaginario-simbólico, la (im)posibilidad de pensar en deconstrucción un discurso, sobre lo real del acontecimiento, que no fuera del semblante, una cadencia de lo real también, etc.]. Hago ya la tirada de dados completa, dejo que caigan todos sin reservar ninguno en el cubilete: ¿hay una retirada de la metáfora en la escritura de Derrida?, ¿qué fue de la metáfora en deconstrucción desde La retirada de la metáfora de 1978?, ¿(por qué no) hay una metafórica del acontecimiento?, ¿acaso la metáfora, incluso en re-tirada, en su re-trazarse no puede apuntar siquiera al acontecimiento?, ¿podemos decir que hay una caída de lo metafórico, un acaecer de lo metafórico en la retórica derridiana: la metáfora-tombe, la metáfora se re-tira, la metáfora se re-traza, la metáfora re-tombe ?, ¿y que su lugar -si es que la retirada de la metáfora deja un lugar o impide todo tener lugar, toda trópica-, lo viene a ocupar el síntoma?, ¿acaso lo que se retira es una trópica metafórica horizontal que cae, re-tombe, se inclina, se vence en favor de una cierta verticalidad sintomática?, ¿puede una metáfora hacerse cargo de la irreductible cadencia de una tirada de dados?, ¿hasta dónde es posible "forcener el subjectil" de la metáfora, llevar al límite "el alcance (portée) de un soporte"[14] metafórico sin permanecer encerrados en el linaje de la ferencia, del portar, del Tragen?, ¿le haremos decir a Derrida que lo que nunca tiene lugar, sin perderlo, sin destruirlo, sin reducirlo, sin anularlo es la ferencia de un acontecimiento?, ¿y que acaso la cadencia del arribante sea preferible a su ferencia?, ¿sintomatizar el acontecimiento antes que soportarlo?, ¿metáfora del síntoma o síntoma de la metáfora? Todas estas cuestiones son demasiado brutales y no pueden ser respondidas simplemente con un sí o un no. Ni lo pretenden tampoco. Sencillamente me ha parecido el modo más económico, más sincero, de exponer la inquietud, la sospecha que me asaltó releyendo La retirada de la metáfora, porque cuando, al leer, algo empieza a rondarnos la cabeza, hasta tomar cuerpo y caernos de repente como una losa, no lo hace de forma prudente, cortés, bien formulado en los términos más precisos y menos ofensivos, sino que nos bombardea violentamente, sin esperar a la reflexión, a medio camino entre la idea genial y la chorrada. En todo caso seré culpable de haber confundido una chorrada de las muchas que se nos vienen a la cabeza, que jamás deberían aparecer en un artículo, con una idea interesante, sugerente.

 

No sé hasta qué punto una sospecha debe permanecer como sospecha, ni si pretendo fundar mi sospecha, si parto de una sospecha infundada para demostrar que no lo era tanto siguiendo una estrategia cronológica de desvelamiento, de fundar una verdad que en un principio sólo fue sospecha. Como si la sospecha fuera menos que la verdad, una verdad a medias, una verdad impotente, una verdad en ciernes, una verdad desprovista de rigor, una verdad poco esclarecida, una verdad joven. Sin embargo, hace falta recorrer este camino, para dejar tranquilos a quienes siempre creerán que la suspicacia no es más que una verdad mutilada interesadamente. Fundar la sospecha y permanecer en ella, sin descansar en una verdad al final del trayecto de indagación. Una sospecha no cancelada por la verdad, ajena al continuo veritativo. Recuerda en cierto modo a la imagen clásica de la metáfora y su relación con el concepto, que no logra cancelarla, suprimirla, hacerla superflua. Quiero exponer aquí una sospecha y someterla a una usura que no logre convertirla en verdad, aun si se muestra como fundada. Sospechar: mirar desde abajo, desconfiadamente; pero sin despecho, no despectivamente: mirar desde arriba; y sin perder el respeto: mirar hacia atrás. Sospechar por respeto, volviendo la cabeza a cada poco, para velar por aquello que miramos desde abajo, porque la mirada que respeta lo hace oblicuamente, hay una declinación de la mirada que rompe su horizontalidad, se deja caer para mirar desde abajo. No hay respeto en la altivez del despecho. ¿Acaso es posible el respeto sin la sospecha que nos fuerza a girarnos para mirar hacia atrás como una forma de cuidado, de cariño, de vigilia? Una sospecha que mantiene vivo el respeto, una cierta forma de respeto, contaminándolo de amorosa desconfianza -a quien mira desde  abajo la lengua de quien está despectivamente arriba le atribuye la desconfianza. Topología de valores, tropología de la mirada, trópica del respeto: te respeto y por eso miro hacia atrás, porque sospecho, aunque ello me deje petrificado y ése sea mi salario por torcer doblemente la mirada... hacia atrás, hacia abajo.

 

            ¿Adónde nos conduce la metáfora? O, mejor, lo que pueda interesar más es adónde no nos conduce este transporte, su re-tirada, que tal vez debamos contemplarla como otra forma más de respeto y erigir en el lugar de esta retirada un trofeo con sus despojos, para conmemorar la retirada de la metáfora, su volver la espalda en la derrota.  Hasta el trofeo (trópaion) que monumentaliza la retirada de la metáfora vencida es un tropo más. Pírrica victoria. No obstante, es de lo que se trata aquí y, yo lo creo, es también algo de lo que se ocupa Derrida: de una cierta cadencia en deconstrucción que viene a interrumpir una cierta ferencia -tal vez podríamos decir una cierta interferencia en deconstrucción-. Interrumpirla, hacerla tropezar, tumbarla, caerla, escandalizarla. Una cadencia que tumba y una ferencia que interfiere. ¿Cómo traducir cadencia por ferencia?, ¿cómo metaforizar, interferir la cadencia?, ¿y viceversa?, ¿o más bien se trata de poner fin a este juego?, ¿se reduce todo al esfuerzo por traducir phero por pípto, ferencia por cadencia, metáfora por síntoma, horizonte por verticalidad[15]? A lo mejor pasa algo imprevisible en esta traducción, como en cualquier traducción, y cae un resto del que no podamos hablar pero será lo único que nos habrá interesado. Puede incluso que asistamos a una intraducibilidad que suponga una interrupción, un corte, una detención, una parálisis: que la cadencia corte-el-circuito trópico de la traducción metafórica. Porque la cadencia sea capaz de interferir, interceptar el circuito postal, el tropo, el (dia)pherein, el ductus y acabar con su fiesta, suspenderla, dejarla colgada, no dejarla llegar a destino. Aunque quizá, por ir matizando y perfilando un poco lo grosero de esta sospecha, debería mejor decir que en deconstrucción, a mi juicio, está en juego un "insoportable double bind sintomático" entre esa cierta ferencia y esa cierta cadencia que vengo apuntando: "Este double bind (dejemos esta palabra en inglés, ya que nombra el vínculo, es decir la llamada al analysis, lo que no hace la expresión 'double contrainte', 'doble coacción' con la que se traduce a veces) ¿no es la cuestión del análisis mismo? No es que sea preciso asumir el double bind. Por definición un double bind no se asume, no se puede sufrirlo sino en la pasión. Por otra parte, un double bind no se analiza nunca íntegramente: no se puede deshacer uno de sus nudos más que tirando del otro para apretarlo aún más en ese movimiento que he llamado la estrictura"[16].

 

            En cualquier caso, no se trata de elegir entre síntoma y metáfora. La decisión está en (el) entredicho, el discurso deconstructivo sería este entredicho, se podría situarlo, ponerlo en (este) entredicho, de donde surgiría su imposible tarea hospitalaria para decir el acontecimiento. El acontecimiento pone en entredicho a la deconstrucción, entre su ferencia y su cadencia, es su condición de (im)posibilidad. Yo quiero ver, además, un leve clinamen, una sutil inclinación en esta estrictura en entredicho del lado de la cadencia. Pero esto es sólo lo que yo creo o quiero ver, forzado quizá por la lectura de la cita del comienzo donde el síntoma aparecía como el único discurso apto para portar el acontecimiento, mejor dicho, o dicho no en la familia de phero sino en la del síntoma: competente, propicio para dirigirse al acontecimiento. Aquí la etimología silvestre, única de la que me siento capaz, nos da una sorpresa inesperada. Síntoma viene del griego sin-pípto, caer juntamente. Y, a su vez, pípto (grado cero y alargamiento: *pto-) procede de la raíz indoeuropea pet-: precipitarse, volar. De esta misma raíz procede el verbo latino peto: dirigirse a, pedir algo; del que se obtiene, añadiéndole el prefijo "re", nada menos que repetición[17]. Con lo que nuestra sospecha adquiriría nuevos e insólitos vuelos a partir de este hallazgo fortuito, esta coincidencia o este escándalo que nos aguardaba en el camino. Re-pet-ición sería heredera de una cierta cadencia, albergaría un precipitarse, una caída, estaría emparentada directamente con el síntoma: pet-, peto, pípto, repetición, síntoma. Estableciéndose una filopolemología entre repetición-síntoma y diferencia-metáfora. Tal vez debería detenerme aquí. No tengo mucho más que decir. Ésta es mi hipótesis, que se me ha anticipado precipitadamente, aunque quería guardarla como explosivo y efectista cierre de este artículo. Las cosas nunca ocurren como uno quiere y el discurso recae casualmente según la ocasión, venga o no al caso. Al menos ya sabemos todo lo que está en juego respecto de una metafórica o una sintomatología del acontecimiento: diferencia y repetición, y sus respectivas retóricas familiares, disputándose el decir del acontecimiento como ferencia o cadencia. Y con ello, dos estilos en deconstrucción, al menos dos, dos escrituras en Derrida, la escritura de la différance, metafórica, y la escritura de la repetición, sintomática: ¿diferir o repetir el acontecimiento? ¿Acaso es posible, tiene sentido hablar así, analíticamente, de una estrictura, del double bind entre diferencia y repetición y de la imposible posibilidad de esta ficticia disputa para decir el acontecimiento? Peut-être: "El síntoma, el 'peut-être', lo posible-imposible, lo único en cuanto es sustituible, la singularidad en cuanto repetible, todo ello parecen contradicciones no dialectizables; la dificultad estriba en ajustar un discurso que no sea simplemente impresionista o sin rigor a estructuras que constituyen otros tantos desafíos para la lógica clásica. ¿He respondido a su pregunta? 'peut-être'"[18].

