ENTERRANDO A WILDE

 

En el año 2000 se celebrará el centenario de la muerte de Oscar Wilde, y por este motivo asistimos en los últimos años a numerosos eventos sobre su figura: obras de teatro, biografías, películas, homenajes, reediciones de sus libros... Estas celebraciones han puesto el acento en dos facetas de Wilde bien conocidas, la represión homofóbica que sufrió a manos de la sociedad victoriana, y su ingenio y chispa para lanzar aforismos y ocurrencias en las fiestas de sociedad.

Pero la mitificación que se ha creado en torno a estas dos facetas ha dejado de lado la radical crítica social y política que suponen la obra y la vida de Wilde.

Es cierto que Oscar Wilde padeció un trato brutal por la sociedad en que vivió a causa de su homosexualidad, y que el recuerdo de este hecho trágico nos sirve en la actualidad a los movimientos de gays y lesbianas para mostrar al mundo lo que ha sido y sigue siendo la homofobia (aunque se suele olvidar que muchas de las relaciones de Wilde fueron con jóvenes menores de 18 años, lo cual le conviertiría en un paria a los ojos de la mayoría de estos grupos hoy en día). En una sociedad que aún se niega a admitir el daño que supone la homofobia en el mundo, utilizar la figura de Wilde como icono de esta opresión es útil y necesario -del mismo modo que se ha hecho con Lorca en España, a pesar de las presiones del poder para reprimir y silenciar esta denuncia. En un artículo reciente de la revista ZMagazine ("The Oscar Wilde Fad") Michael Bronski ha analizado este proceso de canonización de Wilde cuestionándolo en el sentido de que se ha producido una aceptación cómoda (compasiva) de la sociedad ante ese sufrimiento sentimentalizado y de víctima de Wilde, en lugar de darse una reacción de cólera y lucha contra las injusticias homófobas del poder actual.

El segundo aspecto que se ha destacado de Wilde a lo largo de este siglo es el del dandy ingenioso y sofisticado. No hay duda de que Wilde llevó muy lejos la popularización de los juegos de palabras, las frases irónicas y el humor hasta hacer de ellos una forma de arte. Pero reducir a Wilde a una máquina de humor, a un escritor de chistes (editando libros con recopilaciones de frases "ingeniosas" fuera de su contexto original), neutraliza la aguda crítica social y el profundo análisis del comportamiento humano que reside en sus textos. Es decir, convierte en un divertimento inocuo lo que era un amenazador cuestionamiento del sistema de poder de la época.

El teórico queer Jonathan Dollimore, en su libro "Sexual Dissidence: Agustine to Wilde, Freud to Foucault", destaca que hay en Wilde todo un programa social radical en su comprensión del artifico en las relaciones humanas y en las estructuras sociales. Dollimore lo considera un post-modernista, un adelantado a su tiempo: Wilde afirma que las entidades sociales -desde las personalidades públicas hasta el matrimonio o la ley- están hechas para apoyar las necesidades de los que están en el poder. Y propone que estas instituciones deben ser deconstruidas y reconstruidas para cambiar la sociedad. Incluso hoy encontraremos en pocos sitios una mejor definición de cómo se ejerce el poder y de cómo actuar contra él.

Esta apuesta de Wilde se complementa con dos ideas: la del arte por amor al arte, y la de que las necesidades de la persona están por encima de la estructura social establecida. La tesis de que el arte pueda existir sin una función utilitaria -sino por el mismo placer-, así como la idea de que no somo meras piezas en una enorme máquina que es la organización social, supone un cuestionamiento de la ideología social victoriana (y bien mirado, de nuestra propias sociedad). En su obra "The soul of Man under Socialism", un libro que no se suele citar ni leer actualmente, Wilde insiste en que sólo una atención y expresión de las necesidades de cada persona puede producir un cambio social a gran escala (una idea que no está lejos de libertarios como Bakunin o Chomsky). Wilde insiste en que lo político, lo cultural y lo individual están inextrincablemente unidos. Sobre la propiedad privada escribió: "con la abolición de la propiedad privada nadie perderá su tiempo acumulando cosas y símbolos de cosas. Uno vivirá. Vivir es lo más raro de este mundo. Muchas personas existen, simplemente." O sobre la pobreza: "el objetivo correcto es intentar reconstruir la sociedad sobre unas bases tales que la pobreza sea imposible". Está claro por qué "The soul of Man under Socialism" no es muy citado en nuestros días.

Estas teorías sobre el socialismo y el arte tienen importantes implicaciones sobre la sexualidad. Si el placer debe ser justificado, sólo se puede admitir la heterosexualidad y la reproducción. Pero si el placer puede existir sin justificación (como el arte) la homosexualidad no es ningún vicio. La libertad sexual existirá por tanto cuando la actividad heterosexual no esté ligada a la reproducción. Y por ende, las mujeres sólo serán libres cuando no se espere de ellas necesariamente la reproducción.

El mejor homenaje que podemos hacer Oscar Wilde es ir más allá del estatus de compasión y víctima, o de reina chistosa, y continuar el trabajo de subversión social y política que inició en su vida y en su obra.

 

Javier Sáez

hartza@geocities.com

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