BICHOS Y DEMÁS PARIENTES

 

La tele es el más culto de los medios, es el más integrado en la cultura en que vivimos, el que mejor la maneja, la refleja y la deforma. Así que este mes hemos encendido la tele a las horas que hemos podido y nos hemos conectado con el canal de más audiencia en esa franja. Y esto es lo que nuestra cultura ve de lo gay.

 

Y si ésta es la visión de lo gay que recoge el ciudadano de a pie, cuando se supone que no trabaja, la verdad es que nos podemos echar a temblar porque la hora del exterminio debe estar muy cerca. O yo qué sé, igual me he estado enchufando a una cadena retro o estoy recogiendo las frecuencias perdidas de una emisora de posguerra. Salvo honrosa excepción (una sola) , lo gay en la tele es así como apocalíptico.

La excepción es Olga Bertomeu, la sexóloga de Ana Rosa Quintana. Me sorprendió oirla, y me hizo recodar aquella vieja máxima de la escuela popular, eso de que lo realmente pedagógico siempre es revolucionario. Porque yo no hacía más que pensar en la audiencia de señoronas que deben oirla cada miércoles hablar de ese modo, y recordar a mi catoliquísima tía Matilde, que dice que esa Bertomeu es una descarada. Y descaradamente: ha sido lo mejor del mes, verla desdramatizar lo gay, despojarlo de cualquier aspecto de "tema de debate", ver cómo se reía ante el artículo del ABC, en el que un médico afirmaba curar la homosexualidad., y encajé con júbilo su sarcástica descripición de esa cura de electrochoques y conductismo que comparó con la de La Naranja Mecánica. Por supuesto que nosotros lo sabíamos ya, pero me gusto verlo a esa hora. Y me gustó ver la amabilidad con la que devolvía al público hetero -y a la Quintana- sus preguntas sobre el vicio y la normalidad, "Vicio es todo" decía, también lo vuestro. Y me gustó su ridiculización del heterogay que se enrolla con tíos pero que no toca pollas, cómo horadaba el falso género del macho, la tranquilidad con la que mostraba el egoísmo emocional de ese tipo de hombre con el que alguna vez nos hemos liado todos, y que la verdad, hasta ahora era intocable, y más en la tele de después de comer y en los programas de marujas. Desde luego la Quintana se empeñaba en dar un cierto tonillo conflictivo al asunto. Cada vez que el discurso dela Bertomeu se tornaba demasiado queer, ella volvía a su dale que te pego de programa de amas de casa. "Bueno, pero si a un madre le sale un hijo gay, ¿qué tiene que hacer?" Y eso que la Bertomeu no dejaba de trasparentar que le problema de lo gay no es lo gay. En cierto sentido afirmaba algo que creo que todos hemos descubierto hace bastante: que ya no tiene sentido hacer de lo gay un tema de debate. Como el resto de sus compañeros de otras cadenas evidencian por activa y por pasiva, tal vez el único debate posible a estas alturas sea el de la homofobia. A mí me encantó verla hablar de felación y de sodomización y pensar en mi tía Matilde refufuñando con los oidos muy abiertos, y me gustó pensar en ese público encastillado que tuvo que tragarse su estupenda afirmación: "No hay ningún mérito en ser heterosexual" Y aquí la Quintana perdió la peluca. Saltó dignísima y contundente con una réplica inequívoca. "Bueno, pero tampoco hay mérito en lo contrario, ¿no?" Por supuesto que no, Ana Rosa, guapa, tampoco hay mérito en lo contrario, pero tu afirmación se ha enseñado a palos, la tenemos grabada, nos la sabemos muy bien, vuelves a decir lo que ya se ha dicho (y no hago bromas, que ya han prescrito), sin embargo la afirmación de tu Bertomeu, es relativamente nueva, al menos en tanta cantidad de receptores, en tantas salitas de estar llenas de marujas y de tías matildes. Déjala hablar, mujer. Que al fin y al cabo es la única que me alegra el televisor.