 

             La retirada de la metáfora comienza preguntándose: "¿Qué pasa hoy día con la metáfora? ¿Y qué es lo que pasa por alto a la metáfora? Es un viejo tema [...] Metaphora circula en la ciudad, nos transporta como a sus habitantes [...] De una cierta forma -metafórica, claro está, y como un modo de habitar- somos el contenido y la materialidad de ese vehículo: pasajeros comprendidos y desplazados por metáfora"[19]. Derrida mide bien el alcance de la metáfora y no lo subestima en absoluto, antes bien, parece que la metáfora lo abarca todo y que nada queda fuera de ella: "¿Qué pasa con la metáfora? Pues bien, todo, no hay nada que no pase con la metáfora y por metáfora. Cualquier enunciado acerca de lo que sea que pase, incluida la metáfora, se habrá producido no sin metáfora [...] ¿Y que pasa por alto a la metáfora? Nada, por consiguiente"[20]. Si cualquier enunciado acerca de lo que pase se produce no sin metáfora, al menos esto es lo que Derrida decía en 1978, ¿qué pasa con el acontecimiento? ¿Es posible decir el acontecimiento, lo que pasa, no sin metáfora?, ¿el decir del acontecimiento pasa por alto a la metáfora?, ¿dicho en román paladino, es posible (es preciso) pasar olímpicamente de la metáfora para decir el acontecimiento?, ¿el síntoma pasa de la metáfora? Ésta es la cuestión. A la que no voy a responder nunca directamente con un sí o con un no. Tan sólo me limitaré a una exposición tendenciosa de ciertos textos derridianos, precipitaré una cita tras otra y que cada cual entienda y oiga lo que quiera. La enjundia del asunto es tal que Derrida trae a colación una cita de Heidegger que ilustra el callejón sin salida al que nos conduce la metáfora: "Das Metaphorische gibt es nur innerhalb der Metaphysik", señalando el privilegio que siempre se le ha dado a este tropo, Heidegger incluido, en la deconstrucción del decir metafísico. Como si terminar con la metáfora (con todos los conceptos y metáforas de metáfora), proceder a una retirada de la metáfora (que no dejara tras de sí ningún resto metafórico en su re-trazarse) supusiera haber dado un paso fuera de la metafísica (de todas las metafísicas), haber puesto un pie en el margen de la filosofía. Lo que sí es evidente es que la viscosidad de esta trópica que invade todo discurso se halla contaminada por motivos que la deconstrucción siempre ha tenido como blancos desde el inicio: la oposición entre sentido propio y figurado, entre sensible e inteligible, el valor económico, la usura, el desgaste y la plusvalía de la metafóra, la referencia continua al campo de la visión, de la luz, del esclarecimiento, del ojo, etc. Dichos motivos encuentran una extrema complicidad en el discurso heideggeriano acerca del acontecimiento como Ereignis, pero Derrida no puede quedarse ahí, en una metafórica del Ereignis que no cesa de denunciar y que no comparte en absoluto. "Lo que viene como acontecimiento: ¿cuál es el lugar, el tener lugar, el acontecimiento metafórico o el acontecimiento de lo metafórico?, ¿qué es lo que ocurre, qué pasa, hoy en día con la metáfora?"[21]. Événement métaphorique, acontecimiento metafórico: ¿qué hacemos con esta cita de Derrida?, ¿cómo leerla?, ¿y cómo leerla a la luz de esta otra cita, dicha veinte años más tarde?: "El discurso que se ajusta a este valor de acaecimiento del que hablamos es siempre un discurso sintomático o sintomatológico, que debe ser un discurso sobre lo único, sobre el caso, sobre la excepción". Tal vez la metáfora se lleva mal con lo único, con el caso, con la excepción. Les cae mal. La metáfora no le cae, ni bien ni mal, al acontecimiento.

 

            Derrida no emplea la catastrófica expresión "retirada de la metáfora"  más que en el contexto de la lectura heideggeriana (de la epoché, del velamiento) que está llevando a cabo. Extraer esta expresión de su contexto y pasearla aquí y allá conlleva sus riesgos. No hay, hablando con algo de rigor, una retirada de la metáfora en Derrida, más allá del nombre de un artículo suyo, del nombre propio de una intervención deconstructiva en un texto heideggeriano. La retirada de la metáfora es un caso singular en deconstrucción. No generalizable, al menos sin tomar muchas precauciones. Yo nunca hablaría de una retirada de la metáfora en Derrida, ni le pondría este nombre a un artículo firmado por mí. El nombre que he decidido ponerle a este escrito ya lo sabemos: "De una cierta cadencia en deconstrucción". Y eso es lo único que me interesa por el momento: señalar que si Derrida quiere poner a prueba la invención terminológica que supone el término retrait como "el más propio para captar la mayor cantidad de energía y de información en el texto heideggeriano"[22], yo, por mi parte, y siguiendo su estela, quiero poner a prueba la cadencia como cabeza lectora de algunos textos deconstructivos y, tal vez, poner también a prueba una cadencia metafórica, en vez de una retirada de la metáfora, en dichos textos. Esto es, un intento de no recaer en un decir trópico que se correspondiera con una retirada del ser, con una metáfora del ser o con una metáfora del acontecimiento: hablar de metáfora del acontecimiento supondría entender un acontecimiento en retirada, en epoché, velado. El campo semántico, uno de ellos, que emplea Derrida, en buena parte de sus escritos, para evitar estos atolladeros heideggerianos de una "generalización abismal de lo metafórico" en su retrazarse, su repliegue, su retorno, es el de la venida, la invención, el arribante, el por-venir: événement, à-venir, arrivant, revenant, viens[23], etc. El decir del acontecimiento, si no quiere aterrizar violentamente en una retirada de la metáfora al estilo heideggeriano, en un decir trópico, ni en un decir propio o literal, ha de recurrir a estrategias discursivas, no sólo semánticas sino sintácticas, que permitan inventar otro decir, el decir del otro, cómo decir al otro. Esquivando asimismo el escollo de un decir metafórico en retirada que sólo cabe comprender desde la diferencia ontológica, porque la retirada sólo cabe pensarla en el espacio, o el espaciamiento, de la diferencia, siendo la metáfora un decir diferencial (¿que acaso vendría a ser interrumpido, entorpecido, zancadilleado por un decir repetitivo, compulsivo, sintomático?).

 

            "En razón de esta invaginación quiasmática de los bordes, y si la palabra retirada no funciona aquí ni literalmente ni por metáfora, yo no sé lo que quiero decir antes de haber pensado, por así decirlo, la retirada del ser como retirada de la metáfora"[24]. Del mismo modo, he de confesar que yo tampoco sé lo que quiero decir cuando se me ocurrió, sin pensarlo, el título de este epígrafe: "El síntoma como retirada de la metáfora". Sobre todo, porque desconocía, desconozco, cuál pueda ser el significado y el valor de la palabra "síntoma" en Derrida, apenas alcanzo tampoco a comprender la retirada de la metáfora, con lo cual más que explicar algo desconocido por algo que no lo fuera tanto, no he hecho más que poner en relación dos oscuridades. Y encima he empleado ilícitamente un "como" para establecer esta relación, inclinándome del lado de la analogía, justamente aquello que el síntoma viene a poner en cuestión, ya que en el caer juntamente del síntoma no se da analogía ni mímesis, no cabe un como, ni un comino, en la estrechez de esta contiguidad que no es ni proximidad ni vecindad[25]. El síntoma no establece un conocimiento por familiaridad, un desvío metafórico por lo más conocido hacia lo menos conocido, tal vez ni siquiera es un medio de re-conocimiento, no pone en juego ningún saber: quizás también por ello le haya resultado interesante a Derrida en alguna ocasión para decir el acontecimiento desde la repetición, más allá de la analogía, del como, de todo decir mimético-metafórico. Si pensar la diferencia ontológica, pensar incluso la différance, implica el riesgo de catástrofe metafórica que explicita Derrida, quizás pensar la repetición nos precipite hacia una sintomatología por venir que tendremos que irnos inventando, cuyo paracaídas tal vez sea la différance como desvío, rodeo, amortización, amortiguación, diferición, retraso de un ça tombe, de un symptom(b)e, de una heKtombe[26] innegociable que no admite ninguna demora, retardo ni aplazamiento.

