APRENDIENDO A SER HETEROSEXUAL

Por Javier Sáez.

(Artículo publicado en la Revista ZERO en mayo de 2001)

 

A muchos gays nos han preguntado más de una vez eso de “oye y ¿tú como llegaste a ser homosexual?”. En realidad, visto el panorama de los medios de comunicación, lo interesante es ver cómo se llega a ser heterosexual. Tanto la prensa del corazón, como las revistas de actualidad y de divulgación científica, o la prensa deportiva mantienen la misma vigilancia y el mismo mensaje: hay que ser heterosexual.

 

 

Der Spiegel, la revista alemana más vendida y difundida en Europa, nos sorprende con el siguiente titular: “Volver a la familia”. En la imagen aparece una familia modélica heterosexual, y tras ella una foto enmarcada con otra familia modélica de hace sesenta años. Por si quedaba alguna duda, en el reportaje interior, de dieciocho páginas, aparecen diez fotografías de otras diez familias heterosexuales. Por supuesto, ninguna referencia a la posibilidad de familias de gays y lesbianas. Pero el mensaje del artículo es mucho más siniestro: como la gente desconfía de la política, tenemos que encerrarnos en la unidad familiar, y dejar de lado la participación ciudadana. Precisamente ahora que los gays y las lesbianas hemos conquistado algunos derechos de igualdad (Holanda en el caso del  matrimonio, Navarra en el de la adopción) se nos prepara un destino de retorno a las cavernas familiares, a desentendernos de la vida ciudadana y de la actividad política.

 

Pero además la mujer para fundar una familia debe llegar al matrimonio virgen. Como nos explica un juez en una sentencia reciente (Reducen la pena a un violador porque la menor tenía experiencia sexual, EL MUNDO, 4-4-2001), si has tenido relaciones sexuales alguna vez y eres menor te mereces que te viole un madero a punta de pistola. Con sentencias tan aleccionadoras como ésta no nos extraña que cada día sigan muriendo mujeres asesinadas por sus maridos Por cierto, Der Spiegel no saca a ninguna mujer con el ojo morado en sus fotos sobre el idílico mundo de la vida familiar.

 

La prensa del corazón es también una escuela muy práctica para formarse en nuestro destino universal hacia la heterosexualidad. El periódico La Razón tuvo un arrebato de prensa rosa el pasado 10 de abril y publicó en su primera página dos fotos enormes a todo color de la princesa Diana y de Sophie Rhys-Jones, la nuera de la reina de Inglaterra. El titular: “Los matrimonios reales pueden comprometer la estabilidad de la monarquía”. Por lo visto la tal Rhys-Jones, condesa de Wessex y mujer del príncipe Eduardo, se había ido de la lengua en una entrevista al periódico News of the World soltando indiscreciones de la familia real. La casa real se entera del pastel y antes de que se publique negocia con el periódico; llegan a un acuerdo: el periódico entrega las cintas y a cambio ella acepta responder en una entrevista sobre detalles íntimos de su vida privada. Y aquí llega la sorpresa, se publica la entrevista de Sophie con este titular: “Mi Eduardo no es gay”. En el texto ella afirma una y otra vez con un tesón propio de Alejandro Sanz que el príncipe Eduardo no es marica, ni gay, vamos, que por no ser ni siquiera es homosexual.

 

Y aquí volvemos a la idea inicial. La prensa rosa, que es la que más se vende en España y en muchos países del mundo, es un instrumento de enorme influencia en la construcción de la heterosexualidad, e indirectamente, en la condena de la homosexualidad, hasta el punto de que la moneda de cambio en el asunto de la familia real británica consistió en negar la homosexualidad del príncipe, como si fuera algo deshonroso y terrible. En temas de realeza la presión y el control son especialmente fuertes. Si a una revista española se le ocurriera publicar - por poner un ejemplo imaginario - que el príncipe Felipe tuvo un romance con un chico cuando estudiaba en Canadá, seguro que venía el juez Garzón de turno y les cerraba la revista por apología de la homosexualidad, que sigue siendo la otra oveja negra en este país. En cambio si el príncipe se toma un café y le da fuego a una chica desconocida que está al lado en la barra, el evento sale en todas las revistas del mundo como feliz noticia presagio de una inminente boda. 

