VIOLENCIA DEL GÉNERO
Cada semana dos mujeres son asesinadas por sus maridos en el
Estado español. En 2006, hasta la fecha, 70 mujeres estranguladas, quemadas
vivas, apuñaladas, disparadas, golpeadas hasta la muerte. Ni la nueva ley
contra la violencia de género ni los medios de comunicación ni las
instituciones se atreven a abordar las raíces de este fenómeno de asesinatos
machistas: cómo se construyen la masculinidad y la feminidad en el régimen heterosexista.
Los valores con que se educa a los niños y niñas, los
valores que transmite la cultura dominante por medio del cine, la literatura,
la televisión, la educación, son valores homófobos,
misóginos, basados en un régimen binario heterosexual donde la mujer es una
propiedad del hombre y donde el destino de las personas es devenir
heterosexual, casarse y reproducirse, donde el hombre es hombre y la mujer es
mujer. Donde los hombres deben ser fuertes, masculinos, dominantes, ganadores, heteros. Donde las mujeres no valen nada, o si valen es
porque reproducen los roles de la feminidad: sumisas, dóciles, femeninas,
bellas, reproductoras, fieles. Un régimen rígido y binario completamente
alienante.
Cualquier deslizamiento de lo masculino (el niño mariquita, el hombre afeminado, el travesti,
el gay, la transexual, etc.) es perseguido y castigado desde la infancia,
incluso por los propios padres. Cualquier desplazamiento de la imagen de “la
mujer” (la lesbiana, la soltera, la mujer con libertad sexual, el marimacho, la
trabajadora sexual, el transexual masculino, etc.) es sospechoso o reprimido, y
es vigilado constantemente por un régimen silencioso que nunca se pone en
cuestión a sí mismo. Una vigilancia de la que todos somos cómplices. Son
pequeños detalles, pero su alcance es enorme: esos chistes sobre tu compañera
bigotuda o con pelo en las piernas, ese comentario jocoso sobre las camisas de
flores del vecino, esa burla en la tele hacia la mujer “fea”, o gorda, o
solterona, ese acoso al niño marica en el cole, acoso
que ahora llaman bullying pero que lleva existiendo
en los colegios españoles desde hace muchos años, ante la pasividad
irresponsable de los maestros. Todo estos detalles son también “el género”.
El problema no radica en que las mujeres ya trabajan y son
más libres e independientes, como argumenta la iglesia católica en su típica
actitud de culpabilizar a la víctima. El problema radica en un modelo de
identidad sexual binario e incuestionable, y en un modelo de convivencia
caduco, que presupone un vínculo eterno entre los cónyuges: el matrimonio heterosexual.
Nunca se pone sobre la mesa que todas estas mujeres estaban
casadas o en procesos de separación. El asesino es el marido. Lo que crea esa
ficción de propiedad en el cerebro de los machos heteros
asesinos es el contrato en que se basa el matrimonio: “con este contrato sello
mi propiedad sobre ti; si lo rompes tengo derecho a matarte, has quebrado las
reglas. Y como hombre puedo usar la fuerza, porque en ella se basa mi identidad
masculina”. La ley del más fuerte. No se trata de violencia de género, sino de
género violento; es el género lo que es violento en sí mismo, su construcción e
implantación social se produce por medio de un ejercicio micropolítico
de violencia continuo, silencioso, global, desde el origen.
Mientras
no se cuestione la vigilancia sobre los cuerpos y los roles sexuales, el
régimen que construye lo femenino y lo masculino, la ficción de que sólo hay
dos sexos, los modelos vigentes de pareja y de matrimonio, las políticas
dominantes de identidad sexual y de orientación sexual, los presupuestos
culturales de género en que se basan las sociedades actuales, mientras el
régimen heterosexual siga vigente, seguirán produciéndose estos asesinatos
contra las mujeres.
Y
parece que nadie está dispuesto a cuestionar este régimen. Por lo visto es sólo
un problema “doméstico”, personal. Hemos olvidado el clásico lema feminista:
“lo personal es político”
Javier Sáez
Octubre 2006