 

Destinar al azar

 

            Detengamos por un momento esta caída, deceleremos nuestra precipitación si ello es posible. Y debe ser posible en deconstrucción, si una deconstrucción es posible, si hay una chance en deconstrucción: Mes chances es el título de una conferencia de Derrida de 1982 enteramente consagrada a esta cadencia en deconstrucción, a una cierta sintomatología deconstructiva. Entre Epicuro y Freud, como no podía ser menos, ante un foro mayoritario de psiquiatras y psicoanalistas que auspiciaban el evento. Tendremos que retomar algo que dejamos en suspenso, a saber, qué podía querer decir Derrida respecto de la noción de "síntoma, que querría sustraer a su código clínico o psicoanalítico". Pero no será nuestra tarea más importante ni la más urgente. En este texto Derrida se explaya sobre el síntoma, sobre la caída, el caso, el envío, el klinamen, el lapsus, el Zufall, el azar, la aleatoriedad, lo incalculable. No sé si es un texto que ha caído en el olvido, desde luego no es de los más citados. En la medida de mis posibilidades me gustaría "relanzar" este texto, incidir en su klinamen, invertirlo si ello fuera posible: "Uno relanza cuando sabe jugar con lo que cae, tumba, para hacerlo partir de nuevo hacia lo alto, diferir su caída y, en sus altos y bajos, cruzar la incidencia de otros cuerpos: arte de la coincidencia y simulacros de átomos, arte del malabarista"[27]. Decir el acontecimiento, hacerse cargo del acontecimiento: arte de la coincidencia, arte del malabarista, arte de la deconstrucción que sabe "jugar con lo que cae (jouer avec ce qui tombe), para hacerlo partir de nuevo hacia lo alto, diferir su caída (différer sa chute)". Creo que tal vez éste sea un momento crucial en el decurso tendencioso de mi exposición, una tirada en la que nos jugamos todo y que atañe a la posibilidad misma de "jugar con lo que cae": ¿es posible jugar con lo que cae?, ¿es posible relanzarlo de nuevo hacia arriba?, ¿es posible diferir su caída? La deconstrucción, las deconstrucciones, la de Derrida y otras que vayan surgiendo, si surgen, habrán de dar respuesta a estas preguntas, inclinarse hacia un lado u otro y, de este modo, diferenciarse. Yo no sabría decir con certeza, sin temor a equivocarme, cuál sería la posición de Derrida al respecto, cuál sería su grado de inclinación. Me pierdo entre sus textos, inabarcables, arriesgados a veces, extremadamente prudentes otras, escandalosos siempre. Lo que sí tengo muy claro es que al menos voy avanzando algo en mi lectura, tropezándome con muy buena suerte, cada paso que doy es un pas de chance, un paso (des)afortunado y un paso no aleatorio.

 

Me conformo con haber dado a leer, haber puesto juntos Une certaine possibilité impossible de dire l'événement y Mes chances. Y esperar que pasen cosas, que se crucen, ver cómo se caen, cómo se llevan, cómo se derriban, cómo se desfondan, cómo pierden pie, cómo se tumban, cómo se levantan. Ahí hay síntoma. Ésta es mi apuesta, mi chance, mi klinamen. Al cabo, decir el acontecimiento se reduce a la posibilidad imposible de diferir su caída, a la responsabilidad de (no) diferir su caída. Si Derrida ha rechazado todo decir constatativo, performativo, interpretativo, teórico, hermenéutico, descriptivo, metafórico, todo saber y todo pensar que anticipen o prevean el acontecimiento: ¿no estaría inclinándose por una imposibilidad de diferir su caída?, ¿no sería la hospitalidad incondicional este no diferir la caída del acontecimiento?, ¿nos está Derrida deslizando por la resbalosa pendiente de una interrupción de la différance?, ¿un acontecimiento en caída libre, sin différance [jouissance, goce del acontecimiento]?, ¿acaso la différance es incapaz de diferir la caída?, ¿es impensable un espaciamiento y una temporización de la caída?, ¿todo está sometido al imperio de la différance, menos la caída del acontecimiento que sorprende incluso, debe sorprender a la différance para ser un acontecimiento, imprevisible, inanticipable, indiferible? Peut-être. Pero, si desde una cierta dogmática fundamental deconstructiva, siempre prudente, siempre con una respuesta a punto, esto no nos agrada en exceso ni nos parece en absoluto derridiano: una lucha cósmica entre la différance y el acontecimiento, podremos descender un nivel, recurrir a la hospitalidad condicional y negociar una apaciguadora diferición de la caída del acontecimiento. Sólo que con ello, habremos perdido definitivamente el acontecimiento, al diferirlo, al someterlo a la condicionalidad de una hospitalidad equiparable a un decir performativo, constatativo, teórico, hermenéutico que Derrida ya desechara como discurso capaz de ajustarse a lo que cae, al caso, a lo singular. Se trueca la tensión y la inquietud del pensamiento, aunque sea extraviado, por una tranquilizadora respuesta. Aquí hay que apostar, exponerse y pensar un poquito este síntoma: ¿cómo conciliar la différance y el acontecimiento?, ¿diferir la caída o tropiezo de la différance? Double bind: la différance difiere la caída - la caída interrumpe la différance. Hay otro modo de plantear las cosas menos tajante que me reservo para después, pero que sigue conteniendo la hipótesis derridiana de un más allá del principio de la différance, sólo que nacido de las propias entrañas de la différance -no sobrevenido con la brutalidad de un acontecimiento que cae desde muy alto-, sin perder por ello la virtualidad de provocar en la différance una cierta paralyse.

 

            Empecé queriendo ralentizar la gravedad de mi caída y no he hecho más que acelerarla. Lo intentaré de nuevo mediante una lectura pausada de Mes chances. Si hay una escritura sintomática en Derrida, este texto es buen ejemplo de ello, aunque tal vez no sea el mejor, desde luego no es el único. Su carácter sintomático no sólo estriba en el tema del que trata, las chances de Derrida, sus oportunidades, sus caídas en suerte -chance resulta intraducible sin perder la referencia a la caída-, sino en la retórica misma del artículo que juega en cada frase con un término emparentado etimológicamente o semánticamente con la caída:

"Como ustedes saben, las palabras 'chance' y 'cas' [oportunidad y caso], descienden, por así decirlo, según la misma filiación latina, de cadere, que resuena aún, para indicar el sentido de la caída en 'cadence', 'choir', 'échoir', 'échéance', en el 'accidente' también, y en el 'incidente'. Pero es también el caso, fuera de la misma familia lingüística, del Zufall o de la Zufälligkeit que en alemán significa el azar, de zufallen (échoir, tocar, corresponder), de zufällig, lo accidental, lo fortuito, lo contingente, lo ocasional -y la palabra ocasión pertenece a la misma descendencia latina. Fall es el caso; Einfall, una idea que viene de pronto a la mente, de forma aparentemente imprevisible. Ahora bien, yo diría que lo imprevisible es presisamente el caso: lo que cae (tombe) no lo vemos de antemano. Lo que nos cae encima (nous tombe dessus), al venir de más alto que nosotros, como el destino o el rayo, sorprendiendo nuestro rostro y nuestras manos, ¿no es justamente lo que burla nuestra anticipación? La anticipación (anticipare, ante-capere) prende y comprende de antemano, nunca se deja sorprender, no hay oportunidad para ella (il n'y a pas de chance pour elle)"[28].

 

[Antes hablábamos de la posibilidad de diferir la caída. Ahora Derrida vuelve a sorprendernos con que lo que nos cae encima burla toda anticipación, si es que anticipar es una forma de diferir una eventual caída, ¿podemos entender que lo que cae burla toda diferición, que el acontecimiento burla a la différance? No hay oportunidad para la anticipación, la anticipación no tiene suerte, como tampoco la diferición de lo que nos cae encima: ¿supone el acontecimiento un pas de chance para la différance?]