Pero, amable espectador, si cree usted vivir en un maravilloso mundo queer y pastelero, va usted listo y además la amabilidad se le va a ir en un santiamén. Telecinco, a la que a veces habría que llamar cadena enemiga, lanza el videoclip de éxito de Los Sultanes, ampliamente recogido con presencia de los cantantes en Crónicas Marcianas y en Gran Hermano, una cosa que se llama algo así como Decile que lo quiero. Supongo que lo han visto o lo han oído ya por todas partes y no tengo que contarlo. El video se emite a diestro y siniestro y es parte del recopilatorio de éxito Crónicas Marcianas. Un tío con peluca, pregay, amanerado, tipo mariquita de posguerra, cantando una canción en la que se presenta sumisamente colgado de otro tío al que implora, suplica y del que padece cada bordería en la mejor tradición masoquista del gay desgraciado y patético. Quiere dar como risa, o algo así, aunque a mí lo que me parece realmente gracioso es imaginar la reacción social que desencadenaría esa canción aplicada a una relación hetero y cantada por una mujer. Veríamos colectivos, organizaciones y partidos moviéndose en desbandada pidiendo excomunión. Pero a esta cosa lo que se le pide es que sea canción del verano. Es que, claro, con esto del discurso homófobo nos podemos rebotar un poco sólo cuando se pide directamente el exterminio, que se le dé matarile al maricón y esas cosas de Eminem, y aún en esos casos si el cuerpo social se mueve algo es refunfuñando porque nos cuesta muchísimo a los maricas pillar la ironía. Así que con la cosa esta, no sé ni para qué abro la boca. La homofobia nunca es el debate, no se la ataca, de homofobia no se habla. En el discurso práctico de las televisiones (la teoría de la Bertomeu se queda en palabras) lo que se pone en la picota permanetemente es lo gay. De la grosería de El Informal, a las gracias con charme de Lo más plus. Materia de conflicto, de cachondeo, de morbo, de chiste, de ridiculización, como mucho de pasar el rato y hacerse unas risas. Yo creo que no cabe mayor otredad, que no se puede construir a un otro que sea más otro que en este videoclip, y en esas imitaciones de El Informal, y en esos debates carnaza. Así la relación de Gran Hermano con esta canción de Los Sultanes. Un montón de baladas románticas sirven para ilustrar los plasto-resúmenes de cada día, con boleros reconocibles mostrando a los concursantes dandose morreítos en plan hetero o emperifollándose. Y éste tema, el de Los Sultanes, se usa para ilustrar un video sobre la perra. La perra vaga por la casa, pidiendo cariño sin que nadie la atienda, cagándose, aullando, mientras la ilustra la música de los maricones esos, que parece ser lo que mejor la retrata. Y aquí tengo que dar la triste razón a mi antecesor en esta sección (dejen de leer y vayan a comprarse Homografías y Extravíos) cuando habla de la animalización constante a la que los medios somenten a gays y lesbianas, incluso cuando quieren ser buenos, paternales como con las especies amenazadas, cariñosos como con los perritos. Porque, salvo la única excepción del mes, esos somos por norma en el discurso televisivo real. Marcianos, extraños, carne de parodia, caricaturas, entes grotescos, cosas inhumanas, animales. Perros a los que nadie quiere y cuyo único producto, ya se sabe, es mierda.

 

 

YOYAS EN EL ARCOIRIS

¿Para qué sirve una bandera? Antes era un símbolo franquista, y la quemaba Victor Manuel, luego como que no, que ya se podía, y además había muchas, la ikurriña, la andaluza, que daban mucha variedad, pero todas con uno tono nacional, que bueno, a los que vamos y venimos, pues nos traía un poco al fresco, y en esto que llega la bandera gay, y todos contentísimos con eso de que no es nacional y representa la diversidad, y la visibilidad y además, como decía la ministra cuando fue a Cogam, que hay que ver lo bonita que es y lo bien que pega con todo.

Bueno pues un lunes de junio se nos acabó la bandera. En Crónicas Marcianas descubro que es como todas. Se recibía en olor de santidad a Carlos y a Fayna, los incomprendidos de Gran Hermano. Boris les hace un recibimiento digno. A Carlos, el violento el presunto maltratador, se le comprende porque es el producto de un medio social bastante hostil. Además le apoya una Fayna redentora, políglota, encantadora. Pero llegan los personajes contra los que Carlos arremetió durante el concurso: Jorge Berrocal, Coto Matamoros. Carlos no se retracta y sigue insultandolos de cuerpo presente. En principio es sólo carnaza, las teles ya nos tienen acostumbrados a la carnaza, y esto es más (bastante más) de lo mismo. Lo interesante, o lo angustioso, es el tono repentinamente gay que de repente toma todo el debate. Y lo toma por el tono de los insultos que profiere Carlos. Te humilla ofreciéndote la polla. Su insulto mayor es el de marica. "Te voy a poner una servilleta para que no te ensucies el traje cuando te meta la polla en la boca" creo oir. Es como si el fascismo cotidiano de una gran parte de España se hubiera colado en toda su rotundidad en esos platós que diariamente lo maquillan a medias con imitaciones de humoristas y gestitos de parodia. Ahora está ahí. Todo el tiempo tengo la impresión de que se me está desvelando algo. La terrible verdad. Al cabo, Matamoros se levanta y pone la bandera gay encima de la mesa. "Para dar voz al colectivo al que no paras de insultar". Fayna agarra la bandera y se la ciñe cual mantón de manila, diciendo que ellos dos respetan a los gays más que a nadie. Alucino, claro. Pero lo que me interesa es que sin hablar de lo gay el discurso se ha orientado directamente hacia la homofobia. Se ha puesto ahí encima y los afectados no han soportado su exhibición. Boris mira a Fayna, envuelta en el arcoiris y del brazo de su Carlos, y le pregunta si no está siendo un poco demagoga. Descubro por cómo mira a los dos que él también de repente, se está quedando sin bandera.