 

Las revistas científicas tampoco se quedan cortas en esta educación sentimental. La revista Newton del mes de abril nos explica con todo detalle las diferencias entre el hombre y la mujer, a partir de estudios científicos (cuya fuente no se citan) que demuestran que todo es cosa de genes, cerebro y hormonas. Por ejemplo, las mujeres, debido a su hemisferio cerebral izquierdo mejor aprovechado, son más ordenadas: ”la predisposición natural [al orden] ayudaría a explicar por qué, pese a todas las campañas en pro de la igualdad, el 98% de las secretarias del Reino Unido son mujeres”. Pero en cambio las mujeres no tienen bien apañado el hemisferio derecho y por eso “el consabido chiste de que las mujeres aparcan en línea peor que los hombres tiene una explicación racional, científica”, además “Caperucita se perdió cuando iba a casa de su abuelita” (este es un argumento científico de peso). Gracias al super hemisferio derecho de los hombres “los hombres están mejor preparados para tareas como la mecánica, la fontanería o la electricidad, lo que, a simple vista, corresponde con la realidad diaria”. Pero los pobrecitos varones “tienen una menor capacidad para expresar sus emociones y afrontar una crisis de pareja”, y claro, lo tienen que arreglarlo todo a hostias con la parienta: debido a esta carencia masculina “la respuesta violenta [del macho] a una incapacidad emocional para entender sus diferencias [de pareja] queda servida”. “Los hombres demuestran sus sentimientos de formas instrumental, por ejemplo, rompiendo cosas”. Suponemos que así se entiende la reciente decisión del PP de reducir aún más los raquíticos presupuestos para la lucha contra la violencia doméstica; para qué luchar, si es que es natural que el hombre pegue a la mujer, la ciencia lo demuestra.

 

Por supuesto, los gays no nos libramos de pasar bajo el sabio microscopio de la ciencia, pero lo nuestro es diferente, es que nos faltan o nos sobran andrógenos: existe un “proceso de base endocrino para explicar la homosexualidad basado en distintos grados de deficiencia en hormona androgénica en machos y exceso de esta hormona en hembras” y también “diferencias en el desarrollo temprano del cerebro”. O sea que los hombres gays somos poco hombres, y las mujeres lesbianas poco mujeres, el viejo discurso homófobo del XIX no ha cambiado tanto. El artículo identificando en varias ocasiones más al gay con la mujer: “las mujeres tienen más empatía, una cualidad que aprovechan [...] las adivinadoras y echadoras de cartas, mayoritariamente féminas u homosexuales” (¿?). La revista nos dice también en qué postura follar, los gays tenemos que montarnos como los animales, ya que denomina “posición heterosexual” a la posición de los cuerpos cara a cara. Pero lo más revelador del artículo es que quizá estamos ante las bases para el primer estudio científico de la cultura gay de los osos; en efecto, Newton nos dice que la progesterona es otra hormona que se segrega “cuando una mujer ve un objeto, como un osito de peluche”; a su vez esta hormona produce el deseo de amamantar en el bebé. Así que la dinámica del ligue entre osos está clarísima, uno está en el HOT, ve a un oso y le da un subidón de progesterona, y el otro lo huele y le dan ganas de hacerle una mamada. La ciencia por fin al servicio de nuestra cultura.

 

 

 

MARCAndo paquete

 

La portada del MARCA del 9 de abril parecía un reportaje de la mani del Día del Orgullo Gay. Tres fotos de parejas de jugadores abrazándose; en la foto principal, bien grande, Luque y Mena se pegan un estupendo morreo. Pero hasta ahí llega la comparación con la Gaypride. El reportero del MARCA interviene en seguida para explicarnos ese aparente arrebato de homosexualidad y poner las cosas en su sitio: “prueba de la importancia de los tres puntos conseguidos ayer es la efusividad con que Luque y Mena se besan tras conseguir el primero de ellos el gol”. O sea, dependiendo de la importancia del gol te puedes permitir un extravío marica momentáneo. Hablamos de un partido de segunda, así que imaginamos que en la final de la Copa del mundo los delanteros llevarán un litro de KY y una caja de condones, porque si marcas el gol de la victoria, para celebrarlo te puedes follar a media plantilla, o te puede dar por el culo la otra media. Eso sí, serían sólo arrebatos dictados por la trascendencia del gol.

 

El reportero, por si no ha quedado claro, vuelve a la carga en el artículo interior, donde aparece otra vez la foto del besazo, aún más grande. Esta vez nos tranquiliza de otra manera, porque aunque esto del beso es “una fórmula relativamente típica en Argentina”, no teman, aquí esta bárbara costumbre “no ha creado más escuela que la del Atlético. En el resto de los equipos no parece que haya muchos futbolistas dispuestos a besarse en la boca con un compañero... ni para celebrar los goles”. Ni para eso, qué asco, faltaría más. Eso son cosas de sudacas; para variar, el maricón siempre es el otro, el extranjero. Aquí en España el fútbol es una cosa de machos como dios manda, como el Soberano y la faria. La prensa deportiva juega continuamente con ese doble registro, con esa ambigüedad. Por una parte, insiste en mostrar imágenes de jugadores en pose de encularse al celebrar un gol, de tocarse el paquete (propio o ajeno), de besarse, o con los pantalones bajados por lances del juego. Este uso filogay de la imagen no es inocente, apela a las posibles fantasías de los lectores. Al mismo tiempo, vemos la saña con que los redactores persiguen ese mismo deseo o fantasía que se ha provocado en el lector. Seguro que muchos lectores ya se están hartando de tanta mojigatería, y están pasando a la acción. Quizá eso explica por qué a la puerta de los bares gays hay cada vez más MARCA tirados en la calle.