 

            Hay que estar atentos al malabarismo de Derrida que, expresamente, no fortuitamente, pone en juego en este artículo todas las expresiones imaginables dentro de este registro de la cadencia, del azar, de la chance[29]. No sólo lo que dice sino cómo lo dice, porque tal vez sólo pueda decirlo así, siguiendo una cadencia, una tendencia, una pendiente cuando justamente está hablando de la caída y del klinamen en deconstrucción. Éste es un estilo más, otro estilo, de la deconstrucción. Un estilo que deja caer cosas juntamente unas al lado de otras, que se precipita con la incierta esperanza de que tenga lugar un encuentro azaroso, un cita imprevista. Una deconstrucción que cuenta con "la suerte (chance), un poco como en la pesca o en la caza"[30], escribiendo las palabras como quien tira los dados al azar, "en la penumbra de una cierta indeterminación"[31]: algo pasará, seguro que algo pasará. Sólo me conformo con llamar la atención sobre este estilo de escritura que aparece en Derrida de cuando en cuando, en muchos textos, y que yo considero tal vez su estilo más inventivo, un estilo motivado por la invención del otro, un estilo sintomático que confía sin seguridad en propiciar la ocasión de un encuentro aleatorio, de un acontecimiento, hablando su mismo lenguaje, el de la caída, escritura sintomática para un acontecimiento que cae. Escritura sintomática, escritura del acontecimiento: no una escritura que difiera el acontecimiento, sino que caiga juntamente con él, se deje caer con él, se deje tumbar por él. Una escritura que no dice nada, que no constata nada, que sólo cae. Una escritura que no es un saber, que no es teoría, sino una tirada de dados, escribir es arrojar, dejar caer, lanzar, precipitar, sintomatizar sin que ello suponga, de ser posible, una mímesis del acontecimiento o una escritura performativa que lo provocara. Esto (también) es deconstruir: ça se déconstruit, ça tombe. Derrida señala esta potencialidad del lenguaje y, de nuevo, nos confronta con nuestro double bind relativo a la diferición del acontecimiento: "Estos efectos de azar parecen a la vez producidos, multiplicados y limitados por la lengua. Pero la lengua no es más que uno de esos sistemas de marcas que tienen, todos, como propiedad esta extraña tendencia: acrecentar simultáneamente las reservas de indeterminación aleatoria y los poderes de codificación o sobrecodificación, dicho de otro modo, de control y de autorregulación. Esta concurrencia entre la aleatoriedad y el código perturba la sistematicidad misma del sistema cuyo juego regula dentro de su inestabilidad"[32]. Asistimos aquí a una especie de maldición de la lengua, de cualquier sistema de marcas, para poder hacerse cargo del caso, de lo fortuito, del azar. Por una parte desarrollan un poder inmenso de indeterminación, un juego incontrolable que escapa a todo dominio; por otra parte, a la vez, ponen en marcha una fuerza igualmente poderosa de codificación, diríamos de estriaje, de reterritorialización, manteniendo al lenguaje en una inestabilidad permanente. ¿No es éste el juego de la différance?, ¿que genera lo radicalmente otro, lo absolutamente novedoso, lo diferente al tiempo que nos protege de ello mediante interminables rodeos, desvíos?, ¿los desvíos de la différance: la chance de la alteridad radical que ella misma engendra pero que simultáneamente difiere, como protegiendo(se) de una alteridad, de un acontecimiento al que da lugar aplazándolo sine die? Porque hay desvío se posibilita el acontecimiento, hay acontecimiento. Pero dicho desvío difiere el acontecimiento. A la inversa, no acabo de decidirme entre el huevo y la gallina, se podría decir que sólo porque hay acontecimiento, caída, hay desvío, iterabilidad.

 

La différance se salva, o nos salva, de aquello mismo que ha engendrado, del acontecimiento [Si no es el acontecimiento quien la ha engendrado a ella]. Ésta es la otra formulación que prometí de nuestro peculiar atolladero. Tal vez a algunos les resulte más tranquilizadora y puedan seguir manteniendo así un cierto monismo en deconstrucción, el "monismo de la différance". A mí me pasa como a Freud, cuestión de talante, que me suelo inclinar más por un cierto dualismo, que no aboca necesesariamente a una oposición metafísica: différance y acontecimiento, contaminados, indecidibles. Aquí también nos estamos jugando muchas cosas y hay que pronunciarse o proponer otras alternativas distintas a las mías, menos tramposas o igualmente tramposas, igualmente especulativas, pero diferentes. Yo me creo las dos y sostengo las dos a la vez: ventaja de ser perverso. Lo que no me gusta de eso que he llamado monismo de la différance es la amortización que conlleva del acontecimiento desde su mismo surgir, o caer. De acuerdo, hay un klinamen, una cadencia en la différance (que no puede digerir, de lo que no puede hacer duelo, alojada en ella como un alien, heterogéneo quizás a su diferir) que permite, es la condición de posibilidad de todo acontecer, de lo radicalmente otro. ¿Pero no estamos con-fundiendo el desvío como klinamen, como cadencia y el desvío como diferición o retardo?, ¿no son radicalmente distintos?, ¿o se contaminan? Vuelta a lo mismo: ¿cómo conciliar la cadencia y la ferencia?, ¿o son inconciliables y heterogéneas e irreductibles entre sí?, ¿ferencia de la différance por un lado y cadencia del acontecimiento por otro?, ¿cadencia de la différance: como decía Freud que cojear no es pecado?, ¿incluso si hacemos habitar la cadencia dentro de la différance, no será como en un duelo -duelo para interiorizar al otro y duelo a muerte con el otro- imposible? Yo creo que hasta Derrida pasa sutilmente de un lado a otro de esta alternativa según en qué escritos, inclinándose acá o allá, del lado del acontecimiento intratable, inanticipable, impredecible, indiferible (¿de la justicia y del porvenir?) o del lado de la différance, de la hospitalidad condicional, de la negociación y demás retórica de la que no soy muy amigo (¿del derecho, las leyes, etc?). No sé si pensar que este double bind entre différance y acontecimiento, entre ferencia y cadencia es una de las aporías más "genuinas" o más fructíferas de la deconstrucción, su aporía "constitutiva"[33], hasta diré indeconstructible sólo por diversión, porque sé que muchos no me van a entender y que seguramente lo harán mal, que no comprenden este vocablo ni lo han estudiado y se agarrarán a él sin saber nada de su alcance, sólo porque les suena bien eso de lo indeconstructible. Toda detención tranquiliza, interrumpe el vértigo. Sólo que justamente lo indeconstructible en una interrupción que no detiene, relanza, es lo que provoca todo vértigo, lo que inclina a la caída. Un vértigo del acontecimiento distinto del vértigo de la différance interminable. Por otro lado, cuando he propuesto esta fórmula: "la différance nos salva o se salva del acontecimiento que ella misma engendra", y que amenaza con destruirla, añado, hay que conciliarlo con la insistencia de Derrida en la ruina, en la ceniza, en la destrucción eventual sin resto, en el mal radical del archivo, casi un axioma en deconstrucción. Diferir el acontecimiento, vale. Pero sin excluir nunca la posibilidad de lo imposible, esto es, de una "escritura pirotécnica", una diferición cenicienta, un acontecimiento incinerante, un holocausto indiferible: el acontecimiento-ceniza de la différance, la différance reducida a cenizas, feu la différance, a menos que sea inmortal: "Y ahora cabe esperar que el otro de los dos 'poderes celestiales', el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace?"[34].

 

            No consigo avanzar más que a trompicones, y tanta caída ya provoca una demora excesiva. También la caída difiere el encuentro. Con tanto caerse no necesariamente se está más cerca del acontecimiento, sino en la inmovilidad más estéril, sin llegar a ninguna parte, sin que tenga lugar encuentro alguno. "Contamos con lo que destina al azar y reduce al mismo tiempo el azar. En francés incluso, la expresión 'destinar al azar' (destiner au hasard) puede tener dos sintaxis y, por tanto, dos sentidos [...] Esto depende, como suele decirse, del contexto, pero un contexto nunca está lo suficientemente determinado como para prohibir todo desvío aleatorio. Para hablar como Epicuro o Lucrecio, una oportunidad (chance) está siempre ahí abierta para un parenklisis o para un klinamen. 'Destinar al azar' quiere decir 'confiar', 'abandonar', 'entregar', de forma decidida, al azar mismo. Pero esto puede querer decir también destinar algo sin querer, de forma azarosa, at random. En el primer caso, se destina al azar sin azar; en el segundo, no se destina al azar, sino que el azar interviene y desvía la destinación"[35]. Destinar al azar es parte del trabajo de la différance, llevando a cabo simultáneamente los dos sentidos. Este Derrida es muy reconocible: un Derrida coherente, transmisible, sosegado, fácil de aprender y hasta tranquilizador para la universidad. Según yo lo veo no es el único Derrida, para ello habría que saturar el contexto de la deconstrucción y no permitir desvío aleatorio alguno: pas de chance para esta estrategia de lectura. Hay muchos Derridas, casi uno o varios en cada texto, con muchos estilos y que destinan al azar según el caso, caso por caso. Y sus lectores podemos permitirnos incluso el lujo de elegir, elegir uno o unos cuantos. El único lujo que creo imposible para un lector es elegirlos todos, todos los Derrida no caben en un lector, sólo cabían en Derrida. Nadie, cuando lee, es capaz de elegir a todos los Derrida a la vez, aunque para sus adentros pueda creerse que lo hace como si eso supusiera la mayor fidelidad: y reconstituir espuriamente, casi metafísicamente, un solo Derrida, el que los engloba a todos, a todos sus escritos, a todos sus estilos. No sé por qué estoy haciendo ahora pedagogía deconstructiva para jóvenes herederos y scholars de nuevo cuño. Supongo que intento justificarme y cubrirme un poco las espaldas con las lecturas y las elecciones que he hecho aquí. En nombre de Derrida. Aunque no (del) todo. No (del) todo Derrida. ¿Pero es que acaso hay otro, un Derrida (del) todo?

 

            He aquí otro Derrida, poniendo en práctica una escritura sintomática, destinando al azar de una forma muy peculiar, enseñando este otro estilo en deconstrucción: "Lanzaré dos preguntas. Imaginen que estas dos preguntas lanzadas lo hayan sido de una sola tirada de dos dados. Con posterioridad (après-coup), una vez que hayan caído, intentaremos ver, si resta algo por ver, cuál es la suma de ambas: dicho de otro modo, lo que significa su constelación. Y si podemos leer ahí lo que me cae en suerte (mes chances), o lo que les cae a ustedes"[36]. Esto es lo que yo entiendo por una estrategia sintomática y que Derrida pone en práctica de continuo. Sencillamente se limita a tirar dos o más dados, palabras, ideas, textos, autores, deja que caigan, y luego intenta leer lo que allí ha pasado llevando a cabo una peculiar sintomatología del caso, de este haber caído juntamente, de esta metonimia, de esta contigüidad. ¿No es ésta la estrategia deconstructiva que observamos, por ejemplo, en Glas, en Tympan, en La double séance, en Signéponge, etc? Desde luego, este prodecer tiene muy poco de metafórico, de analógico, de mimético. Casi se diría que es una estrategia para evitar nada que se le parezca. La cita no deja de ser irónica pues sabe que está proponiendo algo que se parece mucho a una práctica adivinatoria, a echar las cartas y cosas por el estilo. No hay que escandalizarse por ello. Derrida no deja en este texto nada al azar. Para empezar, señalando su sorpresa por que el azar siempre se haya dejado consignar mediante un movimiento vertical de caída: "por qué este movimiento de arriba abajo? Cuando se habla de chance, ¿por qué las palabras y los conceptos imponen de entrada esta significación, esta dirección, este sentido, este movimiento hacia abajo, se trate de yección o de caída? ¿Por qué este sentido y esta dirección tienen una relación privilegiada con el sin-sentido o la insignificancia que se asocia frecuentemente con el azar? ¿Qué tendría que hacer el movimiento de descenso con la chance o con el azar? ¿Qué tendría que ver con ellos?"[37]. Nada que ver. Tal vez la asociación del azar con la caída, con el síntoma, justamente no tiene nada ver. A no ser que intentemos darle una explicación analógica de sentido, que veamos en ello una metáfora, en lugar de preferir dejarlo en suspenso:

 

"Contentémonos por el momento con subrayar esta ley o esta coincidencia que asocia extrañamente el azar o la chance con el movimiento hacia abajo, la yección finita (que debe, por tanto, acabar por caer (retomber)), la caída, el incidente, el accidente o justamente la coincidencia. Intentar pensar el azar sería en primer lugar interesarse por la experiencia (subrayo esta palabra) de lo que llega imprevisiblemente. Y algunos se inclinarían a pensar  que la imprevisibilidad condiciona la estructura misma del acontecimiento. Un acontecimiento anticipable y, por tanto, aprehensible o comprensible, un acontecimiento sin encuentro absoluto, ¿acaso es un acontecimiento en el pleno sentido del término? Algunos se inclinarían a decir que un acontecimiento digno de este nombre no se anuncia. No se debe verlo venir. Si se anticipa lo que viene y que, desde entonces se recorta en un horizonte, en horizontal, no hay acontecimiento puro. Se dirá: no hay horizonte para el acontecimiento o para el encuentro, sólo imprevisión y en vertical. La alteridad del otro, que no se reduce a la economía de nuestro horizonte, nos viene siempre de más alto, es lo muy alto"[38].

 

            Derrida está pensando aquí el acontecimiento del lado del síntoma, no un acontecimiento metafórico, sino el caer, el acaecer del acontecimiento. Señalando la coincidencia, incluso dando un paso atrás ante ella, tan sólo la subraya, deja constancia de su extrañeza, sin interrogar más lo que hay en la caída del acontecimiento, de coincidencia. Ni por qué lo imprevisible es lo que cae. Tal vez son preguntas que no llevan a ninguna parte. Tal vez no hay que preguntar el por qué de la coincidencia, sencillamente explotar, estrellar diría Barthes, la constelación de sentidos que provoca. Como si preguntar por la coincidencia, por el caer hacia abajo juntamente fuera tan descabellado como preguntar el porqué del azar. La coincidencia azarosa refrena la pregunta, el delirio interrogativo causal. Hay que preguntar todo lo posible, cuestionar hasta el límite y también dejar de preguntar, dejar que caiga la pregunta: no hay superstición aquí, se deja que el azar interfiera, no habría un determinismo supersticioso en deconstrucción. La superstición aparecerá más adelante. De momento las preguntas cesan tras una sorpresa inicial, una extrañeza ante la caída. Seguir preguntando acaso sería de locos. No hay acontecimiento para la superstición. No hay "encuentro absoluto" para el que no deja de preguntar. La superstición es la abolición del klinamen, de lo imprevisible. Creer al azar, como destinar al azar también presenta esta oscilación en su lectura. Creer al azar, creer en lo que el azar nos dice, creer en él; o creer al azar, azarosamente, creer por creer. De nuevo una disyuntiva insoportable, otro double bind. Sólo que el acontecimiento, un acontecimiento "en el sentido pleno de la palabra", un "acontecimiento puro" sólo puede deberse a un "encuentro absoluto". Acontecimiento y encuentro se utilizan como sinónimos. Y, en este contexto, "encuentro" sólo puede entenderse desde la lectura suspicaz que Derrida está haciendo del atomismo, dejándose seducir por el klinamen, por la imprevisibilidad de una verticalidad inclinada a la que no se le hacen más preguntas. Al arribante no hay que molestarlo con demasiadas dudas: la hospitalidad debe abrirle las puertas sin preguntarle de dónde viene, para qué, con qué fin, acosarlo con un proceso económico inquisidor, abrumarlo con las leyes de la casa que lo acoge. Tal vez aquí se pueda ver un distanciamiento de Derrida respecto del psicoanálisis, al menos de la lectura que él hace de Freud y de Lacan: habría en ellos un exceso de determinismo, compartirían con el supersticioso su tendencia al análisis sintomático, a hacer de todo caso un síntoma descifrable, "todo es síntoma, diagnóstico" para una disciplina que no renuncia a la ciencia: "¿Y cuando una actitud analítica se convierte en un síntoma? ¿Cuando una tendencia a interpretar lo que cae -bien o mal-, los incidentes o los accidentes, para reintroducir allí el determinismo, la necesidad o la significación, significa a su vez una relación anormal o patológica con lo real? Por ejemplo, ¿cuál es la diferencia entre superstición y paranoia, por un lado, y ciencia, por otro, si todas marcan una propensión compulsiva a interpretar los signos aleatorios para restituirles un sentido, una necesidad, una destinación?"[39]. Habría, para Derrida, tal y como él entiende el síntoma en psicoanálisis, una extralimitación de la "compulsión hermenéutica" hasta el punto de que el propio saber hace síntoma, el saber se convierte en un síntoma, como es el caso del supersticioso, ¿y del científico?: "La compulsión hermenéutica es lo que sería común a la superstición y al psicoanálisis 'normal', Freud lo dice literalmente. Al igual que el supersticioso, él tampoco cree en el azar, lo que quiere decir que ambos creen al azar, si creer al azar significa que se cree que todo azar significa algo -y que, por tanto, no hay azar"[40]. Hace falta algo más de azar en deconstrucción, hace falta una interrupción de la interpretación, de la metáfora, no convertir el caso en metáfora para no caer en la superstición, ni hacer de la deconstrucción un método, una ciencia. Freud se las ve y se las desea, se contradice y se desdice para, habiendo reconocido su parentesco con el supersticioso, poder distinguirse de él y excluir la superstición del psicoanálisis. "Lacan sigue a Freud al pie de la letra en este punto cuando dice que una carta llega siempre a destino. No hay azar en el inconsciente, las aparentes aleatoriedades deben ponerse al servicio de una ineluctable necesidad que en verdad nunca llegan a contradecir"[41]. ¿Debemos pensar por ello que Derrida admite el juego del azar en deconstrucción y respeta una cierta aleatoriedad[42], una cierta cadencia que no interpreta, para la que es en extremo hospitalario, y que sería fácilmente reconocible en las figuras de lo intraducible, lo innombrable, lo incalculable, lo inanticipable, el resto, etc.? Nada nos lo impide, al contrario, más bien nos inclina a ver las cosas de este modo. Y no sólo por admitir un cierto azar en deconstrucción ante el cual sólo cabe una hospitalidad incondicional, sino porque Derrida, segundo distanciamiento respecto del psicoanálisis, redobla esta indeterminación y esta aleatoriedad al separarse de una lectura obediente de la tradición atomista: "Mi klinamen, mi chance o mis chances, esto es lo que me inclina a pensar el klinamen desde la divisibilidad de la marca"[43], la divisibilidad de los átomos, del stoikheion, la divisibilidad de la carta robada. Esta divisibilidad de la marca, este peculiar atomismo de la marca supone un efecto multiplicador del klinamen porque constituye, a su vez, un principio de indeterminación que se superpone con el de la caída. En otro lugar, Derrida dice que esta divisibilidad sería, si la hubiera, la tesis de la deconstrucción, la verdad sin verdad de la deconstrucción; su declinación, su desvío del atomismo. La identidad de toda marca, de todo "átomo" estaría afectada por esta divisibilidad, por la iterabilidad de su "insignificancia marcante"[44], y sería precisamente esta insignificancia sintomática la que le permitiría la citabilidad, la posibilidad de ser sacada de contexto y llevada de uno a otro, co-incidir con otras marcas.

 

En un contexto muy diferente, veinte años después, cuando ya no hablaba tanto de la marca, de la iterabilidad, de la divisibilidad, en otra respuesta al auditorio de Montreal en la conferencia a la que ya hice alusión al comienzo, Derrida no ha renunciado a una retórica inclinada de la verticalidad insignificante:

 

"Por verticalidad quería decir que el extranjero, lo que hay de irreductiblemente arribante en el otro -que no es ni simplemente trabajador, ni ciudadano, ni fácilmente identificable-, es lo que en el otro no me previene y desborda precisamente la horizontalidad de la espera. Lo que quería subrayar, al hablar de la verticalidad, es que el otro no espera. No espera a que yo pueda recibirlo o que le dé una carta de residencia. Si hay hospitalidad incondicional, debe estar abierta a la visitación del otro que llega en cualquier momento, sin que yo lo sepa. Esto es también lo mesiánico: el mesías puede llegar, puede venir en cualquier momento, de arriba, desde donde no lo veo venir. En mi discurso, la noción de verticalidad no tiene necesariamente el uso, a menudo religioso o teológico, que eleva hacia lo Muy-Alto. Tal vez la religión comience aquí. No se puede mantener el discurso que sostengo sobre la verticalidad, sobre la arribancia absoluta, sin que ya haya comenzado el acto de fe -el acto de fe no es forzosamente la religión, tal o cual cual religión-, sin un cierto espacio de fe sin saber, más allá del saber".[45]

 

            El otro no espera -ni a la différance. Ha habido muchos malentendidos cuando Derrida ha hablado del mesianismo, de lo muy alto, de la verticalidad del arribante, del acto de fe. Aquí pasa algo similar en el auditorio: con mejor o peor voluntad, los lectores de Derrida no saben dónde meter este discurso. Lo peor es cuando, rendidos, o precipitados por encontrar una respuesta, allá que acuden todos a identificar el acontecimiento, el mesianismo, el tout autre con el Otro levinasiano y leen esta frase, por ejemplo, de Mes chances: "La alteridad del otro, que no se reduce a la economía de nuestro horizonte, nos viene siempre de más alto, es lo muy alto" como si fuera el trasunto de una interferencia entre estos pensamientos. Esto es tener poca idea, carecer de una mínima competencia textual y, desde luego, no haber leído lo suficiente porque hay mucha prisa en establecer un cortocircuito judaico en deconstrucción. Yo intento aquí mostrar otra filiación en el texto derridiano, más antigua si cabe, esta cadencia que nunca necesitó de Lévinas para hablar de verticalidad, de acontecimiento y de "encuentro absoluto". Resulta que la verticalidad lleva al menos veinte años pululando (explícitamente) por los textos derridianos y que no tiene nada de judía ni de levinasiana, sino que responde al  "encuentro (rendez-vous) con ciertas estereofonías epicúreas", como reza el subtítulo de Mes chances. Ésta es mi lectura al menos. De un Mesías atómico judigriego. Y no es una lectura entre otras, otra más, no porque esté mejor hecha, ni sea más autorizada, sino porque no deja a Derrida en la estacada, ni hace de la deconstrucción un levinasianismo epigonal, neutralizándola, acabando con ella rápidamente para entregarse al maestro Lévinas, al supuesto maestro de Derrida. El paso de la verticalidad a la religión y a la fe es señalado por Derrida, pero no lo da. Nunca. Indica dónde estaría el lugar de una fe religiosa. Pero es también el lugar de otra fe, más allá del saber, la de creer al azar. El punto de inflexión de la cadencia deconstructiva nos conduce ahí. Los que quieran creer al azar, creer por creer, preferir creer en cualquier cosa menos en el azar, religiosamente, están en su derecho. Pero no es algo que haga Derrida, en sus textos. Si hay que elegir, yo me quedo con una cierta cadencia en deconstrucción, con un encuentro absoluto nacido de esta cadencia y que ha puesto en marcha la deconstrucción desde sus inicios, como estrategia de lectura y escritura sintomática. Y que (me) permite leer con mayor garantía de éxito, escribir cosas más sugerentes y abarcar de modo fructífero, sin aplanarlos, los escritos de Derrida, sin establecer en ellos una interesada teleología de punto final, sino preferir "un cierto entrelazamiento de la necesidad y del azar, del azar significante y del azar insignificante: matrimonio, se diría en griego, de Ananké, de Túkhe y de Automatía"[46].  Pero hay quien sólo sabe leer teleológicamente, televinasianamente al Derrida griego de Demócrito, Epicuro y Lucrecio. O no leerlo en absoluto. Cuestón de malchance, de més-cheance, de méchanceté, de lector méchant. Ajuste de cuentas entre lecturas desviadas, en busca de atajos.

 

            Prosigamos con el texto para dar por fin con una referencia explícita al término "síntoma", lo que Derrida entiende por síntoma, sabe del síntoma, tiene en mente cuando habla de síntoma. Pero esta vez, también dado el contexto de esta conferencia, no se muestra tan reticente con respecto al psicoanálisis ni a la clínica:

            "En todos los casos, la incidencia se deja subrayar en el sistema de una coincidencia, la misma que cae, bien o mal, con otra cosa, al mismo tiempo o en el mismo lugar que otra cosa. Ése es también en griego el sentido de symptôma, palabra que significa en primer lugar el hundimiento, el desplome, luego, la coincidencia, el acontecimiento fortuito, el encuentro, a continuación el acontecimiento desafortunado y, finalmente, el síntoma como signo, por ejemplo, clínico. La clínica, dicho sea de paso, nombra todo el espacio de la posición acostada o encamada"[47].

 

Ya hemos apuntado cómo se abordaba esta cuestión crucial de la adherencia del síntoma al discurso psicoanalítico y la herencia clínica que lo atraviesa de parte a parte. Yo no estoy de acuerdo, es injusto hasta cierto punto, con hacer del psicoanálisis una hermenéutica del síntoma. Pero Derrida no me parece estar al tanto, y menos a principios de los 80[48], del discurso lacaniano sobre el síntoma y comprendo que prefiera el linaje atomista griego y se sumerja en él para rastrear y apoyar anaclíticamente su retórica de la cadencia, su relectura del klinamen y del síntoma: "En el curso de su caída en el vacío, los átomos son arrastrados por una desviación suplementaria, por ese parenklisis o ese klinamen que, agravando una primera separación, producen la concentración de materia (systrophé) [...] El klinamen separa de la simple verticalidad, lo hace, dice Lucrecio, 'en un momento indeterminado' y 'en lugares indeterminados' (incerto tempore... incertis locis, De natura rerum, 2, 218-19) [...] Para Epicuro, la condensación o el espesor, el relieve sistrófico, es en primer lugar este enredo retorcido, este giro concentrado de átomos [...] Numerosos elementos vienen a reunirse en torbellino en la systrophé"[49]. Me detengo aquí un momento, en este punto de condensación, antes de abandonar un texto inagotable que mi prolija paráfrasis empieza a aplanar en exceso: "habría que dejar el texto solo. No acompañarlo"[50]. Nueva vuelta de tuerca de una metáfora reaparecida. Nuevo giro. Justamente en el momento crítico de la caída generalizada, de la lluvia de átomos, la desviación, el desplazamiento de la vertical da lugar a una vuelta suplementaria, a un torbellino que produce una condensación de materia: systrophé metafórica. Surgida tal vez a partir de esta cadencia, ¿posterior a ella? Habría que saber un poco más atomismo. Queda para otra ocasión profundizar en la Nachträglichkeit de la systrophé respecto del klinamen, de la condensación a partir del mero desplazamiento: metáfora y metonimia, ferencia y cadencia de nuevo. Quedémonos únicamente ahora con este retrazarse de la metáfora sistrófica, este torcido enredo etimológico que nunca supone una guía fiable. Systrophé: reunión, tropa, banda, enjambre, sedición, rebelión, conspiración; strofé: vuelta; strófos: cordón, cuerda, lazo, correa; streptós: trenzado, tejido; stréfo: volver, doblar, trenzar. Systréfo: reunir en un haz, recoger, reunir, agrupar, juntar, espesar, condensar. La familia de la catástrofe retorna, se revuelve, haciendo imposible abandonar cierta trópica, ni siquiera en el clímax de la caída, imprimiéndole un giro trópico a la verticalidad, al caso, doblándolo, trenzándolo, haciendo un haz con las trayectorias en caída libre, atándolas con una cuerda, sometiéndolas a estricción. Obligándonos a torcer la mirada mientras contemplamos la lluvia del caso, una mirada bizca, estrábica (strabós), como la que Derrida exige para leer Glas, con un ojo en cada columna, en cada mirilla, para no perder de vista la precipitación de esta "diseminación literal"[51], de esta systrophé: "Doble mirada. Lectura bizca [...] Y si protestáis contra el estrabismo que se os quiere infligir, basta que indaguéis por qué. Querelle, que también saca provecho de su estrabismo, asume su "incurable herida" y, lo mismo que Stilitano, Giacometti y todo el grupo de los mancos, cojos y tuertos, hace así que se lo quiera, nombre, sublime, magnifique. No se enfada, sino todo lo contrario, cuando "mirándolo fijamente le dije: ― ¿Tiene un poco de estrabismo?" (Querella de Brest) Miradaprofunda, estereoscópica. Ver doble"[52]. También las columnas son zambas (strambus), inclinadas, amenazando caerse, con las rodillas demasiado juntas y sus fustes torcidos, arqueados, arruinando su equilibrio, dificultando la marcha hasta el final.

 

Riesgo de parálisis. De muerte. Interrupción provocada por la caída: "¿De dónde viene el derecho de interrumpir? ¿Te imaginas un diálogo, una palabra plural sin la violencia siempre injustificable de una interrupción? ¿Ven, es una interrupción?"[53].  Suspensión de la différance por el acontecimiento que no se deja diferir en su cadencia ("la chance (échec ou échéance) de l'événement"[54]) que sorprende absolutamente, mortalmente. Temor y temblor en deconstrucción: pas au-delà, paso (no) más allá. Pánico de una deconstrucción que se quería interminable en nombre de la différance haciendo caso omiso, omitiendo el caso, soñándose libre de síntomas, blindada frente a un discurso que no fuera de la différance, del semblante: "Esto no supone que se se renuncie a saber o a filosofar: el saber filosófico acepta esta aporía prometedora que no es simplemente negativa, o paralizante. Esta aporía prometedora adquiere la forma de lo posible-imposible o de lo que Nietzsche llamaba el 'quizás', peut-être"[55]. Hay que terminar ya. No de mala manera. Quedando para otra vez. Este movimiento desesperado no se termina aquí, "esta paralyse no prohíbe nada, hace movimiento, el falso movimiento que procede según el faut-pas (falso paso, no hace falta) del deseo y franquea el límite"[56]. Si algo tiene el síntoma es ese andar con paso falso, renqueante, repetitivo. Otro día. Otro día hablaremos del síntoma en Glas, en La dissémination, en Parages, en Tympan, en Marges, en Ulysse gramophone, en Le 'concept' du 11 septembre... hoy sólo quería escandalizar un poco y dejar caer algo descuidadamente la sospecha de una cierta cadencia en deconstrucción.

           

 

Paco Vidarte (UNED)

 



[1] DERRIDA, J.: “Ja, ou le faux-bond”, en Points de suspension. Paris, Galilée, 1992, p. 72.

[2] Hice un primer abordaje, precipitado, asistemático, oblicuo y nada exhaustivo del “síntoma” en deconstrucción en mi artículo: "Derriladacan. Contigüidades sintomáticas", en PERETTI, C. & VELASCO, E.:  Conjunciones. Madrid, Dyckinson, 2007. Se puede consultar también este artículo en la página de internet de Horacio Potel "Derrida en castellano": http://www.jacquesderrida.com.ar/comentarios/derridalacan.htm

[3] DERRIDA, J.: "Une certaine possibilité impossible de dire l'événement", en DERRIDA, J. & SOUSSANA, G. & NOUSS, A.: Dire l'événement, est-ce possible? Paris, L'Harmattan, 2001, pp. 104-106 (Yo subrayo y pongo corchetes). Debo excusarme por repetir aquí casi íntegramente esta larga cita que ya consigné en el artículo citado más arriba. Lo hago por interés personal, académico, político para darla a conocer, repetirla para que se lea, para que otros la lean y se pronuncien sobre ella, para seguir tendiendo puentes entre deconstrucción y psicoanálisis, para evitar que pase desapercibido el decir del síntoma en Derrida, implicarme en su res(is)tance, en su biodegradabilidad, aunque "las 'cosas' no se 'biodegradan' como uno podría desear o creer". Del mismo modo, por seguir excusándome, al tiempo que desentierro bellas citas de textos olvidados: "Uno de los gestos más necesarios de un entendimiento deconstructivo de la historia consiste más bien (éste es su auténtico estilo) en transformar las cosas exhibiendo escrituras, géneros, estratos textuales [...] que han sido rechazados, reprimidos, desvalorizados, aminorados, deslegitimados, ocultados por los cánones hegemónicos [...] Desde este punto de vista, la interpretación y la escritura deconstructivas irían de la mano, sin ninguna misión soteriológica, para 'salvar', en cierto sentido, herencias perdidas. Esto no se lleva a cabo sin una evaluación en contrapartida,  particularmente, política. Uno no exhuma cualquier cosa. Y mientras uno exhuma, transforma" (DERRIDA, J.: "Biodegradables. Seven Diary Fragments", en Critical Inquiry 15, Verano 1989, p. 819 y 821).

[4] DERRIDA, J.: Glas. Paris, Galilée, 1974, p. 20b. (Derrida citando Saint Genet).

[5] DERRIDA, J.: "Une certaine possibilité...". Op. cit., p. 107.

[6] Op. cit., p. 106.

[7] Creo que, pese a esta desmentida de Derrida acerca del uso no clínico ni psicoanalítico que quiere hacer de la noción de "síntoma", ello resulta hasta cierto punto, si no del todo, imposible. No voy a repetir aquí los pasajes en que Derrida realiza enunciados semejantes sobre su relación con la terminología psicoanalítica y con el psicoanálisis en general del tipo: "A pesar de las apariencias, la deconstrucción del logofonocentrismo no es un psicoanálisis de la filosofía" (DERRIDA, J.: "Freud et la scène de l'écriture", en L'écriture et la différénce. Paris, Seuil, 1967, p. 293). La necesidad de expresar este distanciamiento dice mucho. Y ya no se puede leer este tipo de frases, Derrida tampoco se lo permite, haciendo caso omiso del psicoanálisis. Esta supuesta inocencia prepsicoanalítica se ha perdido o está de más. Si no fuera por el psicoanálisis, ¿cuál hubiera sido el destino del término "síntoma"?, ¿habría sido posible siquiera hablar de él, revisitarlo, exhumarlo, librarlo de adherencias no deseadas, existiría en la terminología filosófica como algo más que un resto epicúreo a la deriva? Es imposible saberlo, pero sí creo que la pervivencia y la cotidianidad de la noción de "síntoma" es impensable hoy día sin el psicoanálisis. Tampoco comprendo qué sentido tiene -mucho menos en deconstrucción- una noción de "síntoma" purificada, pirificada de cualquier contaminación psicoanalítica o clínica, esto es, incinerada, reducida a cenizas. Por demás, sustraer el síntoma de lo clínico, en esto se pone de manifiesto lo apresurado y disculpable de la respuesta oral de Derrida, supone desvincularlo precisamente del clinamen, lo que es reivindicado en otros lugares por Derrida como un aspecto crucial de lo que él entiende por síntoma (Cfr. DERRIDA, J.: "Mes chances: Au rendez-vous de quelques stéréophonies épicuriennes", en Cahiers Confrontation 19, Primavera 1988, passim). Por mi parte, yo me veo incapaz de no presuponer un conocimiento del psicoanálisis, de Freud y, sobre todo, de Lacan en lo que al síntoma se refiere para poder abordarlo con alguna garantía. Si me he ocupado del síntoma en Derrida ha sido sin duda por una familiaridad con el saber psicoanalítico que me ha permitido, obligado a serle hospitalario en mi lectura.

[8] Por si acaso se me olvida, o no me queda tiempo, la tópica derridiana de la escritura como injerto, "escribir quiere decir injertar" o como costura que no se mantiene o se (des)cose, que encontramos en La dissémination, podrían ponerse al lado de la sintomática que regiría la escritura del acontecimiento: ¿por qué hay injertos que (no) agarran o costuras que se (des)cosen es una pregunta difícil de responder en deconstrucción, una deconstrucción siempre en guardia contra el todo vale, anything goes, cuya dificultad estribe quizás también en el porqué de la conjunción del síntoma, por qué hay síntoma, en qué radica la fuerza del sín-, del con, de lo que cae juntamente sin tener nada que ver, tan solo esta cadencia? No entenderemos nada de la costura ni del injerto si no los ponemos al lado del síntoma. Me parece, por lo demás, que el síntoma consigue liberar a estas metáforas tan clásicas del injerto vegetal o del tejido (de la inseminación también) de la carga de voluntariedad, de la violencia subjetiva que siguen portando, incluso de naturalización o de usura. Remitir el secreto del texto, de la lectura, de la escritura, al agarre del injerto o a la solidez de una costura no deja de ser un callejón sin salida, una metáfora provisional que no satisface a nadie, al menos a mí no. Hay sintomatología en toda extracción textual, en toda "cita", en su caer en uno o otro contexto. El contexto, la insaturabilidad del contexto, obeceden a una sintomatología. Diré aquí, muy flojito, esto: no hay nada fuera del texto porque todo es con-texto-sín-toma insaturable, ¿acaso sín-toma y con-texto no pueden funcionar como términos equivalentes, en traducción?, ¿no hay en la textualidad general y sin bordes una cadencia sintomática?, ¿la cita, la citabilidad como sintomatología textual?

    [9] DERRIDA, J.: "Forcener le subjectile", en THÉVENIN, P. & DERRIDA, J.: Antonin Artaud. Dessins et portraits. Paris, Gallimard, 1986, p. 80.

    [10]Op. cit., p. 60.

    [11]"Lignées", en HENICH, M. y DERRIDA, J.: Mille e tre, cinq - Lignées. Paris. William Blake & Co. 1996, # 912 (al no estar numeradas las páginas de esta obra, citamos el número correspondiente a la ilustración/párrafo).

[12] Op. cit., # 1000 [Los corchetes son míos].

[13] Op. cit., # 931.

[14] "Forcener le subjectile", op. cit., p. 60.

[15] Esta forma de aguzar el oído y estar atentos a la retórica de phero y de pípto, del portar y el caer, forma parte también de una estrategia deconstructiva heredada y que Derrida lleva a cabo excepcionalmente en "L'oreille de Heidegger. Philopolémologie (Geschlecht IV)", en Politiques de l'amitié. Paris, Galilée, 1994. Aquí presta atención a la semántica del phero, a su portée (porte, alcance, camada, gestación, etc.) en relación (rapport) con el Tragen heideggeriano. Ambos términos constituyen la raíz de una noción tan fundamental como la diferencia: Differenz, Austrag. "La relación (rapport) entre estos dos alcances, portes (portées) de voz es más que una analogía o una coincidencia" (Op. cit., p. 348). Creo que podemos encontrarnos aquí, respecto de la ferencia y la cadencia, con un caso de alcance similar dentro de la retórica deconstructiva. Ésta es la apuesta de la lectura derridiana respecto de Tragen y phero en sus usos heideggerianos: "Heidegger tiende a querer proteger, justamente contra una cierta latinización, la semántica alemana del Tragen, Austrag, nachträglich, que seguimos aquí como problemática del Unter-Schied o de la diferencia y que intento traducir en la semántica latina del porte (como aspecto), de la relación, de la correlación, del porte, del portar a término, del comportamiento, etc., [...] Si «correlación» tiene la misma etimología que el ferre de la diferencia o de la referencia, así como de toda la familia del «porte», «portar», «relación», etc., vemos que se trata de sustraer el pensamiento del Tragen y del Austrag a toda distinción relacional" (Op. cit., p. 351).

 

[16] DERRIDA, J.: Résistances de la psychanalyse. Paris, Galilée, 1996, p. 51.

[17] Cfr. ROBERTS, E. A. & PASTOR, B.: Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española. Madrid, Alianza, 1996. Por su parte, phero remite a la raíz indoeuropea bher1-. La fiabilidad de mis inquisiciones etimológicas se limita a la consulta de algunos diccionarios y puede dar lugar a errores de bulto en mis legos rastreos.

[18] DERRIDA, J.: "Une certaine possibilité...". Op. cit., p. 107.

[19] DERRIDA, J.: "Le retrait de la métaphore", en Psyché. Inventions de l'autre. Paris, Galilée, 1987, p. 63.

[20] Op. cit., p. 65.

[21] Op. cit., p. 76.

[22] Op. cit., p. 77.

[23] La reserva y la prudencia de Derrida al respecto son extremas. Su recurso a esta familia, a este campo semántico, necesita inmediatamente de una desmentida: "Mi hipótesis: no se puede derivar o construir el sentido, el estatuto, la función, como suele decirse, de viens, del acontecimiento viens, a partir de lo que creemos saber del verbo venir y de sus modificaciones. Viens no es una modificación de venir" (DERRIDA, J.: Parages. Paris, Galilée, 1986, p. 25).

[24] "Le retrait de la métaphore", op. cit., p. 81.

[25] Derrida lleva a cabo un análisis sorprendente -y que yo querría ver, en ciertos pasajes, como un esbozo de deconstrucción sintomática- de la familia, el "archi-léxico", de Ziehen y de Reissen, "dos genealogías heterogéneas del trazo" (pongámoslos junto a cadencia y ferencia como heterogéneo archiléxico deconstructivo) y del paralelismo asintótico, del "contrato sin contrato de la vecindad" de Dichten y Denken, que se "cortan sin tocarse, sin afectarse, sin herirse", en una "incisión que las deja intactas". Cfr. Op. cit., pp. 86 y ss. Dejo caer aquí, a pie de página, la necesidad de pensar, a dos columnas, el trazo como Aufriss, que "no separa más de lo que une", el "entre de cuya separación concilia tanto como desmarca" al lado del síntoma, pensar juntamente el trazar-se/re-tirar-se del trazo con el caer del síntoma, sin desatender la retórica de horizontalidad y verticalidad, de diferencialidad y precipitación o compulsión repetitiva, de continuidad y de interrupción que se pone en ellos de relieve.

[26] Estoy jugando demasiado a lo largo de este escrito, hasta resultar pesado y arruinar toda sutileza llegando a perder el estilo, por ser excesivamente explícito para los más duros de oído, con las dos familias heterogéneas de pet- y bher1-, con todo el campo semántico de lo que cae y, por otro lado, de lo que difiere, como retóricas inconciliables: aquí hago una pirueta fonético-etimológica con el monstruo lingüístico griego, francés y castellano de "heKtombe" donde se condensa la desmesura, el potlach de la hecatombe, con la resonancia y el estruendo del caso, del cas, K, y del retumbar de la caída, de la tumba; burlándome de la etimología, ya que hecatombe nada tiene que ver con este uso, derivándose del griego hekatón-bous, que quiere decir literalmente, "cien bueyes" (cent-hommes se puede oír también en symptôme), aludiendo a este sacrificio religioso realmente impresionante, que ha conservado casi exclusivamente en castellano el significado figurado de "desgracia", "catástrofe", "mortandad de personas"; el 11-S, o el 11-M, bien podrían calificarse de "heKtombe", si proponer un 11-K, como caso genérico de todos estos casos singulares no supusiera ya rozar lo aberrante.

[27] DERRIDA, J.: "Mes chances: Au rendez-vous de quelques stéréophonies épicuriennes", op. cit., pp. 29-30.

[28] Op. cit., p. 22.

[29] Valgan como muestra algunos ejemplos de las primeras páginas: "comme si je tombais dessus", "quelles sont mes chances d'atteindre mes destinataires?", "j'espère tomber sur eux par hasard", "je livre mes mots un peu au hasard", "Les 'choses' que je jette, projette ou lance dans votre direction, à votre rencontre, tombent", "je lancerai deux questions. Ces deux questions lancées, imaginez que ce soit d'un seul coup deux dés", etc.

[30] Op. cit., p. 20.

[31] Ibid.

[32] Ibid.

[33] Me he metido en un jardín considerable y algo estúpido a la postre intentando averiguar inocentemente si la différance engendra el acontecimiento, lo radicalmente otro, o si es éste quien introduce en la différance una semilla radicalmente otra a la ferencia: la cadencia del klinamen. No sé si esto es muy deconstructivo o no, pensar la heterogeneidad de la différance y el acontecimiento. Mejor me iría hablando de archiferencia y archicadencia, archiescritura, archihuella, archiacontecimiento ... Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza que el Padre (homoousion to patri)... Cuando se está en medio de una cuestión tan temible y turbulenta como es la relación entre la différance y el acontecimiento, lo mejor es rezarse un credo para apaciguar susceptibilidades y, de paso, tomar tierra y acabar con una disquisición aporética. Una buena profesión de fe a tiempo aplaca nuestras dudas, nos calma y nos salva del anatema. Acaba con un pensamiento extraviado, desviado. O tal vez no.

 

[34] FREUD, S: "El malestar en la cultura", en Obras completas, vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992, p. 140.

[35] DERRIDA, J.: "Mes chances...", op. cit., p. 21.

[36] Op. cit., p. 22.

[37] Ibid.

[38] Op. cit., p. 23.

[39] Op. cit., p. 35.

[40] Op. cit., p. 36.

[41] Op. cit., p. 38.

[42] Por otro lado, Derrida admitirá provocadoramente que "cierta sensibilidad a la superstición no es quizás un aguijón inútil para el deseo deconstructivo" (op. cit., p. 40), en un sentido diferente. Esto es, en la resistencia que opone el supersticioso a una delimitiación contextual estricta, de adentro y afuera, de lo físico y lo psíquico, de la ciencia y la patología y, en general, a lo precario que resulta cualquier límite, el establecimiento de un contexto saturable.

[43] Op. cit., p. 32.

[44] Op. cit., p. 30.

[45] "Une certaine possibilité impossible...", op. cit., pp. 111-112.

[46] "Mes chances", op. cit., p. 24.

[47] Ibid.

[48] "Es entonces -aproximadamente de 1968 a 1971- cuando me puse a leer tal o cual texto de Lacan y a descubrir allí tantas cosas apasionantes como lugares de resistencia o residuos de metafísica" (DERRIDA, J.: De quoi demain... Paris, Fayard-Galilée, 2001, p. 277). Que Derrida se pusiera en serio a leer todo lo que había escrito Lacan hasta este período no quiere decir que no lo siguiera leyendo después, pero da una idea de su "primera impresión" sobre este autor y de las ganas, muchas o pocas, que le quedaran de seguirlo leyendo con alguna sistematicidad después, justo a partir de 1972, cuando Lacan sufre un giro espectacular. Esto no es más que otra sospecha mía. En lo concerciente al tema que trato aquí, El seminario 23 de Lacan, El sinthome, fue dictado en 1975-1976. Desconozco si Derrida llegó a leerlo en las múltiples versiones mecanografiadas que circulaban, ya que su publicación "oficial" es muy reciente, de 2005.

[49] "Mes chances", op. cit., pp. 24-25.

[50] Parages, op. cit., p. 70.

[51] "Mes chances", op. cit., p. 25.

[52] Glas, op. cit., pp. 130b-131b.

[53] Parages, op. cit.,  p. 62.

[54] Op. cit., p. 65.

[55] "Une certaine possibilité impossible...", op. cit., p. 106.

[56] Parages, op. cit.,  p. 79.